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El Gobierno ha tomado la iniciativa de contrarrestar diplómaticamente la ofensiva separatista emprendida por el presidente de la Generalidad, Artur Mas, concretada en la consulta secesionista prevista para el 9 de noviembre de 2014.
Según informa este lunes, 30 de diciembre de 2013, el diario El País, el Ministerio de Asuntos Exteriores, dirigido por José Manuel García-Margallo, ha remitido una especie de manual con preguntas y respuestas a las 130 embajadas y más de 90 consulados que tiene España en el mundo con las instrucciones para que los diplomáticos sepan de qué forma tratar en sus declaraciones públicas la campaña independentista de las autoridades catalanas, difundida internacionalmente a través de la diplomacia catalana, el Diplocat.
El texto, de algo más de 200 páginas, contiene una introducción y 6 anexos que abordan la cuestión desde perspectivas jurídicas, históricas y económicas, y su nervio argumentativo es que el separatismo no es una opción democrática, sino que supone la ruptura de la concordia y la convivencia que los españoles si dieron en la Transición.

Uno de los puntos nucleares del manual es la referencia a la Constitución de 1978, de la que dice:
«No es un ídolo ni un arcano, pero encarna lo mejor que hemos hecho todos juntos. La ratificación popular de la Constitución alcanzó el 91,9% de los sufragios en Cataluña».
Como si fuera una réplica al reciente y polémico simposio España contra Cataluña, el documento que recibirán los embajadores subraya:
«No existe ningún enfrentamiento del Estado español con Cataluña, sino la discrepancia habitual en la vida política, como en cualquier otra democracia».

Sin embargo, a lo largo del texto aparecen algunas expresiones que desmienten la afirmación anterior, incluso con cierto aire apocalíptico:
«Nunca, desde la recuperación de las libertades, la sociedad catalana había vivido episodios de desgarro, fractura social y riesgo de enfrentamiento como hoy (. . .) La opción independentista provoca el desconcierto y consternación del conjunto de la sociedad española, incluida gran parte de la catalana».
Se repite, además, la advertencia de que «la vocación europeísta de Cataluña se vería truncada, si se separa de España».
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