En mayo de 1997 tuve el honor de ser distinguido por representantes del Pueblo Gitano con un gesto honorífico, que desde entonces conservo grabado en mi corazón. En aquella ocasión hice un esfuerzo por dominar mi pertinaz agorafobia, y pude dirigir unas palabras a la numerosa concurrencia que gentilmente había acudido a tan inmerecido acto. Pues bien, en la breve alocución que balbucee, les rogué a los allí presentes que jamás perdiesen sus tradicionales valores de raza, entre los que destaqué: el respeto por los mayores; el sentido unitario de la familia como eje de valores; la fraternal solidaridad entre gitanos, en la alegría y en la tristeza; y sus no escritas “Leyes Gitanas”, esas leyes de las que nadie escapa. Ese código de honor, no escrito, que vuela por encima de las triquiñuelas y legalismos de la justicia paya. Esa justicia gitana en la que, el que la hace, la paga; esa justicia que – a veces – los payos echamos en falta.
Hecha esta introducción, comienzo con la narración de una historia que ha sido injustamente silenciada, y lo ha sido – entre otras cosas – porque eso del racismo no es tan solo una cuestión de nazis, sino que es un mal endémico en el ser humano, y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.
La ideología nazi consideraba a los “roma” (gitanos) un problema social que debía solucionarse conforme a la restructuración racial de la sociedad que habían diseñado [1]. Así, a comienzos de 1942, se levanta la veda y comienza la caza, captura y ejecución de gitanos nómadas. Cuando ya no encontraron más, fueron a por aquellos que, cansados del nomadismo y la trashumancia, se habían ido asentando en las diferentes poblaciones de los territorios ocupados por Alemania.
Según consta en los archivos de los “Einsatzgruppen” (patrullas móviles de exterminio), se habrían ejecutado a trescientos mil gitanos en la URSS, y a veintiocho mil en Yugoslavia. El historiador austríaco Raoul Hilberg, estima que antes de la guerra vivían en Alemania treinta y cuatro mil gitanos. Se ignora el número de sobrevivientes.
En el gueto de Lodz (Polonia), las condiciones resultaron tan extremas, que ninguno de los cinco mil gitanos que allí permanecían, sobrevivió. Treinta mil más, murieron en los campos polacos de Belzec, Treblinka, Sobibor, y Maidaneck.
Durante la invasión alemana a la Unión Soviética, los nazis fusilaron en Simvirpol (Ucrania) a ochocientos gitanos [entre hombres, mujeres y niños] en la noche de Navidad de 1941.
En Yugoslavia, se fusilaba conjuntamente a gitanos y judíos en el bosque de Jajnice. Los campesinos recuerdan todavía los gritos de los niños gitanos llevados a los lugares de ejecución.
Los gitanos, junto a los judíos, objetivo prioritario de exterminio. Familias enteras pertenecientes a la etnia gitana, fueron enviadas directamente a Birkenau, campo de concentración conocido con el triste nombre de Auschwitz II – Birkenau [2].
Millares de gitanos más fueron deportados desde Bélgica, Holanda y Francia, al campo polaco de Auschwitz II. En sus Memorias, Rudolf Hoess (comandante de Auschwitz), cuenta que entre los deportados gitanos había ancianos casi centenarios, mujeres embarazadas y un gran número de niños.
Familias enteras de gitanos fueron encerradas en una zona especial del campo. En julio de ese mismo año los hornos, al rojo vivo, ya no daban más de sí, y dos meses después, se procedió a la ejecución de los niños gitanos que quedaban en Birkenau.
Si no mataron más gitanos los nazis, es porque no los encontraron.
Al concluir la guerra, los países aliados disolvieron el estado nazi alemán, siendo sus jerarcas juzgados por crímenes contra la humanidad (Núremberg, 1945-1946). A inicios de 1950, cuando empezó la negociación de las indemnizaciones por el Holocausto, el nuevo estado alemán estimó que sólo los judíos tenían derecho a ellas. Al no existir organizaciones políticas que los defendieran, los pueblos “rom” (gitanos) fueron ignorados y excluidos.
Finalmente, en 1982, el canciller demócrata cristiano, Helmut Kohl, reconoció el genocidio del pueblo gitano; pero con eso se quedaron, porque de indemnizaciones no vieron ni un céntimo.
