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Antonio Naranjo reflexiona sobre la crisis de Ceuta y la respuesta -o falta de- del Gobierno de Pedro Sánchez ante una invasión distópica y devastadora para la ciudad autónoma.
En su columna en El Debate de este lunes, 14 de septiembre de 2026, este texto se suma a una serie de reflexiones con las que el periodista viene abordando la crisis en Ceuta. Desde su primera línea, Naranjo sitúa al presidente entre dos extremos inquietantes: «O es un cretino desalmado y traidor o elabora una jugada maestra y abyecta que demanda, primero, un deterioro nacional extremo».
La idea central que articula esta columna es contundente: la aparente pasividad de Sánchez frente a la crisis de Ceuta no se debe a un simple error de cálculo político, sino que responde a un fenómeno más complejo. Naranjo argumenta que el presidente, en lugar de reaccionar a una acción hostil y a una invasión masiva, ha elegido favorecer la situación que asfixia a la ciudad, ya sea por incapacidad o por estrategia. Ceuta se convierte en un laboratorio del deterioro nacional que podría extenderse al resto de España, mientras los entes del Estado —CNI, Policía Nacional, Corona— son puestos en entredicho y atacados desde La Moncloa.
Ceuta como laboratorio de deterioro extremo
Naranjo pinta un retrato de Ceuta atrapada entre la presión demográfica, el temor y una sensación de abandono por parte de las instituciones. En su análisis, la ciudad se revela como el núcleo de un experimento político que el Gobierno parece tolerar, e incluso amplificar. Un párrafo extenso y contundente aglutina el impacto humano y político de esa inacción: «Sea cual sea la motivación de Sánchez, el resultado es el mismo: alguien con el poder para actuar ha optado por no hacerlo, dejando a su suerte a casi 90.000 personas asustadas, acorraladas, expuestas a peligros objetivos y con la asfixiante sensación de que lo peor está por venir: allí nacen escuchando en casa que les quieren expulsar de su tierra y ese presagio se está ejecutando en tiempo real sin que el responsable de evitarlo haga nada más que favorecerlo con excusas peregrinas y ataques incesantes a quienes en teoría deberían ayudarle, sea el CNI, la Policía Nacional o la propia Corona.»
En esta intensa descripción, Naranjo evoca varios niveles de reflexión:
- La evidencia demográfica, esos casi 90.000 ceutíes convertidos en una población sitiada.
- La dimensión emocional, esa «asfixiante sensación» de que lo peor se avecina.
- El aspecto político, con la acusación abierta de abandono y la inversión de roles, donde el Estado, en lugar de proteger, hostiga a sus propios mecanismos de seguridad y representación.
Ceuta se presenta no solo como una ciudad que enfrenta una avalancha migratoria, sino también como escenario de un relato oficial que minimiza la realidad que viven sus habitantes, quienes escuchan que podrían ser expulsados de su hogar. Esta mezcla de miedo, desarraigo y traición se convierte en el terreno sobre el que Naranjo edifica su denuncia más grave.
Traición sin beneficio aparente: la sospecha del plan oculto
La parte más polémica del texto surge cuando el autor sostiene que Sánchez actúa como un traidor, pero —a diferencia de otros episodios de su carrera— sin un beneficio personal visible. Naranjo establece una comparación con decisiones pasadas del presidente, como las relativas a la amnistía, la liberación de etarras o la condonación de deuda a Cataluña, para subrayar que en esos casos siempre había algún tipo de rédito político. En este caso, sin embargo, no lo identifica.
Naranjo lo expresa así: «Sánchez se comporta como un traidor, pero, por una vez en su larga trayectoria de traiciones, no se aprecia el beneficio personal que sí le produjeron la amnistía, la liberación de etarras o la condonación de la deuda catalana, solo por citar algunas de las tropelías que le han permitido ser presidente. En este caso no se vislumbra un rédito aparente y, aun así, lo sostiene. ¿Quizá porque para entender su plan hay que permitir primero un deterioro sin precedentes e instaurarlo en toda España? ¿Pronto conoceremos la razón y nos llevaremos las manos a la cabeza como nunca?»
En este pasaje, la columna se asoma a un terreno especulativo, aunque cargado de intención:
- Si no se vislumbra un beneficio inmediato, ¿qué tipo de ganancia persigue el presidente?
- ¿Es Ceuta el primer paso hacia un deterioro general que abriría la puerta a una gran maniobra política?
- ¿Se trataría de una «jugada maestra» que solo será comprendida más adelante, cuando el daño se haya vuelto irreversible?
La tensión entre la traición «sin beneficio aparente» y la conjetura del plan oculto se convierte en uno de los ejes que estructura la interpretación del texto y lo distingue de columnas anteriores del propio Naranjo sobre Mohamed VI, Marruecos o la política migratoria.
Dos opciones inquietantes: ineptitud absoluta o jugada definitiva
La reflexión alcanza su máxima intensidad en el tramo final de la columna, donde el autor restringe las posibilidades a dos alternativas igualmente devastadoras. Por un lado, la noción de un presidente incapaz, «cretino con ínfulas»; por otro, la idea de un líder que está preparando una jugada definitoria, abyecta, para resolver de una vez todos sus dilemas. Naranjo lo sintetiza en una frase que actúa como bisagra del texto: «No parece creíble que Sánchez no tenga un plan, por inmoral que sea. Y si lo posee, será el peor imaginado, el último recurso para deshacerse de todos sus problemas con una jugada maestra y abyecta. La otra opción es que, más allá de ser un cretino con ínfulas, se trate de una mala persona y un traidor con todas las letras.»
A partir de esta formulación, la crítica pasa de ser únicamente circunstancial a ser de carácter estructural: no solo se cuestiona la gestión concreta de Ceuta, sino que se denuncia un patrón de comportamiento que se atribuye a Sánchez. En este esquema, la ciudad autónoma se convierte en:
- Un instrumento de presión exterior, activado desde Marruecos.
- Un elemento de ingeniería política interna, aceptado o incluso amplificado desde la Presidencia del Gobierno.
La glosa resalta cómo Naranjo entrelaza una crisis migratoria, un conflicto diplomático y una evaluación moral del liderazgo político alrededor de una única figura: la del presidente que, ya sea por ignorancia o por comprensión excesiva de la situación, utiliza el caos en su beneficio futuro.
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