A fines del pasado enero, como puede verse en un par de post de este blog, y en medio del tiqui-taca del ‘Estatut’, se conocían en España las declaraciones de un bufón del nacionalsocialismo catalán llamado Pepe Rubianes. El tal Rubianes, gallego reconvertido en sicario del catalanismo, felpudo de los señoritos de la gauche divine separatista, que usaron siempre a personajes similares para los trabajos sucios, se refería así a España en la televisión catalana:
“A mí la unidad de España me suda la polla por delante y por detrás, y que se metan a España por el puto culo a ver si les explotan los huevos a los españoles… que vayan a cagar a la playa con la puta España, que se vayan a la mierda con la puta España y dejen de tocar los cojones”
Sin embargo, y para que no quedara sombra alguna de ambigüedad sobre sus inteligentes juicios, en un digital catalán, e-noticies, confirmaba Rubianes su amor a España y los españoles diciendo que los extremeños eran peores que los perros rabiosos, “porque hasta los perros rabiosos lamen la mano que les da de comer”, y que los de Cuenca lo que tenían que hacer era volverse a su tierra a “comerse su mierda”. Aplaudido y acompañado por las risas de los espectadores, en la televisión oficial de Cataluña (TV3), pagada con dinero público, y que aún no se ha excusado por ello, lo que subyacía a sus palabras finales era el brillante pensamiento nazi que alienta a todo el nacionalismo catalán: que los españoles que tuvimos que ir a Cataluña a hacerlos ricos, gracias al injusto favoritismo con que siempre los ha tratado el Estado, somos una especie de pueblo inferior que vivía entre la mierda y al que Cataluña, generosa, ha dado de comer hasta la llegada del ‘Estatut’.
No volvería sobre este personaje despreciable, si no fuera porque acabamos de saber que Rubianes había sido contratado para mostrar su espectáculo “Lorca somos todos” en el Teatro ¡Español! de Madrid, el coliseo de la ciudad de los perros extremeños y de Cuenca, entre otros que abundan en nuestra capital. Por supuesto, al enterarse por las reacciones de algunos medios –los progres, al parecer, estaban encantados de que “les explotaran los huevos”-, hasta Gallardón ha tenido que hacer algo y, supongo, aunque todos lo han negado, llamar a su concejala de Cultura, la catalana Alicia Moreno -hija de Nuria Espert-, responsable de la contratación del catalán Mario Gas para dirigir el Teatro Español, contratador del asimilado catalán Rubianes, para impedir la indignidad bochornosa de acoger al cómico porcino que tan gravemente había insultado a todos los españoles. Se sospecha que Gallardón piensa en adecuar su apellido a la nueva realidad española y cambiarlo por Gallardó. Se habrá dado cuenta de que en Zetapaña, si no eres catalán o asimilado, no vas a ninguna parte. Como el alcalde de Torre Pacheco, del PP murciano, en la zona más necesitada de agua, la llanura del Mar Menor, que, para inaugurar su nuevo Centro de Artes Escénicas, sólo ha contratado compañías catalanas de conocidas afecciones nacionalistas. Igual confía en que le traigan el Ebro.
No menos interesantes han sido otras reacciones. En primer lugar, la del propio Rubianes, mentiroso y cobarde sobre miserable. El caso es que ahora dice el galaico, y por eso he querido comenzar con la literalidad de sus palabras, llenas de odio y desprecio hacia los humildes, precisamente hacia la gente humillada y sojuzgada por la burguesía catalana, que él se refería “a la España que mató a Lorca y dejó morir a Machado en la soledad de Coulliure”. El rata no se atreve a mantener sus palabras, ve en peligro las habichuelas obtenidas durante muchos años de los teatros españoles por los que ha ido desarrollando ridículas estafas, jugando siempre a escandalizar provincianos.
Y, además, ya está bien de infamia. Hoy sabemos que a Lorca no lo mató España alguna, de la que es uno de los hijos más queridos y reverenciados, y al que en ningún caso debería asociar su nombre el Rubianes este, sino una panda de gentuza fascista inducida por unos primos del poeta, ansiosos de venganza contra el padre de Federico por una cuestión de propiedades, como en tantas historias tristes de tierras y familias que se encubrieron desdichadamente bajo el disfraz del enfrentamiento político en ambos bandos. Como ninguna España mató a don Pedro Muñoz Seca, ni a Maeztu, sino asesinos con nombres y apellidos, bien conocidos y celebrados por el actual Gobierno ZP en algunos casos, y con pensamientos y odio similares a los de Rubianes. Pero que, desde luego, no son España.
Y habría que preguntarse quién dejó a don Antonio Machado, otro de los hijos más amados de España, morirse en la ignominia, si tuvieron algo que ver los jerarcas comunistas y republicanos que habían cubierto bien su riñón y sus dorados exilios en la URSS, mientras dejaban al pueblo abandonado a su suerte cruzando una frontera incierta. Por supuesto, la intención de Rubianes no es la de hacer justicia histórica, sino sólo salvar su teatral pellejo, su naturaleza de ortóptero.
Por su parte, la directora de un teatro propiedad de ceceoó –y lamento mucho que sean ellos, donde tengo excelentes amigos y hasta familia-, ha aprovechado para ofrecerse a Rubianes ante la intromisión ¡censora! de la derecha. Campañas de solidaridad de actores catalanes y españoles, mensajes sms, según Rubianes, que le han hecho llorar, y montones de contratos por toda Catalunya , donde insultar españoles es siempre bien recibido. Y al pobre Lorenzo Piriz, director del Romea de Murcia, lo tienen denunciado los de ERC por sacar al malo de una obra infantil con acento catalán. ¡Qué desdicha ver a la izquierda
expañola sirviendo a la chulería de los señoritos! Y también Mario Gas dice que ha pensado en dimitir, pues se trata de un asunto “extrateatral” cuya interferencia no es tolerable. Hace días que Gallardón debería haberlo cesado, desde el momento mismo de la contratación de Rubianes. ¿Pero es que quiere la progresía hacernos creer que si cualquier otro que no fuera un paniaguado del nacionalzetapismo hubiera hecho unas declaraciones semejantes sobre Cataluña, a alguien no ya en Cataluña, sino en España, se le ocurriría contratarlo? Y con razón. ¿No habrían estallado en golpes de pecho, quemado los teatros donde interviniera, cercado las emisoras donde hablara, en manifestaciones incesantes?
Estamos ante un asunto trascendente y que merece una reflexión extensa: la función ejemplar del arte y el artista, la relación entre su obra y su condición de ciudadano, mucho más en el caso de un teatro que pretende intervenir socialmente, no limitarse a interpretar a algunos de los espléndidos miserables del teatro universal. Lo que pasa es que Rubianes es, además, muy mal actor. No da ni para villano.
(Nota. Gracias a todos los que habéis seguido entrando y comentando durante el verano.)