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LA HABANA EN LOS NOVENTA: CUANDO MOSCÚ DEJÓ DE ENVIAR PETRÓLEO

Cuba revive la pesadilla de 1991: lo de ahora es peor que el ‘período especial’ tras el colapso de la Unión Soviética

El Producto Interno Bruto se contrajo un 36% en solo tres años, lo que provocó hambruna, apagones y una crisis sin precedentes.

Paul Monzón 14 Feb 2026 - 10:15 CET
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Mientras el mundo celebraba la caída del muro de Berlín en 1989 y el colapso de la Unión Soviética en 1991, en Cuba no había motivos para festejar. La isla caribeña enfrentaba una realidad sombría. Lo que para Occidente simbolizaba la victoria del capitalismo era, para La Habana, el anuncio de una catástrofe económica inminente. Moscú no solo era su aliado político más cercano, sino también su salvavidas financiero y comercial. Con su desaparición, Cuba se vio atrapada en lo que se conocería como el período especial: una crisis tan profunda que los cubanos la recuerdan como uno de los momentos más oscuros de su historia reciente.

La dependencia cubana era prácticamente absoluta. La URSS abastecía el 98% de las necesidades energéticas de la isla y monopolizaba el 72% de su comercio exterior. No se trataba únicamente de petróleo; Moscú enviaba alimentos, maquinaria, fertilizantes y casi todo lo necesario para que la economía cubana siguiera en pie. Durante tres décadas, la Unión Soviética había facilitado créditos blandos por alrededor de 65.000 millones de dólares. El CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica), equivalente socialista a la Comunidad Económica Europea, redistribuía estos recursos entre los países del bloque. Sin embargo, con la disolución de la URSS, el CAME se desmoronó. Las nuevas autoridades rusas dejaron claro a Fidel Castro que no honrarían los compromisos adquiridos durante la era soviética. Los envíos de petróleo crudo cesaron y las importaciones de hidrocarburos se desplomaron a un 10%.

El impacto resultó devastador. Cuba perdió el 80% de su comercio exterior y el 75% de sus importaciones. El PIB estimado para 1990 era de 31.100 millones de dólares; para 1993 había caído a 19.800 millones. Durante el periodo comprendido entre 1990 y 1993, el PIB del país se contrajo un alarmante 36%, comparable a lo ocurrido durante la Gran Depresión. Sin combustible, los tractores dejaron de funcionar, las cosechadoras se detuvieron y la agricultura colapsó por completo. Las refinerías cerraron sus puertas, miles de empleos se perdieron y la industria estatal se desmoronó bajo este peso abrumador. A esto se sumó desde 1992 un endurecimiento del embargo por parte de Estados Unidos, que confiaba en que esta crisis económica llevaría al final del régimen castrista. La situación fue insostenible: dos frentes abiertos con la pérdida del apoyo soviético y el bloqueo estadounidense.

La vida cotidiana se convirtió en supervivencia

Sin gasolina, coches y autobuses quedaron reducidos a chatarra inútil. Pero los cubanos demostraron su ingenio ante esta adversidad. Las bicicletas, traídas urgentemente desde China, comenzaron a dominar las calles. La creatividad no conoció límites: nacieron los «camellos», largos autobuses adaptados para ser remolcados por camiones; viejos autobuses perdieron sus parabrisas y fueron convertidos en vehículos tirados por caballos mediante arneses atados a sus ejes. Los conductores manejaban las riendas como si estuvieran en otra época. También hicieron aparición coches-carreta movidos por uno o dos caballos y «bicitaxis», bicicletas con tres ruedas destinadas al transporte de pasajeros. Estos medios rústicos desgastaban las carreteras ya deterioradas; además, la falta de materiales hizo imposible mantener infraestructuras básicas como carreteras, puentes o acueductos.

La hambruna fue quizás lo más brutal que enfrentaron los cubanos. Sin tractores ni fertilizantes (que dependían del petróleo), sin pesticidas ni recursos básicos, el campo no podía abastecerse adecuadamente para satisfacer las necesidades del mercado local. En este contexto desesperado, los cubanos llegaron a cocinar cáscaras de fruta y consumir flores como parte de su dieta diaria. La ingesta calórica promedio cayó drásticamente: pasaron de consumir 3.052 calorías diarias en 1989 a solo 2.099 en 1993. La tasa de mortalidad entre ancianos creció un alarmante 20% entre 1982 y 1993; mientras tanto, los apagones eran una constante y la inseguridad alimentaria pasó a ser parte del día a día para millones.

Del socialismo al mercado por necesidad

El régimen no tuvo más remedio que adaptarse a esta nueva realidad económica. Cambió su modelo centralizado socialista hacia uno más descentralizado con toques capitalistas; desestatizó tierras agrícolas, liberalizó trabajos por cuenta propia e impulsó mercados privados para productos agropecuarios e industriales. Al desaparecer el programa «petróleo por azúcar» con los soviéticos, Cuba transformó sus extensos campos dedicados a caña en huertos donde cultivaban frutas y verduras frescas; así fue como abrazaron sin quererlo prácticas como la permacultura y agricultura orgánica mientras su dieta se tornaba más vegetariana ante la escasez extrema que enfrentaban.

El gobierno buscó divisas extranjeras con desesperación, estableciendo acuerdos con naciones europeas —especialmente con España— así como países sudamericanos para fomentar el turismo en busca de ingresos esenciales. Se despenalizó también la tenencia privada de divisas extranjeras; esta dolarización parcial ayudó a mitigar riesgos cambiarios en nuevos sectores emergentes e incentivó inversiones foráneas; todo un acto desesperado por sobrevivir.

Las protestas y el comienzo del fin

El clima social llegó a un punto crítico el 5 de agosto de 1994 cuando cientos de cubanos salieron a las calles del Malecón habanero, clamando libertad mientras expresaban su frustración acumulada durante años . Este evento pasó a conocerse como «el Maleconazo». En medio del caos económico que vivían muchos intentaban escapar hacia Estados Unidos, pero las autoridades interceptaron embarcaciones sin autorización; hubo enfrentamientos hasta que finalmente la policía dispersó a los manifestantes después de varias horasde tensión . Aquella protesta resonaría posteriormente con el fenómeno conocido como «balseros», donde muchos cubanos abandonaban la isla bajo cierta tolerancia del régimen.

A partir de ese momento sombrío comenzó a vislumbrarse un rayo esperanza: desde 1994 inició un proceso lento pero paulatino hacia la recuperación económica . Sin embargo , hubo que esperar hasta 2007 para ver cifras similares al PIB alcanzadas en 1990 . Diecisiete años marcados por profundas cicatrices sociales . El desastre provocado por el modelo socialista soviético llevó a Cuba al borde del abismo , desde donde tardaría casi dos décadas en resurgir , transformando irreversiblemente su sociedad e ilustrando cómo ningún régimen —por revolucionario que sea— puede subsistir sin un mínimo oxígeno económico.

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