Ajuste de cuentas por partida triple.
Alfonso Ussía, desde su tribuna de El Debate, sacude la del pulpo a su antigua empleadora, la editorial Planeta, dueña de La Razón; a la escritora Sandra Sabatés y, a modo de guinda del pastel, a la vicepresidenta de la Comunidad Valenciana, Mónica Oltra.
Con la fina ironía que le caracteriza al periodista, comienza dándole a base de bien a la empresa editora y a la autora del cuento de marras:
La Editorial Planeta, la más poderosa de España, nos regala la sabiduría equilibrada de una de sus geniales novelistas catalanas. Me refiero, como es de suponer, a Sandra Sabatés, una gran y sutil escritora de la que no he leído ninguno de sus libros, ya sean sus trepidantes novelas o sus ensayos sexuales. En su última entrega ‘No me cuentes cuentos’, título muy original con un hábil juego de palabras, relata con bella crudeza diez episodios protagonizados por la violencia machista. Y le dedica uno de esos episodios a Caperucita Roja, esa mujer tan desconcertante. Y lo hace amparada en la seguridad de sus palabras: «El cuento de Caperucita es en realidad el de una violación».
Ussía asegura no dar crédito a esa declaración y le ‘sugiere’ a Sabatés nuevas posibilidades para una segunda parte de sus sesudas reflexiones cuentistas:
Me han pinchado y no he sangrado. Siéntome patidifuso y experimento confusos sentimientos.
Como no lo he leído puedo figurarme su contenido y la seriedad de sus conclusiones. Nunca me gustó el proceder cotidiano de Caperucita. Ni el de Heidi, que es una Caperucita de la edad contemporánea, que encadena en las altas montañas de Baviera toda suerte de perversidades sexuales, si bien, al menos en su caso, la seductora es ella. Caen en su trampa el abuelo, Pedro, y finalmente la señorita Rottenmeier, transexual, nacida Otto Aughentaller. Lógicamente, los padres de Clara jamás habrían contratado a Otto Aughentaller para cuidar a su desdichada hija, y Otto cambió de sexo y se convirtió en la señorita Rottenmeier. De esta circunstancia no se ha ocupado la gran escritora catalana Sandra Sabatés, y le cedo la idea.
El columnista prosigue con más ‘aportaciones’ para que Sabatés las tenga en consideración:
Caperucita, efectivamente, practicaba la zoofilia con el Lobo Feroz. No se entiende el transcurso del cuento sin esa premisa indiscutible. En la cesta de la merienda para su abuela, Caperucita escondía todos los días, antes de emprender el camino, una bolsa con preservativos para Feroz. La abuelita no fallece devorada por el lobo. Muere de inanición, porque jamás Caperucita le llevó la merienda. Mientras la madre de la perversa niña confiaba en su hija, y la abuela aguardaba en la cama la llegada de su nieta con la merienda, Caperucita y Feroz procedían al desenfrenado fornicio en la zona del bosque más próxima al río. Pero no acierta la eximia narradora catalana Sandra Sabatés. Fue Caperucita la que sedujo al Lobo, y de existir violación en sus relaciones, el violado fue el cánido.
Con mucha mofa y cachondeo, Ussía desliza lo que podría haber pasado en realidad con Blancanieves:
Otra cosa es el caso de Blancanieves, que tampoco ha llamado la atención de la ensayista sexual Sabatés. Los detalles del cuento tradicional constituyen meras minucias sin importancia. La Reina celosa de la belleza de Blancanieves, el espejo mágico, la manzana envenenada…tonterías. Lo importante es la desvergüenza de una joven okupa que decide convivir con siete mineros simultáneamente. Siete mineros que cantan «aihóo, aihóo» de vuelta de la mina porque saben lo que les espera.
Blancanieves en porretas anunciando los turnos. «¡Hoy le toca el primero a Mudito! ¡Hoy a Gruñón! ¡Hoy otra vez a Mudito!«. Y la protesta de Dormilón y Mocoso. »¡Mudito fue el primero anteayer!« Y la respuesta de Blancanieves. »¡ Pero es el que más me mola y soy la que elijo!» Tampoco se trata de una violación, como intentaría demostrar la obsesa sexual literaria. Si Blancanieves elige, Blancanieves consiente, y si consiente, no hay violación.
Lamento mostrar mi desacuerdo con la joven escritora experta en violencia machista Sandra Sabatés. Podría haber analizado a la Cenicienta, y ha errado intentando acusar al Lobo Feroz de violador. Se pueden enfadar los de Facua y el partido Animalista. Feroz fue un calzonazos manejado por Caperucita, y la carne, aunque sea de lobo, es débil y propensa a la lujuria.
Veo que la sagaz escritora ignora los pormenores de las violaciones y la violencia machista. Barcelona y Valencia se cubren rápidamente por la autopista del Mediterráneo. Mónica Oltra estará encantada en recibir a tan prestigiosa autora. Y estoy seguro que bien dispuesta, ante esa gloria de la literatura sexual, de hablarle de su marido. Ése es el libro.
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