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Que hubo un ‘topo’ está fuera de toda duda.
Porque al tirano lo pillaron en pijama y metido en la cama.
En la madrugada del sábado 3 de enero, Donald Trump dio el visto bueno a una de las operaciones militares más intrincadas que ha llevado a cabo Estados Unidos en décadas.
Al igual que hacía Saddam Hussein en las semanas previas al ataque norteamericano contra Irak, Nicolás Maduro cambiaba de ubicación para dormir cada noche, en una rotación constante por ocho lugares diferentes con el objetivo de despistar a la CIA.
Sin embargo, los agentes que lo vigilaban ya tenían mapeados sus movimientos. Y tenían a alguien infiltrado de alto nivel.
Para que la operación tuviera éxito, era imprescindible esperar a que pernoctara en ese búnker específico.
El plan original apuntaba al 30 de diciembre, pero las condiciones meteorológicas adversas y la baja visibilidad obligaron a posponerla cuatro días, con el fin de evitar riesgos innecesarios.
Una semana antes, el 23 de diciembre, un alto funcionario de la Casa Blanca realizó el último intento por convencer a Maduro de aceptar un vuelo hacia el exilio que ofrecía Turquía. El líder chavista se negó rotundamente. En ese preciso instante, su destino quedó sellado.
Denominada Operación Resolución Absoluta, más de 150 aeronaves fueron movilizadas desde veinte bases militares en el hemisferio occidental.
Fuerzas especiales de élite se desplegaron y se llevó a cabo un ataque cibernético coordinado para desactivar las defensas de Caracas.
El resultado fue la captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, quienes fueron trasladados a Nueva York para enfrentar cargos por narcoterrorismo y conspiración armada. La operación se extendió durante exactamente dos horas y veinte minutos, desde las 2:01 hasta las 4:29 de la madrugada.
Con letal violencia.
El ministro de Defensa de Venezuela, el siniestro general Vladímir Padrino, ha afirmado que Estados Unidos mató a gran parte de los custodios personales de Maduro durante la operación que terminó este sábado con su captura en Caracas.
El militar ha leído un comunicado de las Fuerzas Armadas Bolivarianas en las que acusan al Gobierno de Donald Trump de “asesinar a sangre fría a gran parte de su equipo de seguridad, soldados y ciudadanos inocentes”.
Padrino no ha proporcionado una cifra exacta de víctimas.
Y no son los únicos eliminados.
El régimen comunista de Cuba confirma la muerte de 32 militares sus militares, ‘pretorianos’ profesionales enviados desde la isla para proteger de cerca a su aliado.
Lo ha revelado el Ministerio de Interior cubano en redes sociales:
“Como resultado del criminal ataque perpetrado por el Gobierno de los Estados Unidos contra la hermana República Bolivariana de Venezuela, efectuado en la madrugada del 3 de enero de 2026, perdieron la vida en acciones combativas 32 cubanos, quienes cumplían misiones en representación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Ministerio del Interior, a solicitud de órganos homólogos del país sudamericano”.
Lo que parecía un golpe inesperado fue, en realidad, el resultado final de una extensa campaña de inteligencia y preparación militar que comenzó a mediados de 2025.
Según reveló el Miami Herald, Trump había intentado inicialmente una vía diplomática, ofreciendo a Maduro un exilio seguro en Turquía o Catar. Sin embargo, las negociaciones no prosperaron.
Las actuaciones mediáticas del presidente venezolano y sus constantes negativas llevaron a que el presidente estadounidense perdiera la paciencia, lo que lo llevó finalmente a autorizar la operación para su captura. Esta misión se destacó por su precisión: no se trataba simplemente de eliminar un objetivo, sino de apresarlo vivo para presentarlo ante la justicia estadounidense.
La inteligencia como arma decisiva
El éxito del operativo dependió en gran medida de la infiltración de agentes de la CIA dentro del círculo más cercano al líder chavista. Reportes de The Washington Post y Reuters indican que la agencia logró introducir un informante clave que proporcionó información esencial sobre los movimientos de Maduro.
Este informante no solo confirmó que el mandatario no se hallaba en el Palacio de Miraflores, sino que reveló su verdadera ubicación: una casa segura diseñada específicamente para resistir ataques y facilitar escapes.
Desde agosto de 2025, un pequeño grupo operaba encubierto en Caracas, monitoreando rutinas, horarios y protocolos de seguridad. Los agentes estadounidenses registraron cada detalle sobre Maduro: dónde vivía, cómo se movía, qué comía o qué vestía, e incluso sus mascotas.
