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“De la Ley… y el desorden”

Luis XIII… y medio

“De la Ley… y el desorden”

Teme el rico por su tarta./“Algo hay que hacer”, dijo uno/Y nada más oportuno/que unas Leyes a la carta.

 

Es de suponer que a lo largo de los primeros cientos de miles de años sobre el planeta, aquellos remotos antepasados nuestros desconocieran el concepto de Ley. Cada grupo lo componían un corto número de individuos que se regirían por las diversas costumbres que fueron demostrando, por la vía de la práctica, resultar de utilidad; los más jóvenes aprenderían de los mayores para, a su vez, ser imitados por la siguiente generación. El mundo a su alrededor no sufría cambios sustanciales a lo largo de aquellas breves existencias y, mal que bien, iban tirando.

Hasta que la población creció en número tras el descubrimiento de la agricultura y la ganadería; nacen las ciudades y, con ellas, los diversos oficios, las diferencias sociales… y los problemas.

Tengo por seguro que, a lo largo la Edad de Piedra, apenas se produjeron robos; los pequeños clanes se veían obligados a vivir en la solidaridad, a compartir. Como quiera que las propiedades particulares no pasarían de las pieles con las que cada uno se cubría o algún que otro hacha de sílex, no creo que aquello despertara mucha codicia.  Entre otras razones, porque  al ser objetos no muy difíciles de conseguir, a nadie le faltarían arma y vestimenta.

Pero, llegada la abundancia, tanto de alimentos como de personal, la cosa cambió radicalmente.

Hasta entonces, todos eran igual de ricos (o de pobres); ahora las diferencias empezaron a hacerse sentir; también, la avaricia de los que más tenían y la envidia de los que menos; que no siempre se conformarían con su triste situación.

Vamos, que apareció el delito en todo su esplendor.

Los poderosos necesitaban defenderse; justo en ese momento, y a ese fin, nacen las Leyes y, en consecuencia, las Policías y los Tribunales, sus imprescindibles complementos.

Uno de los primeros Códigos de los que tenemos noticia lo promulgó Hammurabi, Rey de Babilonia (situada, más o menos, en la actual Irak) hace casi cuatro mil años. Grabado en piedra, fue creado con el admirable propósito de regular la convivencia… y garantizar que los privilegios no se tocan.

Pasaron los siglos, muchos siglos; las cosas no cambiaron mucho, siguió habiendo ladrones, Policías, Jueces… Y ricos y pobres, por supuesto.

Hasta hoy mismo. Nuestro actual Código Penal contiene ¡más de seiscientos artículos! además de unas cuantas disposiciones añadidas al final.

Algo raro está pasando aquí cuando se hace preciso crear tanta confusión.

No lo digo porque sí: mi ilustre amigo, el Profesor Cereceda, publicó un magnífico libro, hoy descatalogado: “Lógica, ética y buenas costumbres” Tengo la suerte de conservar un ejemplar, cariñosamente dedicado por su autor. En la página 173 este sabio propone un Código Penal… ¡con un solo Artículo!

¿Para qué más? me dijo un día.

Copio literalmente:

“Toda agresión, de obra o de palabra, plenamente probada ante el correspondiente Tribunal, será objeto de sanción, según su grado de gravedad, con arreglo a la siguiente escala:

Delitos leves: De amonestación o multa a privación de libertad hasta de seis meses.

Delitos medios: penas de prisión desde seis meses y un día a tres años.

Delitos graves: penas de prisión desde tres años y un día a diez años.

Delitos muy graves: penas de prisión desde diez años y un día, hasta cadena perpetua.

En los casos de prisión, la sentencias no fijarán la duración de las diversas condenas, sino la fecha en la que el recluso recobrará la libertad; hecho que habrá de producirse siempre entre las diez y las once de la mañana del día señalado por el correspondiente Tribunal.

Se excluyen de esta norma las sentencias a cadena perpetua, en las que habrá de constar: “morirá en prisión”.

Lo mire por dónde lo mire, éste Código me parece más lógico y más práctico que esa especie de guía telefónica que hoy tenemos encima.  El actual facilita la confusión, lo que siempre convendrá al que tenga la sartén por el mango; me parece que se entiende perfectamente: a mayor confusión, mayor discrecionalidad a la hora de interpretarlo.

Nos pongamos como nos pongamos, son los Jueces los únicos legitimados a la hora de valorar la gravedad de un delito; para evitar errores o injusticias, ya están las apelaciones.

Repito lo dicho por mi amigo: ¿Para qué necesitamos más?

Con un Código o con otro, la situación continúa siendo la misma que en la antigua Babilonia.

Otro ilustre escritor, José Mallorquí, definió la Ley como una tela de araña: caerán en ella todos los insectos, pero jamás podrá detener a un águila o a un jabalí.

De modo que aquí viene el problema.

¿Cómo conseguir que la Ley sea igual para todos?

Mucho me temo que la respuesta sea ésta: de ninguna manera.

Hoy en España, como en prácticamente todo el mundo, como en prácticamente todas las épocas, el que manda, manda, y la Ley será Ley en tanto convenga a sus intereses; y ni un solo minuto más.

Vamos con algunos ejemplos: a Sánchez le interesa tener contentos a sus socios los independentistas catalanes; en consecuencia, no deja de ceder a su chantaje y la Ley en aquella región viene siendo cualquier cosa menos Ley.

Se multa a comerciantes por rotular en español (ilegal); se persigue y castiga la práctica del idioma español (ilegal); se limita ¡o se ignora! el derecho de los padres a decidir en qué idioma desean que sean educados su hijos (ilegal); han desaparecido las banderas españolas de los edificios oficiales (ilegal); están consiguiendo ventajas económicas en detrimento de otras zonas de la Nación (ilegal); salen de la cárcel delincuentes indultados por el hecho de ser ladrones afiliados al PSOE (ilegal) se promulga una Ley de amnistía prohibida por la Constitución (ilegal)

No solo los independistas catalanes gozan de intolerables privilegios por conveniencia del Poder.

Se protege a los asaltantes de viviendas ajenas, en contra de sus legítimos propietarios (ilegal) se sueltan  violadores (ilegal) se promulgan leyes ¡ilegales! pues vulneran principios consagrados en nuestra Constitución: Ley de memoria democrática (contra la libertad de pensamiento, de opinión, de Cátedra…) de violencia de género (contra la presunción de inocencia, la discriminación hombre-mujer…)

Podríamos seguir y seguir.

Para volver a lo de siempre; la Ley, más que regular la convivencia, nunca ha dejado de ser un eficaz instrumento al servicio de  los poderosos.

No en vano, reza el refrán: “Allá van Leyes do quieren Reyes”

Desde Hammurabi hasta hoy, la situación no ha cambiado un ápice.

Algo hay que hacer.

La Ley, tal como ahora la entendemos, es, lisa y llanamente, un soberano atropello; se ignorará cuando no les convenga y será efectiva cuando les favorezca (equivóquese en diez euros en su declaración de la renta y verá lo distinta que es la Ley para usted que para independentistas y violadores…

La próxima vez que baje a Madrid, no se me olvidará consultar a mi amigo, el Profesor Cereceda, sobre este asunto.
Si ni siquiera a él se le ocurre algún atisbo de solución… será que estamos perdidos irremisiblemente.

Cosa que me temo muy mucho.

 

Luis XIII… y medio

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