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Donald Trump ha puesto en marcha una estrategia de presión económica sin precedentes contra Irán: un bloqueo naval en el Estrecho de Ormuz que comenzó el lunes a las 10 de la mañana, hora del Este.
Esta medida surge tras el fracaso de las negociaciones directas en Islamabad, donde los negociadores estadounidenses, encabezados por el vicepresidente JD Vance, no lograron llegar a un acuerdo sobre el programa nuclear de Teherán. Con la guerra actualmente suspendida gracias a un alto el fuego de dos semanas, la Casa Blanca opta por una táctica diferente: estrangular la economía iraní a través del control del comercio marítimo.
La lógica detrás del bloqueo es implacable pero clara. Irán ya había cerrado efectivamente el Estrecho de Ormuz tras la guerra, alegando desconocer la ubicación de las minas que había dispersado. Sin embargo, analistas creen que Teherán mantenía dicha vía cerrada como parte de su estrategia negociadora.
Trump ha decidido que si Irán no puede exportar, entonces nadie podrá hacerlo. Un especialista en sanciones del Departamento del Tesoro estima que esta acción podría acarrear pérdidas mensuales de hasta 13.000 millones de dólares para la economía iraní, cuya dependencia del petróleo y gas representa el 80% de sus ingresos gubernamentales. Curiosamente, el 90% de ese crudo tiene como destino a China, lo que convierte al país asiático en un objetivo colateral en este juego.
La paradoja de bloquear lo que ya está bloqueado
Esta medida ha dejado perplejos tanto a analistas como a inversores. ¿Realmente tiene sentido imponer un segundo bloqueo a un estrecho que lleva seis semanas cerrado? Trump parece convencido de que sí. Su razonamiento es que el mundo ya está sufriendo las consecuencias económicas derivadas del conflicto con Irán, así que ahora le toca a Teherán sentir el peso. No obstante, la situación es más compleja. El martes, tres buques petroleros lograron cruzar el estrecho, lo cual indica que la eficacia del bloqueo estadounidense no está garantizada. Además, Trump se enfrenta a una contradicción incómoda al acusar a Irán de violar el derecho internacional al cerrar el estrecho mientras ordena a la Marina estadounidense hacer lo mismo.
La Armada estadounidense cuenta con quince buques en la región y tiene los medios técnicos para hacer cumplir el bloqueo; sin embargo, no puede hacerlo dentro del Estrecho de Ormuz, que apenas mide 21 millas de ancho. En su lugar, realiza patrullas en el Golfo de Omán y en el Mar de Arabia. Esta posición reduce los riesgos de ataques directos iraníes pero deja vulnerable toda la infraestructura energética del Golfo. Por su parte, Irán ha respondido con amenazas contundentes. Mojtaba Khamenei, asesor militar del líder supremo, ha advertido sobre la posibilidad de hundir barcos estadounidenses si se mantiene el bloqueo. El comandante Ali Abdollahi fue aún más lejos: prometió extender las interrupciones hacia otras rutas marítimas clave, incluyendo el Estrecho de Bab el-Mandeb en el Mar Rojo, donde los hutíes respaldados por Irán podrían cerrar el paso.
La presión sobre China y las implicaciones políticas
Trump espera que al incrementar la presión sobre China e Irán, logre forzar a Teherán a aceptar un acuerdo ofrecido previamente en Islamabad: renunciar al enriquecimiento nuclear durante veinte años, entregar todo material fisible y cesar su apoyo a grupos proxy regionales a cambio del levantamiento parcial de sanciones. Sin embargo, hay un problema fundamental con este razonamiento. China lleva meses preparándose para una crisis como esta; ha acumulado enormes reservas de petróleo y gas. Además, su avance hacia energías renovables es notable y su capacidad para sustituir gas por carbón para generar electricidad es significativa. Los vehículos eléctricos están reduciendo rápidamente la demanda global de hidrocarburos.
En su propio país, Trump enfrenta un dilema político complicado. La guerra con Irán ya genera descontento entre los votantes estadounidenses. Tras anunciarse el bloqueo, los precios del petróleo se dispararon nuevamente, borrando gran parte del alivio proporcionado por el alto al fuego reciente. La inflación continúa subiendo y eso se traduce en veneno político para los republicanos ante las próximas elecciones intermedias. El presidente confía en que Irán tenga un umbral económico más bajo que Estados Unidos; sin embargo, esa es una apuesta arriesgada. La dictadura iraní ha mostrado durante años su capacidad para resistir severas sanciones y reprimir protestas populares; mientras tanto, Estados Unidos es una democracia donde los precios elevados en las gasolineras tienen repercusiones electorales inmediatas.
Optimismo desde Washington y desconfianza entre aliados
A pesar del clima tenso, la Casa Blanca mantiene un tono optimista respecto a las negociaciones futuras. Según Trump, la guerra está «muy cerca de concluir» y sugiere que podría haber una nueva ronda de conversaciones directas pronto. Sin embargo, este optimismo contrasta con la creciente incomodidad entre sus aliados occidentales. Líderes como Keir Starmer en Reino Unido y Emmanuel Macron en Francia han expresado sus reservas sobre este enfoque agresivo. Incluso figuras como John Bolton, exasesor nacional y conocido halcón respecto a Irán, han reconocido no entender completamente cuál es realmente el objetivo final del presidente.
El riesgo es claro: esta estrategia dual —el bloqueo impuesto por Estados Unidos junto al cierre efectivo por parte de Irán— podría conducir a un punto muerto donde nadie pueda retroceder sin perder prestigio o credibilidad ante sus respectivas audiencias nacionales e internacionales. Si Irán decide tratar este bloqueo como un acto bélico y responde con acciones hostiles, las consecuencias podrían ser desastrosas para la economía global. La infraestructura energética del Golfo sigue siendo vulnerable y cualquier escalada podría interrumpir completamente las exportaciones petroleras desde una región crítica para los suministros mundiales. Al final del día, Trump está apostando a que será Irán quien cederá primero; aunque expertos advierten que esa podría ser una jugada muy peligrosa.
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