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Antonio Naranjo titula hoy su columna en El Debate analizando las razones que subyacen al éxito imparable de Torrente, un personaje que ha logrado salir de la pantalla para convertirse en algo mucho más relevante: una respuesta cultural a años de imposición ideológica.
En su análisis, publicado el 25 de marzo de 2026, el columnista reflexiona sobre cómo un gañán sudoroso se ha establecido como el emblema más potente de la disidencia española frente al establishment progresista.
La idea central que plantea Naranjo es clara: «El gañán sudoroso es una divertida respuesta mundana a los clérigos de la Iglesia de la Revelación Sanchista».
No se trata simplemente de que los españoles encuentren en la vulgaridad del personaje un espejo donde mirarse, sino que están cansados de una visión del mundo que convierte delirios en derechos, que maltrata a las mayorías en nombre de unas minorías perpetuamente victimizadas y que considera cualquier disidencia como un acto violento, fascista o conspirativo.
El autor argumenta que hay un discurso opresivo que emana desde las instituciones, con la intención de homogeneizar la sociedad bajo un igualitarismo absurdo, silenciando cualquier referencia incómoda.
Naranjo desarrolla su crítica hacia lo que denomina la Iglesia Progresista, una estructura de poder omnipresente que abarca prácticamente todos los aspectos de la vida, desde la ideología de género hasta temas como el medio ambiente, la educación y la alimentación. Esta entidad genera lo que el columnista llama «falsos vulnerables», dado que aquellas víctimas son más manejables cuando se encuentran confinadas. Con ello, transforma causas legítimas en pretextos para establecer cánones únicos sobre lo aceptable y lo rechazable, buscando despojar al individuo y crear granjas electorales dependientes. El sistema opera mediante una asfixiante distribución de carnés de buen ciudadano, con un sistema de puntos fácil de perder y utilizando premios y castigos para activar alarmas desde cada rincón del Estado.
Es precisamente en este escenario donde Torrente Presidente ha alcanzado un éxito sin parangón en el cine español contemporáneo. La película ha eclipsado por completo el estreno más esperado de Pedro Almodóvar, evidenciando así una demanda masiva por entretenimiento alejado de los códigos de corrección política dominantes. Mientras las obras de cineastas consagrados como el propio Almodóvar y otros apóstoles de la izquierda apenas generan interés, la propuesta directa y grosera de Santiago Segura ha arrasado en taquilla, convirtiéndose en un fenómeno cultural que va más allá del ámbito cinematográfico.
«Torrente no funciona porque alguien se sienta reconocido en semejante zopenco, un saco sudoroso de grasa que sublima todo lo que da asco unánimemente, sino porque todo el mundo razonable está harto de tragar con ruedas de molinos de tipos como Sánchez, el hipócrita que pontifica contra la prostitución y va de feminista inalcanzable para el resto mientras vivía de las saunas del suegro y estaba rodeado de usuarios de lupanares y acosadores de medio pelo». Naranjo enlaza así el éxito del personaje con una percepción generalizada acerca de una élite política y cultural que predica virtudes ajenas a su práctica cotidiana, impone normas incumplibles y utiliza la moralidad como herramienta para controlar a la sociedad.
El columnista no escatima críticas hacia figuras como Javier Bardem, Gustavo Santaolalla, Pablo Iglesias y Yolanda Díaz, a quienes acusa de portar «el cabestrillo falso de la impostura moral, siempre dispuestos a librar las guerras señaladas y pagadas por el patrón y a callarse las verdaderas batallas de nuestro tiempo si perjudican su prejuicio o a su pagador». Esta caracterización, con un dardo directo a Sarah Santaolalla y su patética performance tras su agresión inventada, deja entrever una clase política y cultural que selecciona estratégicamente sus luchas morales según intereses económicos o poderosos, no basándose en principios auténticos.
El cierre del artículo es especialmente penetrante. «Torrente, en fin, es el eructo zafio que se suelta España contra toda esa tropa de caraduras convencidos, por alguna extraña razón, de su superioridad moral, de que su fin justifica el uso de los peores medios y de que el distinto es un enemigo contra el que todo vale. Y va Segura, con esa barriga y esas pintas, y les manda a tomar por donde amargan los pepinillos: una frase que, en los tiempos que corren, es casi un tratado filosófico contra la intolerancia».
Aquí Naranjo convierte a un personaje cómico vulgar en un símbolo cultural resistente, sugiriendo así que en tiempos marcados por una corrección política extrema, expresiones groseras sin filtros pueden erigirse como actos liberadores.
El fenómeno Torrente pone al descubierto una profunda fractura social en España entre una élite autoproclamada moralmente superior y una mayoría sentida despreciada, silenciada y manipulada. El éxito arrollador del filme —muy por encima incluso del cine más elaborado— demuestra claramente una necesidad colectiva por entretenimiento libre del corsé impuesto por los códigos políticos actuales. En este sentido, Santiago Segura ha conseguido algo más allá del cine: canalizar el descontento latente entre millones españoles quienes ven en Torrente, no un modelo a seguir sino un grito liberador contra la impostura.
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