EN TORNO A “ALLEGRO MA NON TROPPO”, DE CARLO MARIA CIPOLLA
“Allegro ma non troppo” (“Alegre pero no demasiado”) es el título de un libro del historiador económico italiano Carlo Maria Cipolla, que fue publicado en 1988 y recoge dos ensayos humorísticos (coñones —agrega servidor en este paréntesis, que, a veces, sí, también, se comporta como el mentado hacedor, como un inconcuso zumbón—, rebosantes de fina mofa): “El papel de las especias (y de la pimienta en particular) en el desarrollo económico de la Edad Media”, publicado independientemente, en edición limitada, sólo para los más íntimos, en 1973, en el que se guasea de quienes se creen a pies juntillas lo que él dice sobre el papel crucial que tuvo la pimienta durante medievo, sobre todo, en el aumento poblacional de Europa, debido a sus presuntos efectos afrodisíacos; y “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”, editado con (o en) parecidas circunstancias, criterios o condiciones, que apareció publicado tres años después, donde, asimismo, entre burlas y veras, defiende la tesis de la abundancia y los numerosos daños que ocasionan las personas estúpidas, que, por mucho empeño que pongan, no pueden dejar de serlo.
El ensayo sobre la pimienta lo inician estas (tal vez, proféticas o reveladoras) palabras: “El autor afirma que ‘la vida es una cosa seria, a menudo trágica, algunas veces cómica’, y que las dos primeras cualidades son fáciles de encontrar para cualquier individuo, sin embargo no todo el mundo puede advertir y apreciar lo cómico’”. La declaración de ánimos, intenciones y/o principios no es baladí, sino clara, cristalina, evidente. ¿Nos servirá acaso aquí un menú completo, primer plato, segundo y postre, de esto último? Pongámonos a la tarea de comprobar qué hay de cierto (o qué no) en lo que intuimos o sospechamos y sigamos leyendo. Para no marear la perdiz ni perdernos en discusiones bizantinas, transcribo a continuación el último párrafo del susodicho ensayo para ver cómo se las ha gastado, a lo ancho y a lo largo del mismo, o por dónde ha ido su burlón autor: “Mientras tanto, cuando en 1337 el rey inglés declaró la guerra al soberano francés, la había programado como una guerra relámpago, aunque es evidente que no fue así. El rey inglés había pedido préstamos a los comerciantes florentinos, y cuando en 1340 se declaró en bancarrota y afirmó que no pagaría sus deudas, los banqueros italianos pensaron ‘si en el mundo de los negocios no puede uno fiarse de un caballero inglés, ¿de quién diablos podrá fiarse?’. ‘Por lo que los florentinos sacaron las conclusiones lógicas: abandonaron el comercio y la banca y se dedicaron a la pintura, la cultura y la poesía’. Así se inició el Renacimiento”. La vaya me parece incontestable, irrefutable.
Mi parecer al respecto es que una chanza de similar jaez usa en el segundo de los ensayos, el que desarrolla su teoría sobre las cinco leyes fundamentales de la estupidez humana. Conviene leer las cinco y sus corolarios, pero puede que baste con dar cuenta de la formulación de la primera y su correlato para ver qué terrenos pisa, semejantes a los burlescos, festivos o jocosos, arriba hollados:
“La primera Ley Fundamental: ‘Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo’.
“Por muy alta que sea la estimación cuantitativa que uno haga de la estupidez humana, siempre quedan estúpidos, de un modo repetido y recurrente debido a que: personas que uno ha considerado razonables se revelan luego como estúpidas y, día tras día, vemos cómo individuos estúpidos obstaculizan nuestra actividad.
“Esta ley impide dar un valor numérico al porcentaje de estúpidos (ya que siempre nos quedaríamos cortos) así que a partir de ahora nos referiremos a dicho porcentaje con el símbolo ε”.
A la primera ley pongo, al menos, dos objeciones (esto es, opongo dos razonamientos): Qué argumento, motivo o razón impide que para esas personas no exista, o sea, no haya la posibilidad de la vuelta de hoja, es decir, que quienes han devenido estúpidos no puedan volver a ser sensatos. Si los números cantan, qué obstaculiza que, una vez hechas las pruebas, encuestas o sondeos correspondientes, las baterías de tests pertinentes, se dé un porcentaje de estúpidos sin remisión, sin salvación, sin solución. Acaso la actitud o el comportamiento estúpido sea más (o menos) normal de lo que Cipolla (y otra gente) cree y la división del paviano (en cuatro tipos: inteligentes, malvados, incautos y estúpidos) sea más artificial que científica y natural. Una persona puede actuar (y, de hecho se comporta) de las cuatro maneras. Como me gusta recordar a Aristóteles, dándole a la cita del estagirita la vuelta, “en el cerebro del más sabio siempre hay un rincón para la insensatez”. Y quien dice o escribe insensatez quiere decir o escribir necedad, estupidez.
A modo de compendio o epítome, tengo para mí que es pura o simple coña la presunta seriedad que muchos lectores han advertido en el segundo de los ensayos de Cipolla, el de la estupidez, o sea, que fue fingida por su autor, que se colocó en la misma frontera que separa las burlas de las veras para dar el pego con el supuesto cientifismo o cientificismo del mismo.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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