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Misterio en la NASA: mueren nueve científicos estadounidenses relacionados con proyectos ‘sensibles’

Se han encendido las alarmas en los círculos de seguridad nacional en Estados Unidos

Periodista Digital 09 Abr 2026 - 08:55 CET
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Murió el 30 de julio de 2023. Tenía 59 años. La causa, sin revelar. Michael David Hicks había pasado más de dos décadas en el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, trabajando en proyectos tan sensibles como el Proyecto DART —la prueba que determinó si la humanidad podría desviar un asteroide en ruta de colisión con la Tierra— y la Misión Deep Space 1, que sobrevoló un cometa en 2001.

Su muerte, aislada, sería una tragedia. Enmarcada en lo que ha ocurrido desde entonces, se convierte en algo más difícil de ignorar.

El patrón que nadie quiere nombrar

Desde 2024 hasta hoy, nueve científicos y militares estadounidenses vinculados a proyectos espaciales, nucleares o de defensa avanzada han muerto o desaparecido en circunstancias abruptas e inexplicadas. Ninguno de los casos ha generado acusaciones formales de homicidio. Pero el conjunto ha empezado a captar la atención de expertos en seguridad nacional y de miembros del Congreso de Estados Unidos.

Chris Swecker, ex subdirector del FBI, ha expresado públicamente su preocupación. El congresista Tim Burchett, integrante del Grupo de Trabajo sobre la Desclasificación de Secretos Federales, va más lejos: sospecha que podrían estar ejecutándose operaciones encubiertas de potencias extranjeras —posiblemente China o Rusia— al estilo de las que se realizaban en tiempos de la Guerra Fría, pero actualizadas para el siglo XXI.

El objetivo: eliminar o hacer desaparecer al talento científico más sensible de Estados Unidos.

Los casos que conforman el misterio

El Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA aparece como epicentro de la serie. Frank Maiwald, colaborador cercano a Hicks y también vinculado al JPL, murió en julio de 2024 con 61 años. Monica Reza, directora del Grupo de Procesamiento de Materiales del mismo laboratorio, desapareció sin dejar rastro en junio de 2025, apenas unos meses después de asumir el cargo. Y el astrofísico Carl Grillmair, del Instituto Tecnológico de California (Caltech), con estrecha vinculación al JPL y participación en importantes misiones de telescopios espaciales, fue asesinado el 16 de febrero de 2026 frente a su propia casa. Tenía 67 años.

Fuera del JPL, los casos no son menos inquietantes. El físico Nuno Loureiro, experto en fusión nuclear y director del Centro de Ciencia y Fusión Plasmática del MIT, recibió un disparo en su domicilio de Brookline, Massachusetts, el 15 de diciembre de 2025. El general retirado William McCasland, ex comandante del Air Force Research Laboratory en la base Wright-Patterson de Ohio —conocida por albergar el Proyecto Blue Book, el programa federal que documentó casi 13.000 avistamientos de objetos no identificados— lleva más de un mes desaparecido en Nuevo México.

En el Laboratorio Nacional de Los Álamos (LANL), cuna del Proyecto Manhattan y corazón del desarrollo nuclear estadounidense, el patrón se repite con inquietante precisión. Anthony Chávez, que trabajó allí hasta 2017, desapareció sin rastro el 4 de mayo de 2025. Solo siete semanas después, un asistente clave del mismo laboratorio se esfumó igualmente. Y durante el verano pasado, Melissa Casias, asistente administrativa del LANL, desapareció en Nuevo México cuando salía a llevarle el almuerzo a su hija.

Lo que une a todos

Las similitudes son demasiadas para ignorarlas. Todos tenían acceso a tecnologías críticas: seguimiento de misiles, fusión nuclear, defensa aeroespacial, energías limpias. Todos murieron o desaparecieron de forma abrupta y sin explicación pública. Y en todos los casos se repite el mismo silencio: biografías que se desvanecen, expertos que desaparecen y una ausencia casi total de preguntas en los canales oficiales.

Burchett sostiene que la sociedad estadounidense «se desmoronaría» si se hicieran públicos ciertos informes a los que ha tenido acceso. «No dormirían por las noches», dijo en declaraciones recientes a Newsmax. La NASA no ha emitido ningún comunicado oficial sobre esta serie de muertes y desapariciones.

El otro lado del misterio: astronautas muertos en circunstancias extrañas

La historia de científicos y militares estadounidenses fallecidos en circunstancias inexplicadas no empieza en 2024. La exploración espacial tiene su propio cementerio de muertes que, con el tiempo, han generado preguntas sin respuesta.

Gus Grissom, Ed White y Roger Chaffee murieron el 27 de enero de 1967 cuando un incendio devastó la cabina del Apolo 1 durante un ensayo en tierra. El fuego se propagó en segundos en una atmósfera de oxígeno puro. Las investigaciones posteriores apuntaron a fallos técnicos, pero Betty Grissom, viuda del astronauta, nunca creyó en la versión oficial y llegó a demandar a los contratistas. Grissom había sido uno de los críticos más abiertos del programa Apolo en los meses previos.

Vladimir Komarov se convirtió el 24 de abril de 1967 en el primer ser humano en morir durante una misión espacial, cuando la Soyuz 1 soviética entró en la atmósfera sin que el paracaídas se desplegara correctamente. Según testimonios posteriores, él mismo sabía antes de despegar que la nave tenía graves deficiencias técnicas, pero no había manera de negarse a volar.

Georgi Dobrovolski, Vladislav Volkov y Viktor Patsayev murieron el 30 de junio de 1971 durante el regreso de la misión Soyuz 11. Una válvula de ventilación se abrió prematuramente en el vacío del espacio. Los tres cosmonautas viajaban sin trajes presurizados. Fueron encontrados muertos en sus asientos cuando la cápsula amerizó.

El transbordador Challenger se desintegró el 28 de enero de 1986, 73 segundos después del despegue, ante millones de espectadores que seguían el lanzamiento en directo. Siete astronautas murieron: Francis Scobee, Michael Smith, Judith Resnik, Ellison Onizuka, Ronald McNair, Gregory Jarvis y Christa McAuliffe, la primera maestra civil seleccionada para volar al espacio. La causa fue el fallo de una junta tórica en el cohete acelerador derecho. Las investigaciones revelaron que ingenieros de NASA habían advertido del riesgo días antes y que la decisión de lanzar se tomó ignorando esas advertencias.

El transbordador Columbia se desintegró el 1 de febrero de 2003 durante la reentrada en la atmósfera, dieciséis minutos antes de aterrizar. Siete tripulantes murieron: Rick Husband, William McCool, Michael Anderson, Ilan Ramon —el primer astronauta israelí—, Kalpana Chawla, David Brown y Laurel Clark. Un trozo de espuma aislante había golpeado el ala izquierda durante el despegue, dañando el escudo térmico. NASA sabía del impacto pero no evaluó correctamente el daño.

Una pregunta que flota en el aire

Dos categorías distintas, un mismo territorio incómodo. Los accidentes de los programas espaciales tienen explicaciones técnicas documentadas, aunque en varios casos se ocultaron o minimizaron errores que costaron vidas. Las muertes y desapariciones recientes de científicos son otra cosa: no hay explicación pública, no hay causa declarada, no hay investigación visible.

Lo que sí hay es un patrón. Y los patrones, en inteligencia, raramente son casualidad.

La NASA guarda silencio. El Congreso hace preguntas. Y nueve nombres se acumulan en una lista que nadie en Washington quiere cerrar oficialmente.

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