EL PORQUÉ DE UNA FOTO
“Una alegría compartida es una alegría doble; una pena compartida, la mitad de una pena”.
Proverbio sueco
Querido hijo mío, déjame que te cuente, aun a sabiendas de que te encuentras a menos de veinticuatro horas de ser misacantano, lo que aconteció cierta mañana de determinado día, porque no me deja vivir en paz.
Hace cinco lustros justos, cinco, mucho madrugaba el alba, la primera luz del día antes de salir el Sol, pero más madrugaba todavía Eutanasio, “el Salaz”, sepulturero del Ayuntamiento, que no miento, de aquí, Algaso, localidad al sur de la Comunidad Autónoma Foral, en la ribera del Ebro, a la vera del Moncayo, cuando tenía ennichamiento (voz que no recoge aún el DRAE, pero démosle tiempo al tiempo) o enterramiento, que (insisto) no miento, porque esta era, a la sazón, la razón que le venía a bote pronto a la boca y la que aducía en un pispás:
—Cuanto antes avíe la cosa (fosa, lápida o losa), más tiempo tendré para dedicarlo a mi diversión asidua o a alguno de mis entretenimientos o pasatiempos esporádicos.
Así pues, la jornada que había tal o cual, con los primeros rayos, uno/a podía toparse con Eutanasio al doblar la esquina de los soportales de la plaza del Padre Lasa o verlo entrar en el bar “La Esquina”, recién abierto, a tomarse su mañanera o revuelto, mezcla de moscatel con anís.
La mañana de marras, día del mentado enterramiento o cual, tras despachar su desayuno líquido, “el Salaz” se fue por donde vino y, después de andar unos mil metros, arribó al camposanto. Abrió la puerta central; a renglón seguido, cruzó la zona de las tumbas de los ricos o potentados y encaminó las punteras de sus zapatos hacia el pequeño cuarto donde él guardaba, amén de su mono de trabajo, zapatillas y boina negra, sus herramientas y demás materiales. Una vez se hubo cambiado de ropa y calzado, colocado la chapela y proveído de los útiles necesarios, introdujo los últimos en un vetusto carrito de la compra del que se había encariñado y tiró de él hasta que llegó al hueco que había medio excavado la víspera y durante la mañana del día de autos procedería a terminar de ahondar y cerrar o sellar.
Haciéndosele la boca agua, o sea, salivando, se dirigió con paso firme al depósito. Llegado al sitio, sacó la llave del bolsillo, abrió la puerta, pulsó el interruptor y se encendió la luz de una bombilla tan ayuna de vatios como harta de polvo. Se acercó al féretro, aún abierto, y pensó en voz alta:
—¡Pobre Belén!, tú, que otrora me diste tantas calabazas, ahora, en este aciago momento, estás a punto de pagármelas todas juntas, a merced de mis sucias manos.
Cerró los postigos de la única ventana que había en la estancia y, sin sentir ni dudas, ni escrúpulos, ni recelos que pudieran lacerar o zaherir de alguna manera su conciencia, dio inicio a su tarea o marea.
Todo lo que aquí, en esta epístola, te cuento, hijo mío, ocurrió hace veinticinco años cabales. Te lo narro, a modo de confesión (ya me dirás, cuando sea, la penitencia que me has impuesto), tal cual acaeció, porque fui yo, Edurne Gotor, “Metonimia”, tu madre, entonces, encinta de ti, sin haberme casado aún con tu difunto padre, Emilio González, “Metomentodo”, uno de los aspirantes a ayudante de sepulturero, quien, provista de una cámara de fotos, saqué una instantánea del vil suceso.
Siguiendo, al pie de la letra, las indicaciones que me dio tu progenitor, di un fuerte martillazo en medio de los postigos y estos cedieron. Entró, de sopetón, en el depósito la luz solar y, enseguida, tras ella, mi mirada y la cámara de fotos que, para documentar el hecho, le había prestado a Emilio uno de sus mejores amigos, Evaristo Gómez, “Meteoro”, tu padrino, por aquel entonces, reportero gráfico. Las desnudas piernas de la cadavérica Belén colgaban fuera del ataúd. En medio de ellas, el sepulturero, con el cuello vuelto y el rostro pasmado, con el mono y los calzoncillos a la altura de las pantorrillas, o sea, con el culo al aire, me miró con pavor, al verse pillado in fraganti en aquella posición tan ruin.
Una vez hice la foto, la esencia del chantaje, dejé la ventana como alma que lleva el diablo. Emilio me estaba esperando a la salida del cementerio con la moto, también prestada, en marcha para irnos juntos de allí a escape.
Seguramente, leer esto, la víspera de cantar misa, de ordenarte sacerdote, vaya a inquietarte más que a calmar tus nervios, pero algo o alguien, ignoro si ha sido una fuerza desconocida, desde el cielo, o el espíritu de tu padre, desde el purgatorio, me ha empujado a contártelo.
Ah; olvidábaseme decir que Eutanasio, “el Salaz” (el mote le venía que ni pintado, quiero decir, pintiparado), no dudó a la hora de escoger ayudante, decantándose, torticeramente, por supuesto, por tu padre.
Edurne Gotor, “Metonimia”
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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