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La imagen de un Trump prudente en lo que respecta a Irán se enfrenta a la dura realidad de un conflicto abierto, donde el estrecho de Ormuz se ha convertido en un tablero de peligro global. El presidente ha mezclado órdenes de ataque y ultimátums con pausas tácticas, como lo refleja un análisis reciente de CNN sobre su estrategia en la región.
En esta etapa del conflicto, el mensaje principal de la Casa Blanca es claro: mantener abierto Ormuz casi a cualquier costo, pero sin cruzar la línea que podría desatar una escalada incontrolable. Esto ha generado una política errática que navega entre acciones militares contundentes y momentos de contención calculada.
De la ofensiva masiva al “freno” táctico
El actual conflicto no comienza de la nada. El 28 de febrero, Trump anunció “operaciones de combate mayores” en colaboración con Israel, con ataques masivos dirigidos a objetivos militares, gubernamentales y estructuras en todo Irán. Desde ese momento:
- La guerra se ha extendido por semanas, con miles de bombardeos.
- Las represalias iraníes han impactado en bases estadounidenses en Kuwait y Bahréin, así como en objetivos dentro de Israel.
- El estrecho de Ormuz se ha convertido en el foco principal, con ataques continuos a buques comerciales.
Mientras tanto, Washington ha presentado esta ofensiva como la única solución para “debilitar la capacidad de Irán de amenazar la navegación” y reabrir el paso de energía. Sin embargo, esa estrategia ha topado con un límite: cuando la escalada amenaza con salirse de control, Trump ha tenido que echar el freno.
El ejemplo más evidente es un patrón repetido en las últimas semanas:
- Ultimátums públicos y anuncios de nuevos ataques “muy duros” sobre infraestructuras energéticas y puentes.
- Rondas de ataques nocturnos sucesivos contra bases, radares y capacidades defensivas iraníes.
- Mensajes subsiguientes en los que afirma haber cancelado “bombardeos programados” para abrir espacio a un acuerdo sobre Ormuz y el programa nuclear.
No se trata de una estrategia lógica, sino de una negociación a base de bombardeos: se incrementa la presión militar y, cuando el costo potencial—económico, político y humano—se dispara, se abre una puerta para dialogar.
Ormuz como herramienta energética y política
El estrecho de Ormuz representa alrededor del 20% del petróleo y gas global en tiempos de paz. Desde el inicio de esta guerra:
- El tráfico ha quedado “severamente restringido”; solo una fracción de los petroleros ha logrado salir del Golfo.
- El precio del petróleo ha superado los 100 dólares por barril en varias ocasiones.
- La inflación y la presión sobre consumidores y empresas han crecido en numerosos países importadores.
Irán ha jugado su carta maestra: anunciar de forma intermitente el cierre del estrecho y exigir control exclusivo sobre el paso, incluso sugiriendo que los buques abonen tasas a Teherán. Estados Unidos, por su parte, ha respondido con dos movimientos estructurales importantes:
- Bloqueo naval y bombardeo de infraestructuras para debilitar la capacidad iraní de cerrar el paso.
- Intento de imponer peajes propios sobre el tráfico, rompiendo con décadas de defensa estadounidense de la “libertad de navegación”.
Este segundo aspecto es clave: al plantear peajes a los barcos por “seguridad”, Trump no solo ha tensionado a Irán, sino también a aliados que dependen del estrecho y ven cómo Washington transforma un recurso común en un medio de presión económica.
¿Una escalada que Trump intenta manejar?
La percepción de que Trump “no ha cometido el error de escalar” con Irán se matiza al examinar la secuencia de acontecimientos recientes. La realidad es que la escalada es evidente; lo que busca la Casa Blanca es evitar un salto hacia una guerra más amplia e irreversible.
Según diversos análisis y fuentes citadas en medios estadounidenses:
- La ofensiva inicial tenía como objetivo destruir el programa nuclear y los misiles iraníes; la guerra ha evolucionado a una lucha por el control de Ormuz y, potencialmente, otros pasos estratégicos como Bab el-Mandeb.
- Cada paquete de ataques busca obtener ventajas en la negociación más que alcanzar una victoria militar definitiva.
- Trump percibe límites políticos internos: cuestiona si “América tiene apetito” para una guerra total, a pesar de las amenazas de llevar a Irán a “la Edad de Piedra”.
Este análisis explica por qué en las últimas 24-48 horas se ha visto un movimiento doble:
- Mensajes contundentes sobre nuevas rondas de bombardeos en respuesta a ataques a barcos.
- Aceptación de pausas en los ataques que permitan negociaciones rápidas sobre la reapertura de Ormuz y el futuro del programa nuclear iraní, mediadas por países del Golfo y actores como Qatar y Omán.
El margen de maniobra es escaso: un error de cálculo podría resultar en el cierre total del estrecho o en que actores como los hutíes en Yemen extiendan el conflicto hacia otros pasos estratégicos, multiplicando el impacto en los mercados.
Lo que se avecina: acuerdos frágiles y riesgo permanente
En este contexto, las opciones que se plantean son fórmulas híbridas:
- Un posible “acuerdo de liquidación” que combine la reapertura total de Ormuz y compromisos verificables sobre el programa nuclear iraní.
- Algún tipo de protocolo conjunto de gestión del tráfico con países como Omán, donde Irán conserve parte de su influencia, pero acepte límites claros a su capacidad de bloqueo.
Las señales son contradictorias. Trump habla de un “gran acuerdo” próximo y de firmar en Europa, pero mantiene abiertos planes de ataques “muy duros” si las negociaciones fallan. Irán, por su parte, sigue insistiendo en su “control soberano” del estrecho y amenaza con cerrar otros corredores energéticos si se atacan sus instalaciones eléctricas.
En definitiva, la única “no escalada” tangible es la que aún no se ha producido: el salto a un cierre total y prolongado de Ormuz, combinado con una campaña devastadora sobre la infraestructura energética iraní. Todo lo demás—bombardeos, ultimátums, bloqueos y peajes—ya se ha vuelto parte del paisaje habitual.
Y aunque hoy Trump actúe como si pudiera acercarse al borde sin caer, la dinámica de la guerra y la importancia del estrecho de Ormuz en la economía global evidencian que cualquier error podría transformar esta crisis en algo mucho más grave de lo que la Casa Blanca se atreve a aceptar.
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