Durante una rueda de prensa posterior al operativo, el general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto, se jactó del trabajo realizado por sus agentes. No obstante, había un aspecto crucial que los planificadores estadounidenses descubrieron: Maduro dormía en hasta ocho lugares diferentes. Esto significaba que los miembros de la Delta Force debían esperar pacientemente hasta que le tocara pasar la noche en el complejo replicado que habían construido en Estados Unidos.
Esa espera valió la pena la madrugada del 3 de enero, cuando se confirmó que Maduro estaba en Fuerte Tiuna, el mayor complejo militar venezolano situado en pleno centro de Caracas. La información fue proporcionada por el informante infiltrado, quien también reveló los «puntos ciegos» del dispositivo presidencial y los protocolos que Maduro activaba ante posibles ataques. Algunas fuentes apuntan a que este informante habría recibido una recompensa cercana a los 50 millones de dólares por su colaboración; sin embargo, su identidad permanece bajo un manto de misterio por razones obvias.
Entrenamiento obsesivo: la réplica del búnker
Lo que hace singular esta operación frente a otras intervenciones militares estadounidenses es el nivel meticuloso con el cual fue preparada. Las fuerzas especiales estadounidenses, particularmente la Fuerza Delta del Ejército, construyeron una reproducción exacta del lugar donde se ocultaba Maduro. No era un simple modelo; era una copia fiel a escala real, con todas las cajas fuertes, puertas acorazadas y sistemas de seguridad replicados con precisión. En este escenario simulado, los comandos entrenaron intensamente durante meses cada posible variante del asalto: accesos, tiempos respuesta, resistencia armada y rutas para escapar.
Trump comparó este nivel preparatorio con las simulaciones realizadas quince años antes para la operación que terminó con la vida de Osama bin Laden en Abbottabad, Pakistán. «Construyeron una casa idéntica a aquella donde iban a entrar», explicó Trump en Fox News. Sin embargo, hay una diferencia clave: mientras que en 2011 el equipo SEAL 6 llevó a cabo una misión destinada a eliminar al objetivo, en 2026 la misión era capturar vivo al líder chavista. Esta distinción alteró completamente todos los cálculos tácticos.
El entrenamiento fue tan exhaustivo que Trump presumió haber ejecutado la misión «a la perfección». Los operadores ensayaron cómo penetrar las defensas del complejo y neutralizar cualquier resistencia antes de llegar hasta Maduro en su habitación para extraerlo bajo fuego enemigo. Incluso contaban con sopletes para atravesar puertas acorazadas rápidamente si él lograba atrincherarse. A pesar del meticuloso planeamiento, lo real superó incluso sus expectativas más optimistas.
El ataque cibernético y la guerra electrónica
La mañana del sábado comenzó con un ataque cibernético coordinado que dejó a Caracas sumida en la oscuridad total. Mientras tanto, más de 150 aeronaves estadounidenses despegaban desde diversas bases militares. Este despliegue incluía cazas como los F-35 y F-22; bombarderos supersónicos como los B-1; aviones especializados en interferencia electrónica; drones armados tipo Reaper y helicópteros dedicados a operaciones especiales.
El objetivo inmediato era desactivar las defensas aéreas venezolanas mediante ataques dirigidos contra varias instalaciones clave: Fuerte Tiuna, la base aérea ubicada en La Carlota, así como el puerto de La Guaira y el aeropuerto de Higuerote. También fueron atacados lugares como el Cuartel de la Montaña, un museo militar donde supuestamente descansan los restos mortales de Hugo Chávez, lo cual tenía un importante significado simbólico para el régimen chavista.
Mientras los bombarderos realizaban ataques estratégicos, otra operación centrada en la guerra electrónica desactivaba rápidamente los radares y sistemas defensivos venezolanos. Los helicópteros MH-47 Chinook y MH-60 Black Hawk, pilotados por el conocido 160.º Regimiento de Aviación, volaban a baja altura sobre Caracas, aprovechando esta interferencia para evitar ser detectados.
El asalto: dos horas de precisión quirúrgica
A las 2:01 a. m. llegó el momento culminante: los helicópteros aterrizaron cerca del complejo donde se encontraba Maduro, en pleno centro de la capital. Los operadores pertenecientes a la Delta Force descendieron directamente dentro del perímetro mientras recibían disparos desde el puesto asignado al Batallón número seis, encargado de proteger al líder chavista. Uno de los helicópteros fue alcanzado, pero logró regresar intacto.
