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La guerra de Ucrania toma dimensiones que desafían cualquier noción convencional de conflicto bélico.
En Kostiantinivka, las fuerzas rusas avanzan metro a metro, calle por calle, planta por planta.
Es una batalla que mezcla las trincheras del siglo XX con los drones y robots del XXI, y que se libra en una ciudad industrial cuya caída cambiaría de forma significativa el mapa del este de Ucrania.
La ciudad no es un objetivo simbólico.
Es un nudo logístico y militar de primer orden en el sistema defensivo ucraniano del Donbás.
Por qué Kostiantinivka importa
Conecta al norte con Kramatorsk y Sloviansk, los principales centros administrativos que Kiev conserva en la región. Al sur y al este enlaza con una red de poblaciones industriales esenciales para la logística bélica. Sobre ella pasan líneas ferroviarias y carreteras que son el sistema circulatorio del frente oriental ucraniano: tropas, munición, evacuaciones médicas. Si Kostiantinivka cae, Rusia obtiene un corredor directo hacia Kramatorsk y obliga a Ucrania a replegarse hacia líneas defensivas menos preparadas y más expuestas.
Las fuerzas rusas han penetrado ya varios barrios y controlan un número creciente de calles, obligando a las unidades ucranianas a operar a través de pequeños corredores bajo fuego constante. El asedio es lento pero metódico: la artillería y los bombardeos aéreos preparan cada paso de la infantería con una paciencia que refleja la voluntad rusa de no precipitarse y desgastar al defensor hasta la rendición o la retirada.
Cómo se combate en las ruinas
El entorno urbano multiplica el coste humano y material de cada metro ganado. Los combates se producen a menos de 50 metros en los sectores más calientes, con drones kamikaze atacando posiciones en pisos altos y refugios improvisados, artillería pesada demoliendo edificios antes de los asaltos de infantería y equipos rusos infiltrándose por callejones, patios interiores y estructuras industriales que conocen a través del reconocimiento previo con drones.
El patrón se repite con una regularidad que los analistas militares han documentado a lo largo de toda la campaña del Donbás: primero el reconocimiento aéreo, después el ataque de artillería o bombas planeadoras, luego el avance de infantería con blindados ligeros y finalmente el contraataque ucraniano con drones FPV y fuego de mortero que intenta frenar la penetración o recuperar lo perdido.
Las fuerzas ucranianas emplean deliberadamente la táctica de alargar la batalla casa por casa para forzar a Rusia a gastar municiones y tropas profesionales en cada bloque. Es una estrategia de desgaste costosa en términos humanos pero que ha demostrado ralentizar los avances rusos en otras ciudades del Donbás. El problema es que la correlación de fuerzas en artillería y misiles sigue favoreciendo a Moscú en esta fase del conflicto.
La revolución silenciosa de los drones
Mientras se decide el control barrio por barrio, Ucrania está librando simultáneamente otra batalla que puede ser igual de determinante: la implantación masiva de sistemas no tripulados en el combate urbano.
En el frente de Kostiantinivka se observa la proliferación de drones FPV económicos usados como munición merodeadora contra vehículos, trincheras y edificios fortificados. Plataformas terrestres robotizadas llevan explosivos hasta posiciones enemigas o evacuan heridos bajo fuego directo, reduciendo la exposición de los soldados en los momentos más peligrosos. Y sistemas de guerra electrónica intentan cegar o desviar los drones del adversario en una dinámica de adaptación tecnológica que se actualiza casi en tiempo real.
En los sectores más intensos del combate, mandos ucranianos estiman que una parte considerable de los suministros que llegan a primera línea ya se transportan mediante vehículos no tripulados. Eso permite mantener posiciones semiaisladas sin arriesgar convoyes tripulados, sostener pequeñas guarniciones que de otra forma tendrían que retirarse y obliga a Rusia a destinar recursos crecientes a interferencias y defensa antidron.
La paradoja del conflicto en Kostiantinivka es que mientras Moscú avanza sobre el terreno, el ámbito tecnológico favorece frecuentemente al bando ucraniano. Rusia ha tenido que acelerar sus propios programas de robótica y sistemas autónomos precisamente porque los drones ucranianos han demostrado ser más eficaces y más adaptables de lo que Moscú anticipaba.
Los tres escenarios posibles
La evolución de Kostiantinivka puede seguir tres caminos distintos en los próximos meses.
El primero es la caída gradual: Rusia continúa avanzando calle por calle hasta quebrar la resistencia ucraniana y Kiev se reagrupa hacia una nueva línea defensiva más al oeste, cediendo el nudo ferroviario y aceptando la presión directa sobre Kramatorsk.
El segundo es la estabilización en línea interna: Ucrania cede parte del área urbana pero establece un cinturón defensivo alrededor de los accesos a Kramatorsk con apoyo aéreo y artillero suficiente para detener el avance ruso antes de que alcance los objetivos más importantes.
El tercero es la guerra de desgaste prolongada: ninguno logra un avance decisivo y el frente se estanca entre ruinas urbanas con pérdidas constantes para ambos lados, convirtiendo Kostiantinivka en otra Bajmut, otro nombre en el largo catálogo de ciudades del Donbás que se convirtieron en cementerios de ambos ejércitos.
La variable que determinará cuál de los tres escenarios se impone es si Ucrania puede mantener su ritmo de innovación tecnológica y recibir el suministro de munición y defensa antiaérea necesario para compensar su inferioridad numérica y artillera. Para Rusia, el desafío es sostener la presión simultánea en varios frentes sin debilitar su propia capacidad defensiva.
Kostiantinivka no es un punto más en el mapa. Es el laboratorio donde se está decidiendo cómo será la guerra europea durante los próximos años: trincheras del pasado, drones del presente y robots del futuro, todo mezclado en las ruinas de una ciudad industrial del este de Ucrania que el mundo apenas conocía antes de que empezara a importar tanto.
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