El ser ignorante, aunque pueda sonar extraño, tiene sus ventajas.
Para empezar, hemos de aceptar humildemente que todos somos ignorantes. También los más sabios. Einstein, por ejemplo, fue uno de los mayores genios que ha dado la Física; pero pueden ustedes jurar, sin temor a las penas del infierno, que, de un montón de materias, no tenía la menor idea. Probablemente, miles de materias.
O sea, que, si a usted le llaman ignorante, antes de tomárselo como un insulto, tenga la precaución de preguntar: “Ignorante… ¿en qué terreno?”
Pues bien, ante la reciente noticia del reparto entre PP y PSOE de los Jueces de no sé el Organismo, voy a tirar de ignorancia para formarme una opinión al respecto; algo que, si fuera experto en Derecho, tendría mucho más difícil.
Voy a explicarlo. Me contó un amigo, abogado él, que allá por Tercero de carrera, uno de sus catedráticos les planteó en examen un asunto legal para que intentaran resolverlo. El primero de la clase, llegado su turno, realizó un brillantísimo análisis de la cuestión.
El Profesor le respondió: “Su argumentación ha sido magnífica, de eso no tengo duda; pero voy a suspenderle. Le diré por qué: nos acaba de ofrecer una excelente solución del caso; por eso, precisamente, le suspendo: porque nos ha dado una nada más. Y, en Derecho, no lo olviden ustedes, siempre son varias las posibles soluciones”
Yo lo encuentro terrible. Me gustaría creer que los Tribunales se enfrentan en cada pleito a un problema casi matemático, como de Ciencia exacta. La Ley en cuestión dice esto, las partes dicen aquello, luego la razón la tiene…quien la tenga. Hay que dársela y se acabó.
A lo mejor es que en la teoría del Derecho falla algo y los sabios a ella dedicados todavía no han sido capaces de detectarlo.
Pues bien, volviendo a la actualidad, quiero decir, al cambalache entre PP y PSOE a la hora de nombrar Jueces, mi ignorancia me lleva a gritar: “pero ¿de qué Jueces me están hablando ustedes?”
Resulta que, en las fechas anteriores al acuerdo, la Prensa especializada no dejaba de especular; que si Bildu colocaría a alguno de los suyos; que si los independentistas catalanes otro, que si Podemos… Que nada de eso, que al final serían tantos del PP y tantos del PSOE…
Luego, me cuentan, sin sonrojarse, que en el Tribunal Constitucional hay más magistrados del PSOE que del PP, y, por lo tanto, está controlado por Sánchez, o sea, a su servicio y, en consecuencia, va a enmendar la plana al Tribunal Supremo (¿no quedamos en que era Supremo?) y anular los delitos de los chorizos del PSOE que robaron cientos de millones destinados a aliviar las penas de los andaluces que se quedaron sin trabajo.
Progresistas, eran; de eso no me cabe la menor duda.
¡Vaya si progresaron, los muy sinvergüenzas!
Ahí sí que no me pillan. Por mucha que sea mi ignorancia-y lo es- eso no me lo trago.
Un Juez es el profesional legitimado, en nombre de la ciudadanía, pues forma parte de uno de nuestros tres Poderes, para aplicar, en cada caso, la Ley correspondiente; quiero decir, la Justicia; que por algo la pintan ciega, con una balanza en la mano para sopesar, sin mirar a derecha o a izquierda (nunca mejor dicho) qué argumenta el que acusa, qué el acusado. Al Juez únicamente debe interesarle, a partir del profundo conocimiento que se le supone de la legalidad vigente, dar la razón al que la tenga.
Los Jueces sólo pueden estar al servicio de la Justicia; sin embargo, si a quienes sirven es a los Partidos que los han nombrado, entonces, con toda la lógica del mundo, puedo afirmar que esos sujetos no son Jueces, sino delincuentes.
Quiero pensar que no todos; Tal vez haya alguno decente. Pronto lo sabremos.
Desde luego, entre los no serviles, prácticamente todos son de fiar; afortunadamente. Por eso, precisamente, porque no son serviles.
El problema está en que los golfos, aunque sean pocos, se notan mucho más.
Y su lugar, el de los sinvergüenzas disfrazados de Jueces, debería ser la cárcel y no los Tribunales; que no seamos capaces de conseguir una Justicia imparcial, una Justicia sin apellidos, dice mucho de nuestra sociedad actual. Mucho, pero nada bueno.
Para empezar, una sociedad que ni se molesta en enterarse. Lo lee, lo ve todos los días y no repara en ello.
Porque argumentar que estábamos distraídos, no cuela.
Es imposible permanecer distraídos un montón de horas al día.
Pues resulta que, según todos los indicios, lo estamos.
Amigos lectores, aquí está pasando algo muy gordo.
Continuará.
¡Ahora que lo pienso! ¡Eso es todavía peor!
Y, sin embargo, insisto: continuará.