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CRISIS ENERGÉTICA Y TENSIONES POLÍTICAS EN CUBA

Multitud enfurecida asalta y quema una sede del Partido Comunista en Cuba

Las protestas evidencian el colapso energético de la isla, mientras un nieto de Raúl Castro se sumerge en negociaciones con Estados Unidos en medio de la reducción del petróleo venezolano.

Periodista Digital 15 Mar 2026 - 10:28 CET
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En un hecho inusual que sacude la isla, decenas de manifestantes irrumpieron en la sede municipal del Partido Comunista de Cuba en Morón, provincia de Ciego de Ávila, a unos 460 km de La Habana, apedreando ventanas, destrozando mobiliario y prendiendo fuego a muebles en la vía pública, en medio de protestas por prolongados apagones y escasez de alimentos.

Testigos describen una explosión de ira acumulada por el hambre, cortes de luz interminables y la represión diaria, con videos circulando en redes mostrando el caos y consignas contra el régimen.

“¡Abajo el comunismo!”, se oía entre la multitud antes de que las autoridades intervinieran con detenciones –al menos cinco reportadas– y gases lacrimógenos para dispersar la protesta.

Imágenes del sitio muestran pancartas rasgadas, retratos oficiales pisoteados y pintadas en las paredes: “Patria y vida” y “Fin a la dictadura”.

El presidente Díaz-Canel condenó los actos como «vandálicos», mientras el descontento social crece en la isla.

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Las calles de La Habana están llenas de manifestantes que protestan contra el Partido Comunista, y exigen respuestas a una crisis energética que ha dejado a la isla a oscuras, sin combustible y con pocas esperanzas.

Los apagones se han convertido en algo cotidiano, y las colas para obtener gasolina se alargan durante horas. Los hospitales dependen de generadores que apenas tienen reservas. La economía se encuentra al borde del colapso debido a una escasez que afecta todos los ámbitos de la vida diaria.

Esta semana, el presidente Miguel Díaz-Canel admitió que su gobierno está en contacto con Estados Unidos para buscar soluciones a través del diálogo.

Sin embargo, mientras la diplomacia avanza tras bambalinas, la desesperación crece en las calles. Los cubanos no perciben cambios inmediatos; solo escuchan promesas de negociaciones que podrían tardar meses o incluso años en dar resultados. Cada día se amplía la distancia entre lo que el régimen promete y lo que realmente necesita la población.

El colapso del petróleo chavista

El origen de esta crisis tiene un nombre: Venezuela. Durante las últimas dos décadas, Cuba ha dependido del petróleo subsidiado que llegaba desde Caracas bajo los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Esos barriles económicos fueron cruciales para mantener a flote la economía de la isla, aunque de forma precaria. El modelo energético cubano se construyó sobre esa dependencia, sin diversificar sus fuentes ni invertir en alternativas energéticas.

Sin embargo, la situación en Venezuela ha cambiado drásticamente. La captura de Nicolás Maduro por parte de fuerzas estadounidenses marcó un punto crítico. El nuevo gobierno venezolano, más alineado con Washington, ha cortado los suministros de petróleo hacia Cuba. Lo que antes era ayuda solidaria ahora se ha desvanecido.

Cuba no solo ha perdido petróleo; también ha visto mermar su legitimidad política al perder su alianza con Venezuela. El régimen, que se presentaba como baluarte de resistencia latinoamericana contra el imperialismo estadounidense, ahora busca negociar directamente con Washington mientras su principal aliado regional desaparece del panorama político.

Las repercusiones son devastadoras. Sin el petróleo venezolano y sin acceso a mercados internacionales por culpa del embargo estadounidense, Cuba no puede generar la electricidad necesaria. Las plantas termoeléctricas operan a un mínimo histórico. Los apagones rotativos han pasado a ser apagones permanentes. Las industrias cierran sus puertas y el turismo, que solía ser una fuente vital de divisas, se desmorona porque los hoteles no pueden garantizar servicios básicos.

