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“No todas las Begoñas son Begoña”

Luis XIII… y medio

“No todas las Begoñas son Begoña”

Quiero rendir homenaje a las muchas mujeres que, por llevar ese nombre, no paran de enfrentarse a bromas de todo tipo; no siempre de buen gusto, como podrán ustedes imaginar.

Voy a personalizarlas en las guapísima hija menor de un viejo amigo mío, compañero que fue de Colegio y piloto de toda la vida; esta Begoña jamás ha firmado una carta de recomendación; el mayor negocio en el que se ha visto metida en toda su vida es el de acompañar a su padre a comprar la diaria ración de churros para el desayuno familiar. Es cierto que en una de las calles de Majadahonda, viven allí, un amable Municipal detiene el tráfico cuando observa que se ha acumulado en la acera un buen número de peatones que desean cruzar al otro lado, Begoña entre ellos; pero jamás se ha visto protegida en tan sencillo menester por cientos de policías y demás aparato represivo a las órdenes del Ministro del Interior; y eso que cruzar una calle es bastante más peligroso que acudir a los Juzgados madrileños.

En descargo del señor Marlaska debo añadir que ningún periodista suele merodear por los alrededores para realizar la crónica del cruce peatonal; por lo que el Gobierno no tendrá que enfrentarse jamás a la publicación de algún reportaje subversivo.

Pues bien, a tenor de un significativo incidente sufrido por su padre, esta Begoña, a la decente me refiero, se ha convertido en un terrible azote del feminismo memo. La verdad es que se lo está pasando estupendamente con esa recién adquirida afición.

Sucedió que  mi amigo el piloto, esta vez a ras de tierra, se cruzó en la acera con una mujer; como es un señor educado (valga la redundancia) le cedió el paso. Por todo agradecimiento ella le escupió a la cara un feroz  “¡machista!” en medio de un agresivo gesto de asco.

Había yo acudido un buen día a visitarles; padre e hija estaban atareados en el trastero junto al garaje, convertido ya en todo un Museo de aviación; son tantos los aparatos a escala que llevan construidos que apenas queda un hueco en las paredes del recinto en las que los cuelgan una vez pintados.

Pues bien, estábamos los tres de cháchara cuando aparcó su coche, a poca distancia del trastero, una vecina, Profesora en un Instituto de la localidad.

Al vernos se acercó a saludarnos. A lo que parece, venía indignada y necesitaba contárselo a alguien.

Este fue el diálogo:

Profesora: ¡Estoy harta!- bramó-Mis alumnos y mis alumnas son cada vez más salvajes. Es ya la tercera vez que me rayan el coche. ¡Y lo que escriben allí a navajazos los muy…!

De fascista para arriba, en el mejor de los casos. La mayor parte, porquerías del peor gusto.

Estoy animando a los demás profesores y profesoras a hacer una huelga en protesta de…

Begoña: Perdona, ¿de verdad das clases en el Instituto?

Profesora: Lo sabes de sobra; ¿por qué lo preguntas?

Begoña: No será de Literatura o de Gramática.

Profesora: No. ¿A qué viene eso?

Begoña: Siento decírtelo, pero no te vendría mal dar un repaso a esas dos asignaturas. Sabes que me caes muy bien y por eso te lo digo. Acabas de hacer el ridículo delante de nosotros; pero mucho me temo que no pocas veces se habrán reído de ti en parecidas  circunstancias.

No lo tomes a mal, pero me gustaría ayudarte.

Profesora: ¿A qué te refieres?

Begoña: A esos “alumnos y alumnas”, “profesores y profesoras” que acabas de soltar. Crees que así estás proclamando que, para ti, hombres y mujeres somos exactamente iguales.

Profesora: ¡Por supuesto!

Begoña: Pues, hija, acabas de decir todo lo contrario. Me explico: imagina una frutería que ofreciera en oferta peras y manzanas mezcladas en una enorme banasta. Llega una mujer y pide: “deme dos peras y tres manzanas”. Está dejando claro, como has hecho tú hace un momento, que para ella una cosa son las peras y, otra muy diferente, las manzanas; por el contrario si otra clienta dijera “póngame cinco piezas de esa fruta” daría a entender que considera exactamente iguales a las peras y a las manzanas.

Si prefieres usar genéricos femeninos, los tienes a montones: la población, la gente, la especie, la muchedumbre, las personas, la Humanidad, las amistades…

Profesora: ¿Sabes lo que te digo, Begoña? Que te agradezco la lección que acabas de darme. A partir de ahora voy a volverme feminista, pero de las de verdad.

Begoña: Sólo una pequeña rectificación: todas las feministas lo son de verdad; las otras, verdaderas enemigas de la mujer, están a algo muy diferente, casi opuesto: las unas, a llevarse sabrosas subvenciones para armar follón y, las otras, a seguirlas en sus muchas barbaridades.

Profesora: ¡Cuánta razón tienes! Está por ver que esas presuntas feministas muevan un dedo a favor de las mujeres que ¡en un tercio del planeta! son mutiladas cuando niñas y sometidas a un montón de vejaciones.

Begoña: Están a otra cosa, ya te lo dije.

La guapísima Begoña, a la decente me refiero de nuevo, se lo está pasando en grande a costa de las muchas memas que creen hacer o decir  una cosa cuando, en realidad, están haciendo o diciendo  la contraria.

Es todo un deporte el suyo.

¡Y lo que nos estamos divirtiendo su padre y yo!

Luis XIII… y medio

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