Basado en el engaño y el camelo,
con timos mil, audacia y cara dura,
persigues imponer tu dictadura.
¡No olvides el final de tu modelo!
El nazismo, fenómeno social, político, militar y psiquiátrico a un tiempo, ha dado pie a numerosos estudios a lo largo de los años transcurridos desde su ya lejano momento histórico.
Aún así, continúan sin aclararse del todo demasiados aspectos de aquella su compleja condición.
Varias cosas parecen seguras; hoy dedicaré mi atención a dos de ellas. A Hitler, la realidad le traía sin cuidado. Él estaba por encima de semejante nadería; si la Naturaleza decía “blanco” y a él le venía mejor que fuera “negro”, en negro se quedaba para los restos. Si le convenía sentar doctrina acerca de la superioridad de la raza aria, Ley al canto y se acabó; ¿Qué los judíos tenían que ser inferiores para que le cuadraran las cuentas? Otra Ley y asunto solucionado. Al final, se pasaba horas y horas moviendo Divisiones de aquí para allá… Divisiones que hacía meses que no existían; las hacía actuar sobre el mapa y así, claro, las guerras la gana cualquiera.
La segunda característica del nazismo es la fidelidad perruna de sus seguidores; forofos, feligreses enamorados, fanáticos, abducidos, manipulados, … de todo un poco, pero el caso es que no veían más que por sus ojos. A los de Hitler me refiero, porque los propios los tenían bien cerrados.
Valgan estos ejemplos: la maravillosa serie documental británica “El mundo en guerra” narra un episodio estremecedor. El testimonio de una mujer, ya adulta, casi una niña entonces, violada en 1945 por un grupo de soldados soviéticos de los muchos que estaban conquistando Berlín. Cito literalmente:
“Hecha un mar de lágrimas, corrí a refugiarme en brazos de mi madre. Me dijo: “Hija, ya verás cómo los canallas que te han violado, recibirán su merecido. Cuando alcancemos la victoria…”
Perdona, mamá, le contesté, no veo la victoria por ninguna parte.
Me dijo: “Acabo de escuchar por la radio al Doctor Göebbels; ha asegurado que la victoria está cerca. ¿Por qué iba a mentirnos el Doctor Göebbels?”
Abril de 1945; Las tropas soviéticas estaban tomando Berlín casa por casa. No faltaban voluntarios dispuestos a morir por su Führer. Éstos sabían perfectamente, porque lo estaban sufriendo, que de victoria, nada de nada; pero, aún así, iban encantados a la muerte. Por una sencilla razón: se lo había ordenado Adolfo.
Pues bien, al principio, hasta que perdió el Norte atrapando territorios y más territorios, las cosas le fueron bien. Tomó una Alemania hecha una porquería y sólo tres años después, con ocasión de celebrarse en Berlín los Juegos Olímpicos, el mundo pudo ver una Nación plenamente recuperada y pujante. Otros tres años y se metía en una guerra, con lo carísimas que salen todas. Y si es Mundial, ni les cuento.
Cito ahora a Churchill: “si alguna vez nuestro Imperio sufriera una crisis profunda, yo pediría al Cielo que pusiera al frente de nuestros destinos a un hombre de la categoría de Adolph Hitler”
Lo dijo antes de la Guerra, claro; éste también sabía cambiar de opinión; la diferencia estaba en que tenía razón en ambos casos y el otro, el mismo en el que ustedes están pensando, no la tiene en ninguno. Hasta para ser un aprendiz de Hitler hay que valer. Los de hoy apenas llegan a chapuzas de tercera.
Aún así, casi un siglo después, no son pocos los discípulos que le han salido a Don Adolfo. Con una diferencia: tendrán también un final trágico, sin, al menos, haber gozado de unos comienzos prometedores.
La Naturaleza sólo produce dos sexos en nuestra especie. Pues bien, lo mismito que el otro: si hace falta un tercero, lo inventan y asunto resuelto. Y un cuarto; y hasta un quinto, si fuera preciso. Sin olvidar sexos intermedios que nunca existieron ni existirán.
Esta otra también se las trae: resulta que si un hombre cree ser mujer, en mujer se convierte automáticamente; y si una mujer, hombre, más de lo mismo.
Digo yo, si la voluntad es el único criterio para medir la realidad, si un señor de mediana edad, pongo por caso, está convencido de ser Pedro Sánchez, ¿le cederá La Moncloa nuestro audaz y creativo Presidente?
En tiempos, eran frecuentes, en los tebeos de la época, personas que creían ser Napoleón. Los dibujaban siempre con una espada de madera en la mano y un gorro de papel. Todos teníamos claro que cuando en una persona se enfrentan lo que cree ser con lo que realmente es, el problema lo tiene en su mente, que la realidad siempre gozará de buena salud.
Pues bien, según, el moderno criterio de los nuevos Adolfos, un señor así debe quedar automáticamente proclamado Emperador de Francia. Menos mal que nuestros vecinos no van a dejarse. Lo peor está en los muchos compatriotas que ¡vaya si se están dejando!
¿Qué en tiempos de la Segunda República y Guerra Civil consiguiente sucedió lo que sucedió? Pues, como no les gusta, promulgan una Ley por la que pasa a ser cierto e indiscutible que lo que ocurrió fue lo contrario y, tan contentos. ¡Qué sabrá la Historia lo que a ellos les conviene!
También tienen sus arios particulares. Los llaman “progresistas”, aunque no aciertan a explicar en qué consiste eso. Para mi que ni ellos lo saben. El caso es que pueden robar a manos llenas, cometer los peores delitos… No importa: se retuercen Leyes, se manipulan Tribunales, amnistías, indultos al canto ¡y listo! No hubo caso, como gustan decir hora. El que el tal caso sea tan terrible como evidente, no cuenta para ellos.
El equivalente a los judíos de entonces, son los “fachas”. Estos sí están perfectamente definidos: los que no se les someten. Y a por ellos van. De momento, sin campos de extermino. Algo es algo. ¡A que, al final, vamos a tener que estarle agradecidos!
Por último, como en el caso de su modelo a imitar, mantienen, pese a todo, millones de feligreses enamorados, dispuestos a morir por su Führer.
A lo mejor, el nuevo Adolfo va a terminar dándoles el gusto.
Aunque se lleve también por delante a tantos inocentes que ni lo comieron ni lo bebieron.
Berlín lo tomaron invasores venidos del Este. A nosotros nos llegan desde el Sur, pero, para el caso, viene a ser lo mismo.
¡Heil, Adolfito y a mandar!