EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CXCIII)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Conforme voy leyendo el primer párrafo de tu comentario voy dándome cuenta de que me pasé varios pueblos, o sea, considerando que me extralimité al no llevar del ramal a mi fantasía, quiero decir, que acaso los dos, tú y yo, andemos pugnando por ser Coll, porque la genialidad de Tip, tal vez, nos quede aún lejana a ambos.
Para ser taimado (“astuto, bellaco, disimulado y pronto en advertirlo todo”) basta con acudir raudamente al DRAE, que suele sacar de dudas al instante, en un pispás, a quien lo consulta con asiduidad.
Si tú aprendes conmigo, y al trenzar tales palabras, quieres lanzarme, sin hesitación, una flor, acompañaré la verdad que te aduzco a continuación con una lindeza: tú haces que, cada vez que respondo a tus escolios con mis apostillas, me exija esta adehala o plus, que asperje las susodichas con una rociada de hidromiel y/o espolvoree sobre las mismas azúcar glas.
Tras releer uno de los aforismos del “Oráculo manual y arte de prudencia” (1647) de Baltasar Gracián y Morales, en concreto, el 181, que dice así: “Sin mentir, no decir todas las verdades. No hay cosa que requiera más tiento que la verdad, que es un sangrarse del corazón. Tanto es menester para saberla decir como para saberla callar. Piérdese con sola una mentira todo el crédito de la entereza. Es tenido el engañado por falto y el engañador por falso, que es peor. No todas las verdades se pueden decir: unas porque me importan a mí, otras porque al otro”, reconozco que tengo para mí, como regla general, que el fin no justifica los medios, pero si me da por pensar en cómo acabaría con otro hipotético dictador (otro Hitler, otro Stalin, otro Pol Pot, otro Idi Amin, otro…) hasta los medios más expeditivos y repugnantes me parecen adecuados, apropiados.
En un estado de Derecho todos los ciudadanos, todos, sin excepción, debemos cumplir la ley y hacer que la ley se cumpla. Las leyes se pueden cambiar y deben cambiar si son injustas.
No recuerdo, ni me suena, ni me consta. Pero eso no quiere decir más que eso. Me consta que las experiencias que tuvieron otras personas, tú, por ejemplo, no tienen que ser calcadas a las que viví yo. Pudieron ser y seguramente fueron otras, las que tú das a entender, verbigracia.
Como sabes, si alguno de esos jóvenes jienenses, autores del dislate que comentas, no alcanza la edad de catorce años, es inimputable; pero, si alguno de ellos supera dicha edad, que se atenga a las consecuencias, porque, como no ignoras, el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento, que no miento.
Te saluda, aprecia, agradece y abraza
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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