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LAS BRAVAVATAS DEL CHAVISTA MADURO

Venezuela aguarda esperanzada el cambio mientras la tensión con EEUU escala y nadie sabe hasta dónde irá Trump

El trasfondo: drogas, petróleo y migración

Paul Monzón 05 Sep 2025 - 06:13 CET
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Las intenciones de Donald Trump hacia la Venezuela chavista siguen envueltas en incertidumbre.

La retórica -tanto en Washington como en la Caracas chavista- es beligerante y crecen las especulación sobre una posible invasión militar nortamericana.

La Administración Trump ha declarado una guerra abierta contra los carteles de la droga, con un enfoque particular en Tren de Aragua, señalando a Nicolás Maduro como el capo de un esquema narco-terrorista detrás del Cartel de los Soles y ofreciendo una recompensa de 50 millones por su captura.

Esta escalada, respaldada por el despliegue de destructores navales y un ataque letal a una embarcación narco en el Caribe el pasado 2 de septiembre, sugiere un objetivo dual: frenar el narcotráfico y presionar al régimen chavista hasta un posible colapso, sin necesariamente implicar tropas terrestres.

A día de hoy, 5 de septiembre de 2025, la situación es una suerte de déjà vu para una sociedad acostumbrada a vivir bajo la amenaza de sanciones, bloqueos y presión internacional.

La novedad, sin embargo, es el regreso de Trump a la Casa Blanca, y su renovada fijación con Venezuela como eje de su política exterior latinoamericana.

La escalada militar y la reacción de Caracas

El detonante de la última crisis fue el sobrevuelo de aviones venezolanos sobre un buque de la Armada de EE. UU., en una clara demostración de fuerza.

El gobierno de Maduro justificó la maniobra como defensa legítima ante lo que considera «la mayor amenaza militar en un siglo» para el país, mientras que Washington calificó la acción de provocación y reafirmó su compromiso de luchar contra el narcotráfico en el Caribe.

Los datos son contundentes:

El cruce de declaraciones no se ha hecho esperar. Trump ha advertido de posibles operaciones «de precisión» para capturar a líderes del llamado Cártel de los Soles, al que la Casa Blanca vincula directamente con Maduro y otros altos cargos. Por su parte, el líder venezolano ha reiterado que mantendrá «todos los canales diplomáticos abiertos», pero ha pedido a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) que exija la retirada inmediata de las tropas estadounidenses.

El trasfondo: drogas, petróleo y migración

La narrativa oficial estadounidense pone el foco en la lucha contra el narcotráfico, una constante en la política de Trump respecto a Venezuela. El reciente ataque a una embarcación supuestamente vinculada al Tren de Aragua, en el que murieron 11 personas, ilustra el endurecimiento de la estrategia militar y mediática de Washington.

No obstante, la versión venezolana señala otros intereses. Maduro insiste en que Estados Unidos busca «las riquezas de Venezuela», en alusión directa al petróleo y al gas, y acusa a Washington de utilizar la lucha antidrogas como pretexto para desestabilizar el país y propiciar un cambio de régimen.

En paralelo, la crisis migratoria sigue creciendo. Más de 8 millones de venezolanos han abandonado el país en la última década, generando presión en los países vecinos y alimentando la retórica estadounidense sobre la necesidad de frenar los flujos migratorios y el tráfico de drogas.

Trump y Venezuela: una obsesión de dos mandatos

El regreso de Donald Trump a la presidencia ha reactivado su interés por Venezuela. Durante su primer mandato, la retórica dura y las sanciones marcaron la relación bilateral, pero el escenario actual es más explosivo. La oferta de 50 millones de dólares por la captura de Maduro, superior incluso a la que se ofreció por Osama Bin Laden, es prueba del empeño personal del presidente estadounidense en poner fin al chavismo.

Esta fijación responde tanto a motivos geopolíticos como internos. Venezuela se ha convertido en un símbolo para la base electoral de Trump, que asocia la lucha contra el narcotráfico y el control migratorio con el fortalecimiento de la seguridad nacional. El muro fronterizo, endurecido y pintado de negro bajo sus órdenes, es otro elemento de esta narrativa.

La vida cotidiana bajo la tormenta

Mientras los gobiernos se enfrentan, la vida sigue en Venezuela. En Caracas y otras ciudades, la población mantiene la calma, aunque el clima de incertidumbre es palpable. El miedo a una intervención militar directa convive con el deseo de cambio. Muchos venezolanos, cansados de la crisis económica y política, ven en la presión internacional una posible vía de salida, aunque pocos lo dicen en público.

En conversaciones privadas, algunos ciudadanos admiten que «algo tiene que pasar» para que la situación mejore, pero el temor a la represión y la desconfianza en la oposición moderan cualquier entusiasmo. La esperanza, en Venezuela, se susurra.

La región observa con cautela

Los países vecinos siguen la crisis con preocupación. Guyana ha denunciado un aumento del tráfico de drogas atribuido a Venezuela, Brasil rechaza la legitimidad de Maduro y teme un nuevo éxodo migratorio, mientras Colombia mantiene una postura ambivalente, oscilando entre la alianza estratégica y el pragmatismo fronterizo.

La ONU y otras organizaciones internacionales han manifestado su inquietud por la posible escalada militar y han pedido contención a ambas partes. La región, marcada por la polarización y la crisis económica, teme que el conflicto venezolano se convierta en un polvorín de consecuencias imprevisibles.

¿Qué puede ocurrir ahora?

El futuro inmediato es incierto. El despliegue militar y la retórica belicista sugieren que el pulso entre Trump y Maduro no se resolverá pronto. No obstante, la experiencia de crisis anteriores indica que la intervención directa sigue siendo improbable, dadas las implicaciones regionales y el coste político para Estados Unidos.

Lo que sí parece claro es que la tensión se mantendrá y que la vida cotidiana en Venezuela continuará marcada por la resistencia y la esperanza silenciosa de un cambio. En este tablero de ajedrez internacional, los ciudadanos siguen jugando la partida más difícil: la de la supervivencia diaria bajo la sombra de la geopolítica.

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