El asalto fue diseñado como un bum rush: una entrada rápida y abrumadora destinada a desmantelar cualquier capacidad defensiva inmediata. Los comandos respondieron con contundencia. Según el ministro venezolano de Defensa, Vladimir Padrino López, los integrantes del equipo estadounidense «asesinaron fríamente» a quince miembros del comando presidencial encargado de proteger al mandatario chavista. El diario independiente TalCual informó de al menos 25 muertes durante esta intervención —en su mayoría jóvenes militares—, incluidos tenientes y guardias de honor aún sin graduarse. Entre ellos se encontraba Juan Escalona, escolta personal y diputado oficialista; sin embargo, The New York Times elevó esta cifra total hasta 80 muertos, incluidos civiles.
El detalle que lo cambió todo: la puerta que no se cerró
Cuando comenzó el asalto, Maduro saltó rápidamente de la cama e intentó llegar a su habitación segura: un búnker interno cuyo diseño incluía puertas blindadas capaces de sellarse ante ataques inminentes. Corrió hacia ese refugio, pero no alcanzó a cerrar la pesada puerta acorazada antes de ser interceptado justo en el umbral. Ese margen, breve pero decisivo, resultó crucial para todo lo ocurrido después. Trump destacó este aspecto durante una entrevista con Fox News: «No lograron cerrarla nunca; fueron superados rápidamente».
Incluso si hubiera conseguido cerrarla, habría sido irrelevante, ya que los asaltantes contaban con sopletes para abrir cualquier barrera metálica. Sin embargo, no fue necesario utilizarlos, puesto que tanto él como Cilia Flores optaron por rendirse ante sus captores. Todo lo planeado durante meses culminó abruptamente cuando esa puerta nunca llegó a cerrarse.
La extracción y el viaje a Nueva York
Una vez dominados, ambos líderes venezolanos fueron extraídos bajo fuego defensivo hacia embarcaciones navales rápidas con rumbo inicial al Caribe, deteniéndose brevemente en buques anfibios como el USS Iwo Jima, donde quedaron bajo custodia militar estadounidense. Allí se capturó la imagen icónica divulgada posteriormente por Trump, que mostraba al presidente venezolano esposado, con los ojos vendados y vistiendo ropa deportiva gris; una imagen de gran impacto que recorrió rápidamente los medios internacionales, sellando simbólicamente el éxito de la misión.
Desde el USS Iwo Jima fueron trasladados a Guantánamo y, posteriormente, a Nueva York, donde comparecieron ante tribunales locales el lunes 5 de enero, enfrentando cargos graves relacionados con narcoterrorismo, conspiración armada y otros delitos contra la seguridad nacional estadounidense. Según declaraciones oficiales de Trump, ningún soldado estadounidense perdió la vida, aunque seis resultaron heridos, ninguno de gravedad.
El legado de Bin Laden
Trump aprovechó la ocasión para comparar esta intervención con la que acabó con la vida de Osama bin Laden en 2011, describiéndola como «la operación más arriesgada» desde aquella misión ejecutada en suelo paquistaní contra el autor intelectual de los atentados del 11 de septiembre. Así lo afirmó durante una conferencia de prensa celebrada en Mar-a-Lago, destacando además otras acciones militares bajo su mando, como el bombardeo en Bagdad que acabó con Qasem Soleimani, el ataque en Idlib contra Abu Bakr al-Baghdadi o la reciente intervención en instalaciones nucleares iraníes.
No obstante, resulta llamativa la omisión del liderazgo de Barack Obama, quien dirigió la operación contra Bin Laden. Tal vez ello se deba a que la captura de Maduro contrasta notablemente con aquella misión: en este caso no se trató de una ejecución, sino de una detención, un matiz relevante que define el carácter de esta operación, que no constituyó un asesinato selectivo, sino una captura para su posterior enjuiciamiento.
La denominada Operación Resolución Absoluta representa, sin duda, un punto de inflexión en la historia reciente de América Latina, una región históricamente marcada por intervenciones foráneas, que ahora presencia una acción militar sin precedentes en el siglo XXI. El mensaje es claro: ningún líder puede considerarse fuera del alcance del poderío militar estadounidense, independientemente de cuántas casas seguras construya o cuántas puertas acorazadas instale a su alrededor.
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