El emergente negociador

En medio de esta crisis surge una figura poco conocida hasta ahora: Raúl Guillermo Rodríguez Castro, apodado «El Cangrejo», nieto del expresidente Raúl Castro. Con 41 años y sin un cargo oficial en el gobierno de Díaz-Canel, este coronel se erige como el interlocutor clave entre Cuba y Estados Unidos.

«El Cangrejo» creció rodeado por el poder. Es hijo de Déborah Castro Espín, la hija mayor de Raúl Castro, y del general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, quien estuvo al frente de GAESA, el conglomerado empresarial militar que controla gran parte de la economía cubana. A los once años se trasladó a vivir con su abuelo, consolidando así una relación que lo mantendría dentro del círculo más cercano al poder durante muchos años. Su apodo proviene de una particularidad física: nació con polidactilia, seis dedos en una mano.

Su única ocupación conocida es ser guardaespaldas personal de Raúl Castro. No destaca por su brillantez académica ni por una carrera militar sobresaliente; su influencia radica únicamente en su cercanía al expresidente, quien a sus 94 años continúa siendo una figura clave dentro del régimen, incluso después de haber cedido formalmente la presidencia a Díaz-Canel en 2018. En un sistema político tan opaco como el cubano, estar cerca del verdadero poder es más valioso que cualquier título oficial.

Las negociaciones en la sombra

Medios estadounidenses como Axios y Miami Herald han señalado a «El Cangrejo» como líder de la delegación cubana en contactos confidenciales con el Departamento de Estado estadounidense. El secretario de Estado, Marco Rubio, ha mantenido conversaciones directas con Rodríguez Castro, descritas por funcionarios estadounidenses como «discusiones sobre el futuro».

Lo relevante es que estas conversaciones no transcurren por los canales formales del gobierno de Díaz-Canel; suceden directamente entre los más cercanos a Raúl Castro. Esto indica que las decisiones cruciales sobre el futuro de Cuba no se toman en el Palacio de la Revolución, sino entre manos familiares Castro. Aunque el régimen ha reconocido estos contactos, subraya que están «dirigidos por el General de Ejército como líder histórico de nuestra revolución», es decir, por Raúl Castro, y no por Díaz-Canel.

La reciente aparición pública de «El Cangrejo» durante reuniones importantes del Partido Comunista marca un cambio notable. Por primera vez fue mostrado en televisión estatal sentado junto a los máximos dirigentes del régimen; no como mero acompañante de su abuelo sino como participante activo en decisiones estatales. Este movimiento no es casualidad; indica que su papel en las negociaciones con Estados Unidos ahora tiene carácter oficial aunque carezca aún del título correspondiente.

La estrategia estadounidense

Donald Trump ha insinuado públicamente la posibilidad de una «toma amistosa» del control sobre Cuba, argumentando que la isla «no tiene energía ni dinero» y enfrenta graves problemas humanitarios. La estrategia estadounidense parece centrarse en explorar escenarios para una transición política mediante contactos directos con la familia Castro, ofreciendo posibles soluciones a la crisis energética a cambio de cambios políticos.

Para Cuba, estas conversaciones representan un riesgo considerable. El régimen necesita urgentemente acceso al petróleo y divisas para evitar un colapso inminente. Sin embargo, cualquier acuerdo con Washington podría implicar concesiones políticas que debilitarían aún más el control del Partido Comunista sobre la isla. La familia Castro navega entre la necesidad económica urgente y su deseo inquebrantable por mantener el poder político.

Las protestas en las calles reflejan claramente la impaciencia ciudadana ante un futuro incierto donde diplomáticos y negociadores parecen ir demasiado lentos para resolver problemas apremiantes. Mientras «El Cangrejo» dialoga con Marco Rubio sobre lo que vendrá para Cuba, los cubanos luchan cada día por conseguir electricidad para hoy.

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