"No es cómodo ser antipático. Pero, a veces, hay que serlo"

Federico Jiménez Losantos : «Cataluña debe saber lo que cuesta el separatismo»

"Al pagar con los presupuestos españoles los quirófanos y la Seguridad Social catalana, se pagan también TV3 y la Catastassi o CAC

Federico Jiménez Losantos : "Cataluña debe saber lo que cuesta el separatismo"
Manifestación contra España y en favor de la independencia de Cataluña. GW

Como toda España, Cataluña deberá aprender lo que cuesta jugar a destruir Estados y a inventar naciones

Comienza su columna Federico Jiménez Losantos en ‘Libertad Digital’ con una frase que parece una disculpa, pero es en realidad un aviso a navegantes: «No es cómodo ser antipático. Pero, a veces, hay que serlo».

Y a rengón seguiod, el siempre brillante Federico hace un amgo d ejustitifación diciendo que tras leer un artículo tan emotivo y de sólida apariencia como el «S.O.S. España» de Inés Arrimadas, diputada de Ciudadanos, le cueste un poco más ser como le pide el cuerpo.

Y arranca feroz Federico:

«Creo que si el llamado «problema catalán» ha llevado a España a la situación extrema que hoy vemos y que, sin duda, hemos de ver empeorar, es porque desde hace años venimos utilizando un argumento que está equivocado de raíz».

«Lamento ser tan desagradable, pero lo que plantea la diputada de Ciudadanos no es distinto, en sus consecuencias, de lo que viene consiguiendo Convergència i Unió desde hace tres décadas».

Tras matizar que hay una diferencia moral entre lo que plantea Inés Arrimadas –«todos los catalanes, y muy especialmente los unionistas, no deben pagar los desafíos separatistas»– y lo que defiende Durán, como antes Pujol o el PSC –«somos separatistas, despreciamos España, vamos a romperla y a destruirla, pero, de momento, no lo haremos si nos dais un trato de favor económico«- Jiménez Losantos, entra a saco:

Es decir, que bien porque una parte importante de Cataluña, la no oficial, se siente española, bien porque otra parte, la mayoritaria y oficial, odia a España, los españoles debemos aceptar que los catalanes tengan una serie de privilegios económicos -los 27.000 millones de euros del FLA que cita en su artículo Inés Arrimadas-. Hay que pagar por lo que nos quieren y hay que pagar por lo que nos odian. Yo no sé si eso es amor, pero, desde luego, me reconocerá la diputada de Ciudadanos que es muy mal negocio.

Insisto en que no establezco un paralelismo entre CiU y Ciudadanos. Pocas cosas me producen tanta repugnancia como el separatismo catalán y muy pocas me parecen tan admirables, tan formidables y tan emocionantes como el unionismo catalán y español que representa Ciudadanos. Pero el resultado de políticas tan opuestas es -hoy por hoy- muy semejante. Claro que con Rivera en vez de Mas al frente de la Generalidad las cosas serían distintas.

El sistema vigente, que tiene como pilar esencial la desigualdad de los españoles, siempre en favor de los separatistas, desaparecería. Pero lo que nos vienen diciendo los voceros políticos y mediáticos de Pujolandia -ente fantasmal pero también real, no en balde y gracias a su fuerza en las urnas representa oficialmente a Cataluña desde hace más de tres décadas- es que para conservar el Estado que alberga a la nación española debemos renunciar a la base misma de la nación como ser político, que es la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.

Y ello, porque los que no se sienten españoles sólo aceptan el Estado a costa de su vaciado nacional y sólo admiten la legalidad constitucional reservándose el derecho a no aplicarla. O sea, que aceptamos la cáscara de la legalidad española a cambio de que la yema de las leyes y la clara de los reglamentos quede a cargo de unos cocineros que hacen del odio a España el plato único de su gastronomía.

Nada quisiera yo menos que ofender a Inés Arrimadas, y encima en Nochebuena, pero lo que nos plantea Ciudadanos es que, por amor a la nación o a nuestros connacionales más asediados -los catalanes- debemos mantener esa política de Estado que, desde 1978, consiste en dar privilegios económicos a cambio de plazos políticos. Y eso es lo que hoy supone no intervenir la autonomía pese a su deliberada incapacidad para reducir el déficit, cuyo coste recae sobre el común de los españoles, y no anular una Generalidad golpista que se ha situado abiertamente fuera de la Ley.

Yo entiendo que a un partido político, aunque sea Ciudadanos, le sea difícil defender en plena campaña electoral -la que vive y vivirá Cataluña- el fin de la ayuda económica del Estado. Tampoco es imposible. UPyD ha defendido desde el principio que, por coherencia nacional, hay que acabar con el Concierto Económico Vasco y Navarro. Y, salvo en Cataluña, la votan.

Si no se entiende que lo que cabría llamar Desconcierto Económico Catalán es el fruto del chantaje que alimenta y engorda al separatismo no acabaremos nunca con los chantajistas y con sus cómplices de Madrid. No es posible separar de modo finalista las partidas presupuestarias, de forma que al pagar los quirófanos y la Seguridad Social se pagan también TV3 y la Catastassi o CAC. Sólo interviniendo la Autonomía podría el Estado, en rigor España, pagar las nóminas de los funcionarios y no las de los sicarios.

Cuando una sociedad se hace adicta al opio del nacionalismo, como Alemania en los años 30 y, en términos más banales pero no menos letales, Cataluña en los últimos treinta años, temo que sólo la dureza de la derrota, el batacazo de una sociedad, convencerá a los adictos de que la droga mata.

La enfermedad nacionalista, el separatismo como excusa para todo, el odio como herramienta de cohesión social, lo pagará esa sociedad catalana que disfruta mayoritariamente de su enfermedad moral. Si sirve de consuelo, no será la única.

Igual que viene pagando el chantaje separatista, pagará y muy caro la sociedad española su abulia y su vagancia con la quiebra nacional. Unos, advertidos, lo vivirán con melancolía; otros, ahora felices, se darán contra el suelo de la realidad, donde las ideas siniestras terminan su vuelo gallináceo.

Como toda España, Cataluña deberá aprender lo que cuesta jugar a destruir Estados y a inventar naciones. Me gustaría que lo que cuesta el separatismo lo aprendiera antes -o sea, ahora- y no después. Por eso creo que hay que intervenir cuando el escarmiento resulta instructivo, no cuando sólo puede trasladar al sentimiento la evidencia de la calamidad.

 

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