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ARTÍCULO PUBLICADO EN ‘EL DEBATE’

Sobre el ‘periodismo’ sanchista: el desatino mercenario de la Brunete Pedrete al servicio de Sánchez

Antonio Naranjo denuncia el periodismo que blanquea las tropelías de Sánchez, comparándolo con la banalidad del mal de Arendt

Periodista Digital 21 Abr 2026 - 18:00 CET
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Antonio Naranjo publica hoy en El Debate una columna que lleva por título una declaración de intenciones: «A propósito del «periodismo» sanchista»

El subtítulo es revelador: «Algún día habrá que echar cuentas sobre el despropósito mercenario que auxilia a Sánchez en sus tropelías».

El arranque no tiene paños calientes. El periodismo sanchista, dice Naranjo, es «un desatino mercenario» que respalda las fechorías de Sánchez, oculta verdades y blanquea abusos para sostener un poder que pone en jaque a la democracia española.

Lo que hace la Brunete Pedrete

El término que Naranjo utiliza, la Brunete Pedrete mediática, es una derivación irónica de la Brunete mediática que la izquierda española lleva décadas usando para atacar a los medios críticos con el PSOE. El columnista lo invierte y lo aplica al ecosistema de medios, programas y tertulias que funcionan como correa de transmisión del sanchismo.

En el centro del sistema está la televisión pública. «Encima de ese montaje se encuentra la ‘televisión de todos’, con una letanía interminable de programas diseñados para ocultar la verdad, limpiar los desechos sanchistas y blanquear las tropelías del líder, dispuesto a destruir la democracia para proteger su trasero, el de su familia, el de su partido y el de todos los beneficiados que viven del siniestro circo».

Los ejemplos de ese ecosistema están documentados y tienen nombre. Javier Ruiz, presentador de Mañaneros 360 en TVE, que dijo que el apagón era un bulo horas antes del apagón, que presentó a una cocinera de UGT disfrazada de médico ante sus espectadores y que fue sancionado por la FAPE por inventarse estadísticas sobre violaciones. Sarah Santaolalla, colaboradora de RTVE, que usó la supuesta orientación sexual de Vito Quiles como arma arrojadiza e imparte talleres sobre fake news para las Juventudes Socialistas. Antonio Maestre, que perdió su demanda contra Quiles en los tribunales pero sigue operando desde plataformas financiadas con publicidad institucional. Ana Pardo de Vera, directora de Público, que comparte tribuna con el PSOE en sus actos mientras dirige un medio que recibe contratos institucionales de administraciones socialistas.

Todos ellos forman parte de un sistema que, como describe Naranjo, tiene una mecánica precisa: primero oculta, luego inventa culpas ajenas, después acosa al mensajero y finalmente legitima cualquier desafío a la democracia bajo el paraguas de la impunidad.

El contraste con la corrupción del PP

Naranjo introduce una comparación que resulta especialmente incómoda para quienes practican la equidistancia moral. Cuando el PP tuvo sus escándalos, los medios que le eran favorables reconocieron los hechos. Se discutía sobre la magnitud del castigo, sobre si era suficiente o excesivo. Pero nadie negaba que Bárcenas existía, que Urdangarin había delinquido o que la operación Kitchen era una vergüenza institucional.

Con el sanchismo, el periodismo afín opera de otra manera. No reconoce. No debate sobre el castigo adecuado. Niega, desvía, inventa contraargumentos y ataca a quien hace las preguntas incómodas. Es la diferencia entre un periodismo que fiscaliza al poder, aunque sea torpemente, y uno que lo protege sistemáticamente.

Sánchez como fenómeno sin precedentes

La columna de Naranjo incluye una afirmación que merece ser ponderada en serio. «Casi nada de lo que hace Sánchez se había visto nunca en nuestro país; ni siquiera Tejero se aproxima a la amenaza a la democracia que él encarna plenamente, resumiendo así aquel aforismo atribuido a Huxley: cuanto más grandilocuentes son sus palabras, más siniestras son sus intenciones».

Y lanza la pregunta que ningún periodista del ecosistema sanchista quiere responder: «¿O acaso alguien puede nombrar un solo caso occidental donde gobierne alguien sin haber ganado elecciones, sin presupuestos ni mayoría, gracias a delincuentes y aliado con lo peor del mundo mientras todo su círculo personal y político está entre rejas o no muy lejos?»

La respuesta es que no existe ese caso. No en ninguna democracia occidental consolidada. Y la Brunete Pedrete mediática lleva meses esforzándose en que esa pregunta no se formule.

Hannah Arendt y la banalidad del mal

El cierre de Naranjo recurre a Hannah Arendt con una precisión que resulta perturbadora en su aplicación concreta. «Ningún cacique prospera solo; siempre tiene a su lado ese tipo de tropa, vulgar y anodina pero efectiva, que Hannah Arendt describió magistralmente en ‘La banalidad del mal’».

Arendt acuñó ese concepto al observar que los grandes crímenes del siglo XX no los cometieron exclusivamente monstruos excepcionales sino personas corrientes que simplemente hacían su trabajo sin preguntarse demasiado por sus consecuencias morales. El mal banal no es espectacular. Es funcional, cotidiano y perfectamente integrado en el sistema que lo produce.

Los tertulianos que mienten a sabiendas en los platós de TVE. Los presentadores que ocultan noticias que sus propios compañeros del Consejo de Informativos denuncian. Los columnistas que atacan a los jueces que investigan la corrupción del PSOE. Ninguno de ellos es, probablemente, una persona excepcional en la maldad. Son, en la descripción de Arendt, perfectamente banales.

La diferencia es que un día habrá que rendir cuentas. Y ese día, como advierte Naranjo, llegará.

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