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La imagen de María Corina Machado frente al Papa León XIV no es solo un encuentro protocolar; representa un quiebre histórico en la agonía venezolana. Tras la incursión estadounidense que precipitó la caída de Nicolás Maduro, la líder opositora declaró que «está más cerca la derrota del mal», palabras cargadas de simbolismo bíblico que resuenan como un grito de victoria moral. Este momento no solo agradece la presión inédita de Estados Unidos y el acompañamiento de la Iglesia, sino que reafirma una tesis central: sin alianzas globales y espirituales, la libertad en Venezuela seguiría encadenada.
El cuerpo de esta esperanza se nutre de argumentos irrefutables. Primero, la reunión privada con el sumo pontífice subraya cómo la diplomacia religiosa puede mediar en crisis donde la fuerza bruta sola no basta; Machado pidió intercesión por los secuestrados y desaparecidos, recordándonos que detrás de cada titular hay miles de familias destrozadas por la represión chavista. Segundo, su Nobel de la Paz —un galardón que valida su lucha no violenta— contrasta con la brutalidad del régimen, refutando a quienes tildan a la oposición de belicista. ¿Acaso no es paradójico que un gobierno que se dice humanista haya sembrado tanto terror?
Finalmente, este respaldo internacional acelera la reconciliación: la Iglesia ofrece neutralidad moral, mientras Washington impone realismo geopolítico, allanando un futuro sin Maduro.
Urge actuar con audacia. La «derrota del mal» no será un regalo divino, sino el fruto de presionar por elecciones libres, justicia para víctimas y sanciones selectivas contra remanentes del chavismo. Líderes mundiales, escuchen a Machado: Venezuela no pide caridad, sino la dignidad que le robaron dos décadas de socialismo fallido. El mundo observa; que no sea como testigo pasivo, sino como artífice de la redención
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