Rafael Blasco García: «La insuficiencia de principios»

Bien hecho es mejor que bien dicho. (Benjamin Franklin)

Rafael Blasco García: "La insuficiencia de principios"

No precisamos recurrir a la génesis de nuestro tiempo para saber que la vida transcurre en el plano de los acontecimientos, y no solo en el de las palabras. Debemos rechazar la idea de vivir en un estado de letargo espiritual, pensando que nuestras acciones carecen de importancia para la sociedad. Llega un momento en la vida en el que hay que despertar y luchar por los sueños, para que estos se hagan realidad. Todo sueño ha de unirse a la acción, y es en este proceso donde se configura la madurez y la identidad del ser.

Es evidente que no existirían guerras ni pobreza si fuera posible una evolución que nos llevara a actuar al unísono en los conceptos del bien común. No bastan las ideas si carecemos del valor necesario para realizarlas. Hay que tomarse un tiempo para deliberar; tras él, debe llegar el momento de actuar. Pensar y actuar se constituyen en obligación ética en tiempos de incertidumbre como los que vivimos, en los que el relativismo moral y el materialismo empiezan a secar las raíces de los valores espirituales. Europa ha avanzado en su unificación, pero a la vez se ha encadenado al poderío y a las demandas de Estados Unidos.

En esta nueva Vía Apia del entendimiento, que tras tanto esfuerzo ha logrado atravesar nuestro continente uniendo a las naciones, avanza peligrosamente la extrema derecha destruyendo libertades, y nuevamente volvemos a preguntarnos ¿a dónde vas, Europa? La vida actual es fruto de un interregno, de un vacío que trae de la mano el nihilismo burgués, carente de empresas humanas y unitivas. El hombre medio de este siglo se instala en un mundo del que no percibe íntimamente las obligaciones propias de la comunidad.

El nudo gordiano de la civilización de Occidente está siendo desanudado por la ultraderecha. El ciudadano está dejando de asumir que, si se coarta la libertad, podemos caer en el pozo donde el aislamiento y la opresión terminan con la justicia del futuro, ese futuro por el que tanto hemos entregado para poder dejar un legado en el que la tiranía no tenga cabida. Estamos viendo morir una Europa mentirosa y confortable y, ante tal espectáculo, tenemos la obligación de reaccionar y confrontar las crueles verdades que nos hablan de irreflexión y de involución de valores. La libertad no vale gran cosa si tan solo aspira a un progresismo que deshumaniza la sociedad mediante la carcoma moral de un impostado y cómodo buenismo.

El hombre fracasa al no tener conceptos claros sobre los temas más elementales que le conciernen. Faltan líderes en nuestro continente que, alejándose de las palabras del “nueve largo”, muestren las capacidades humanas e intelectuales que el orbe demanda y precisa en sus vertiginosos cambios. La esperanza de un mundo justo solo puede mantenerse con la conciencia y la implicación de millones de seres, cuyas obras y acciones son precisas para hacer resplandecer la verdad, siempre amenazada por quienes piensan que la libertad no es sino un obstáculo en el camino del progreso. Cuando se suprime la confianza en quienes desempeñan la función pública, surge con fuerza la exigencia de la transparencia, señalando la debilidad moral de la sociedad y su evidente fragilidad.

Guerras, muerte y sufrimiento nos siguen recordando la urgencia de un nuevo principio de vida en el que no exista el chantaje de la violencia. Hay que encender velas y dejar de lamentar la oscuridad y la frustración de las teorías. Vivimos una cultura de disfraces, pero cada uno se disfraza de aquello que es por dentro. La copulación entre el capitalismo y la tecnología digital está propiciando una sociedad de individuos alienados, cuyo tiempo de reflexión queda fagocitado por un confuso exceso de oferta informativa. Crece por añadidura la capacidad política de manejar al pueblo, que todo lo deposita en manos del Estado. Hay una clara percepción de que la retórica de los gobiernos empieza a ser el cementerio de las esperanzas humanas.

La ética neoliberal está desembocando en el mar de una eficacia capitalista que atrapa a miles de individuos, entregados en las redes sociales al desvelamiento digital del alma. El nuevo becerro de oro de internet nos tiene sentados junto a un volcán, cuya lava arrasa y convierte en cenizas el tiempo preciso para hablar, reflexionar y transmitir los valores que conducirán nuestras vidas. Se utilizan los móviles como confesionarios y fuente de datos, confusamente entremezclados, de los que no obtenemos respuestas esenciales para entender el complejo tiempo que vivimos. El actual maniqueísmo permite transformar conceptos negativos en positivos, tan solo con evocar la palabra progresismo, que es para el Gobierno una auténtica varita mágica.

Entrar en la sagrada orden del progresismo libra a sus miembros de cualquier sospecha o atisbo de ser facha y, por ende, les convierte en ciudadanos del futuro, con patente de corso para saltar por encima de la lucidez y el respeto a la moral pública. Vivimos un sistema que está urdiendo lo necesario para desencontrarnos minuciosamente, mientras prorrogamos una actitud responsable y nos conformamos con besar el tiempo entregándonos a su deriva. La tragedia de nuestra civilización se centra entre el desequilibrio que produce la supuesta calidad de vida y la esclavitud que padece el individuo para sustentar todos los bienes de consumo, sin los cuales se le presenta el triste fantasma del fracaso.

La humanidad se aleja del uso correcto de la razón, y la paz no se está basando en la moralidad y el crecimiento espiritual; por el contrario, son los mutuos intereses los que la mantienen. Padecemos de insuficiencia de principios, y todas las civilizaciones han fenecido por esta causa. El mundo precisa una reacción; vale la pena hacer algo y hemos de hacerlo a toda costa. Cada mínimo cambio en nuestra actitud solidaria es un eslabón que va configurando la sólida cadena motriz en el engranaje que precisa la justicia; siempre se puede hacer algo cuando se toma conciencia y se sabe que no queda más remedio que hacerlo. Hay que sentir latir el corazón para que el cuerpo se mueva sabiendo lo que se requiere, teniendo el coraje de realizarlo.

Son los hechos los que hacen al ser humano, y no sus palabras. Nuestra existencia es más bella cuando reflexionamos y, al dejar de hacerlo, nos empobrecemos. Reflexión y acción se complementan para avanzar en el camino de la justicia. Los valores que se generan pasan en perpetuo movimiento de una a otra generación. Las ideas que no se asocian a nuestra voluntad de acción quedan minimizadas en el infértil campo de la pasividad. Respecto a la ética, el momento correcto para actuar no es mañana, sino ahora. Cuando el ser humano no actúa como piensa, termina pensando como actúa. No basta con saber, debemos aplicarlo. No basta con querer, debemos hacer cuanto nos dicte la conciencia, sin renunciar a la iniciativa que ha de brillar desde la cuna hasta la tumba.

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