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A pesar de que las encuestas lo siguen situando como favorito, el país llega a esta elección con la sombra de una segunda vuelta casi asegurada.
Un mandato marcado por la violencia y la crisis
Noboa asumió el poder en noviembre de 2023 con la promesa de devolver la seguridad a un país sumido en el caos. En sus primeros meses, su «mano dura» contra el crimen, con el Plan Fénix y la militarización de las cárceles, disparó su popularidad por encima del 80%. Sin embargo, la brutalidad de algunos operativos, como el caso de «Los 4 de Guayaquil» -donde cuatro jóvenes fueron secuestrados y asesinados presuntamente por militares-, ha despertado una ola de indignación que amenaza con pasarle factura en las urnas.
A pesar de su ofensiva contra la delincuencia, las cifras siguen siendo alarmantes. El promedio de asesinatos diarios se mantiene en niveles críticos y la crisis de seguridad ha provocado un aumento en las denuncias por extorsión.
Economía en picada: apagones, desempleo y deudas
La situación económica tampoco le juega a favor. Ecuador entró en recesión en 2024, con una caída del PIB del 1,5% en el último trimestre del año. A esto se suman apagones masivos que han golpeado la productividad y destruido cientos de miles de empleos. Aunque Noboa logró asegurar un préstamo de 4.000 millones de dólares del FMI, el impacto en la población ha sido devastador: el desempleo y la precarización laboral siguen creciendo, mientras la pobreza alcanzó el 28%.
Conflictos internacionales y fracturas internas
El episodio más polémico de su gobierno fue la irrupción de fuerzas policiales en la embajada de México en Quito para capturar al exvicepresidente correísta Jorge Glas. Este acto, considerado una violación del derecho internacional, provocó la ruptura de relaciones con el país azteca y generó críticas globales. Sin embargo, lejos de debilitar su imagen, este hecho reforzó la percepción de Noboa como un líder que no teme desafiar los límites de la ley.
En el plano interno, su ruptura con la vicepresidenta Verónica Abad y la designación de una «vicepresidenta interina» han despertado cuestionamientos sobre su respeto a la institucionalidad.
¿Cambio o continuidad?
La oposición, encabezada por Luisa González, promete un giro de 180 grados y un regreso al modelo correísta. Sin embargo, la fragmentación del electorado y el desencanto con la clase política hacen de estas elecciones un escenario impredecible. Noboa sigue liderando los sondeos, pero con una popularidad tambaleante y una segunda vuelta casi garantizada, el desenlace de estos comicios podría definir el futuro del país por los próximos años.
Ecuador enfrenta una decisión crucial: dar continuidad a un gobierno que ha generado tantas expectativas como decepciones o buscar un cambio de rumbo. Lo que ocurra este domingo será determinante para el destino de la nación.
Un país polarizado
Guillermo Lasso dejó un país en crisis, y Daniel Noboa llegó con la promesa de orden y seguridad. Sin embargo, casi 15 meses después, la realidad se impone con fuerza: la popularidad del presidente ecuatoriano se ha desplomado de más del 80% en sus primeros días de combate contra el crimen a menos del 50% al cierre del año pasado. El mensaje de autoridad, que en un principio generó esperanza, ahora se enfrenta a los duros límites de la gestión y la impaciencia ciudadana.
Pese a los resultados cuestionables en materia de seguridad, economía y crisis energética, Noboa sigue siendo el favorito para ganar las elecciones.
¿Cómo es posible que un mandatario con tales índices de desgaste aún conserve ventaja sobre sus contendientes? La respuesta radica, en parte, en la capacidad de supervivencia política del presidente, pero sobre todo en la falta de una alternativa que entusiasme lo suficiente a la ciudadanía.
Como señala el analista Ávila, el electorado se encuentra dividido entre quienes responsabilizan a Noboa por la crisis y quienes consideran que el problema viene de administraciones anteriores, o incluso de instituciones como las Fuerzas Armadas, que no han logrado controlar el caos.
Por otro lado, la oposición no ha sido capaz de articular un mensaje lo suficientemente convincente. Chiriboga lo resume bien: el correísmo cuenta con una base de votantes fiel que supera el 30%, pero su capacidad de atraer nuevos apoyos es limitada. En este escenario, el desencanto no se traduce en una migración masiva de votos hacia otros candidatos, sino en una resignación colectiva ante la falta de opciones.
El próximo domingo, los ecuatorianos acudirán a las urnas con más dudas que certezas. La democracia supone elegir entre alternativas, pero cuando ninguna parece realmente viable, el voto se convierte en un ejercicio de pragmatismo más que de esperanza. Noboa, pese a su debilitada popularidad, sigue siendo el mal menor para muchos. La pregunta es hasta cuándo podrá sostenerse sobre esa base.
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