BIBLIOGRAFÍA:
“CON ARDIENTE INQUIETUD”, A. Gil-Terrón Puchades, Valencia, 2012, ISBN: 978-84-616-1262-8.
http://www.antoniogilterron.com/…/con-ardiente…
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NOTAS:
[1] El doctor Hans Globke, uno de los redactores de las leyes de Núremberg sobre la clasificación de la población alemana (1935), declaró: “los gitanos son de sangre extranjera”; por su parte el profesor Hans F. Guenther – para acabarlo de aclarar – los clasificó en una categoría especial denominada “rassengemische” [mezcla indeterminada]. (Las Leyes de Núremberg fueron una serie de normas de carácter racial, especialmente antisemitas, aprobadas por unanimidad el 15 de septiembre de 1935 durante el séptimo congreso anual del NSDAP celebrado en la ciudad de Núremberg, Alemania).
[2] Auschwitz I, era el campo de concentración original que servía como centro administrativo para todo el complejo campos y sub campos de la zona. En este lugar murieron cerca de setenta mil personas, entre intelectuales polacos y prisioneros de guerra soviéticos. Auschwitz II (Birkenau), era el campo de exterminio por excelencia, y el lugar donde murieron más de un millón y medio de personas. En algunas fuentes se llega a dar la cifra de cuatro millones. En este campo era donde se concentraba a los judíos, gitanos, ancianos, mujeres, y niños. Auschwitz III (Buna – Monowitz), era utilizado como campo de trabajo esclavo para la empresa “IG Farben”, dedicada a la fabricación del gas “Zyklon B” que se empleaba en Auschwitz II (Birkenau).
El matadero de Auschwitz II estaba situado en Birkenau, a unos 3 km de Auschwitz I. La construcción se inició en 1941 como principal escenario para representar la obra de Hitler titulada la “Solución final”, y tenía capacidad para alojar hasta cien mil almas. El complejo entero, estaba cercado y rodeado de alambre de espino y cercas electrificadas; estas últimas eran aprovechadas por aquellos que decidían ser dueños de su propia muerte.
El objetivo principal del campo no era la explotación laboral de los prisioneros, como era el caso de “Auschwitz III”, sino el exterminio eficiente y planificado de los deportados. Para cumplir con este fin, se dotó a ““Auschwitz II” de 4 eficientes hornos crematorios, “made in germany”, además de cámaras de gas capaces de ejecutar a dos mil personas por jornada laboral. En primavera de 1942 la laboriosidad y eficiencia nazi hizo que los hornos no dieran abasto.
Según el historiador Raul Hilberg, “los centros de exterminio funcionaban rápido…El recién llegado descendía del tren por la mañana, por la tarde su cadáver ya había sido quemado y sus ropas empaquetadas, almacenadas, y expedidas a Alemania”.
Como los deportados eran trasladados hasta el matadero en ferrocarril, encerrados en vagones sin apenas ventilación y sin comida ni agua, a un ingeniero alemán se le ocurrió – en aras de economizar tiempos y costos – el prolongar las vías del tren hasta dentro del propio campo, de manera que se optimizará la cuenta de resultados de “La Solución Final
Por regla general los niños, las mujeres embarazadas, los ancianos, y los enfermos eran enviados directamente a las cámaras de gas. Posteriormente, a partir de la llegada al campo de exterminio del doctor Josef Mengele, se les permitió a las mujeres gestantes el parir a sus hijos, los cuales eran entregados nada más nacer, al médico alemán, conocido como el “Ángel de la Muerte”. El destino final de los bebés también era la muerte, pero hasta ese momento eran sometidos a todo tipo de experimentos y macabras intervenciones quirúrgicas, con el denominador común de que siempre eran practicadas en vivo y sin anestesia
Por el campo “familiar” de Birkenau pasaron, desde 1943 hasta el final de la guerra, varias decenas de miles de gitanos que murieron por hambre, enfermedades y tifus sin olvidarse de los que eran destinados a acabar sus vidas en las cámaras de gas. Se sabe que unos veintiún mil gitanos fueron gaseados en Birkenau; estos datos quedan recogidos en el «LIBRO DE LOS GITANOS», en cuyas páginas se registraron meticulosamente los datos personales de las víctimas. Este archivo fue sustraído por los prisioneros polacos encargados de los registros de Birkenau y enterrado, en un cubo, dentro del campo. La deportación y matanza de gitanos se intensificó a partir de la primavera de 1944, cuando los alemanes ocuparon Hungría.