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Un gafe al frente de irresponsables e incompetentes

Con Sánchez se ha reducido a la mitad el gasto en prevención de incendios y multiplicado por 12 la superficie quemada

Un presidente digno no puede seguir en la tumbona mientras arde España y él presencia el espectáculo como una oportunidad para erosionar a Feijóo

Periodista Digital 16 Ago 2025 - 08:50 CET
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Los gafes y los tontos nunca descansan.

Y la prueba es Pedro Sánchez.

Desde que el marido de Begoña preside el gobierno de España, no nos libramos de todo tipo de tragedias, desgracias y calamidades, externas o internas.

La lista es interminable: , como la pandemia de la covid, la guerra de Putin contra Ucrania, el volcán de la Palma, Filomena, sequías pertinaces, la dana o el gran apagón. Y ahora nos tocan olas de calor horroroso y fuegos apocalípticos que están calcinando bosques, vidas y haciendas de norte a sur.

Agosto, ese mes en que España mira al cielo con inquietud, entre olas de calor y el humo que dibuja en el horizonte la silueta de un país en llamas.

Mientras los informativos abren con imágenes de evacuaciones y brigadas exhaustas, el socialkista Sánchez contempla la escena desde La Mareta, tumbona al sol, con una caradura y una pachorra solo comparables a las de quien ve arder una barbacoa ajena.

Lo que para algunos es tragedia nacional, para otros parece oportunidad política: la superficie quemada se dispara mientras el gasto en prevención se desploma a mínimos históricos.

Cifras que incendian el debate

La estadística no deja lugar a dudas.

En 2018, cuando Sánchez llegó al Gobierno, el presupuesto para prevención de incendios era de 225.197.268,38 euros y ese año solo se quemaron 12.433 hectáreas. A día de hoy, 16 de agosto de 2025, el gasto ha caído a menos de la mitad —apenas 110 millones según estimaciones recientes— y la superficie arrasada supera las 157.501 hectáreas, multiplicando por doce las cifras previas al mandato socialista.

Un repaso rápido:

Los expertos advierten que recortar en prevención es “un error estratégico”, pues cada euro invertido ahorra miles en extinción y protege vidas y patrimonio natural.

Estrategia ausente y prioridades difusas

El Tribunal de Cuentas Europeo lo señala sin ambages: España invierte mucho menos que Grecia o Portugal en prevenir incendios. Mientras nuestros vecinos destinan recursos extraordinarios a evitar tragedias, aquí se priorizan otras partidas del gasto público. La diferencia no es solo económica; es institucional y ética.

El Gobierno ha recibido 48.000 millones en subvenciones europeas hasta agosto —una cifra mareante— pero apenas ha destinado 221 millones a prevención desde 2020. El resto se queda sin adjudicar o navega entre otros ministerios más preocupados por la foto que por los montes.

Grandes fuegos, grandes ausencias

Tres de los seis años con más superficie forestal quemada desde 1996 han ocurrido bajo Sánchez. Los grandes incendios proliferan, las reformas estructurales brillan por su ausencia y los medios estatales siguen estancados. Ni limpieza del monte ni tratamiento de biomasa ni refuerzo real a brigadas forestales.

Aun así, desde La Mareta se lanza el mensaje habitual: “El Gobierno sigue volcado con todos los recursos para frenar el fuego”. Volcado quizá en la tumbona, porque lo cierto es que los bomberos denuncian falta de medios y una estrategia nacional “insuficiente, tardía y mal financiada”.

El cambio climático como coartada política

Cuando las llamas devoran cientos de hectáreas cada día, el Gobierno recurre al comodín del cambio climático como explicación única. Pero los informes oficiales desmontan esa narrativa: “La extinción supone un gasto elevado que puede reducirse con adecuada política preventiva”. Sin embargo, año tras año, esa partida presupuestaria es la más débil.

Listamos algunos efectos directos del descenso en prevención:

La caradura del marido de Begoña

En círculos políticos circula ya un mantra entre los críticos: “El nivel de incumbencia del marido de Begoña en los problemas y calamidades de los españoles es inversamente proporcional a su cara dura”. Mientras las llamas avanzan por Galicia, Castilla y León o Andalucía —con carreteras cortadas y pueblos enteros evacuados— el presidente observa desde su retiro veraniego cómo sube su popularidad cada vez que aparece con casco junto a un retén forestal.

Y si alguien pensaba que este verano sería diferente, basta mirar las cifras europeas: solo superamos en terreno arrasado a países históricamente azotados por incendios como Grecia o Portugal —que invierten tres veces más— mientras aquí se sigue improvisando cada campaña sin una estrategia seria ni continuidad institucional.

Incendios vistos desde una tumbona

En La Mareta —ese palacio canario convertido cada agosto en símbolo del desconexión política— las crisis parecen pasar como nubes veraniegas. El presidente digno no puede seguir tumbado mientras arde España; sin embargo, las imágenes transmiten justo lo contrario. Los fuegos ofrecen espectáculo mediático para cargar contra rivales internos o externos; pero detrás quedan hectáreas calcinadas y familias desterradas.

Un gafe al frente de irresponsables e incompetentes —como han calificado algunos columnistas recientes— parece ser el resumen lapidario del verano político español: menos prevención, más terreno quemado y una gestión pública donde el humo tapa muchas vergüenzas.

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