El socialismo lingüístico (ruina para Baleares y para España)

No aprenden. Parece que no les ha bastado con la lección que les han dado los gallegos, gentes profundamente amantes de sus lenguas, la gallega, mayoritaria en las aldeas y los pueblos, y el español, que conocen prácticamente todos y que es la lengua habitual en las ciudades. Hasta la irrupción del nacionalismo, propiciado por una Ley de Normalización Lingüística que Fraga le copió a Pujol –el PP siempre sembrando su ruina-, los gallegos vivieron con naturalidad en sus dos lenguas, de alguna forma la lengua del corazón, de las cosas próximas, de la intimidad; y la lengua de la razón, la que les permitía salir afuera, hablar al mundo. Eran ámbitos perfectamente diferenciados, complementarios, que una alianza fanática de nacionalistas y socialistas intentó hacer incompatibles, imponiendo con modos totalitarios una lengua sobre la otra. De la misma manera equivocada e injusta con que lo había hecho la Dictadura.

Pero a lo que los gallegos han dicho no, sobre todo, ha sido a la estupidez. Al final de la normalización, lo que se ocultaba era el proyecto del nacionalismo más radical –denominado lusista- de convertir a Galicia en una suerte de Norte de Portugal, unificando dos lenguas que se separaron hace novecientos años, en un intento descabellado, al modo de los “països catalans”, de reconstrucción de una supuesta nación galaico-portuguesa que nuestros vecinos miran con indiferencia mientras medio Portugal lo que pedía, hasta el estallido de la crisis, era unirse a España.

Ahora hay que esperar a ver lo que hace López en las Vascongadas. Porque, entre otras cosas, lo han votado para que realice una política lingüística completamente distinta de la que su partido implanta allí donde llega: la de expulsar al español de la vida pública y evitar cualquier signo de identificación con España. Esa es la política de Montilla, la más nacionalista que los catalanes han conocido. Y, sobre todo, la insensata oleada de sandeces que los socialistas de las Baleares acaban de poner en marcha al servicio del proyecto llamado ‘Países Catalanes’.

Lo que el PSOE -¿se sigue llamando así?- pretende en las Baleares, habitadas por gentes de todo el mundo que tienden, lógicamente, a usar las lenguas universales y más útiles, es regular la vida de los ciudadanos en sus usos lingüísticos casi al modo como el Islam regula cada acto cotidiano de los creyentes. Es la misma sumisión –que eso significa islam- lo que se pide. No contentos con haber eliminado al español de la enseñanza, apoyándose en otra ‘centrista’ ley del PP, ahora lo quieren excluir de la cartelería, de las máquinas expendedoras, de los etiquetajes comerciales –obligando a gastos a las empresas que, irremediablemente, pagaremos todos-, de las páginas web y hasta de las misas, al revés de esa vieja y noble tradición católica española, la de predicar a las personas en la lengua que entienden, y que salvó los idiomas indígenas americanos.

Para entender al nacionalismo catalanista balear –casi más peligroso, como el catalanismo de la izquierda valenciana, por converso, que el propio catalán- quizás baste con una anécdota: a Miguel Ángel Nadal, tío del tenista, magnífico central y medio defensivo que fuera del Barcelona y de España, lo echaron de su trabajo como comentarista de la tele socialista balear por no hablar bien el catalán. Es decir, por hablar el mallorquín, que es su lengua materna, y que no es exactamente lo mismo; por hablar lo que realmente se habla en la isla de Mallorca y no el catalán imperial con el que pretenden unificar las diversas variantes, y reducir con ello la resistencia a un futuro estado catalán con las Islas y Valencia.

La tragicomedia que viven los catalanohablantes de las Islas es que sus auténticas hablas se están extinguiendo, no por la presión del español, el alemán o el inglés, sino bajo la extensión de la modalidad ‘normalizada’ del catalán, que, siguiendo el modelo esencialmente barceloní que los pancatalanistas decidieron convertir en catalán ‘batúa’, está eliminando los rasgos locales y la riqueza expresiva de las variantes isleñas. Lo que se enseña en Mallorca ya no es, en efecto, mallorquín, sino el catalán unificado. Es lo que ocurre siempre que se realizan operaciones de reconstrucción de lenguas contra su misma historia. Es lo que pasa con el ‘galego da Xunta’ o el ‘euskera batúa’, lenguas artificiales y que nadie hablaba, salvo en la tele y las radios óficiales, hasta que comenzaron a salir las nuevas generaciones ‘normalizadas’.

En fin, sin sorpresa ninguna –el único que se sorprende ya con Zapatero es Obama-, ese es el proyecto para el que trabaja el Partido Socialista Obrero Español: la recontrucción de una España de corte medieval, con naciones prácticamente independientes en la pasta, pero dependientes en el comercio, dominado por las regiones ricas y nacionalistas. Eso es lo que el Gobierno socialista balear llama sin ningún disimulo un Estado plural e igualitario, terminología ortodoxamente zapatera, que esconde, sin embargo, la más absoluta desigualdad y, como hemos visto con el ejemplo de Nadal, el aplastamiento de la verdadera diversidad.

Lo que demandan es, ni más ni menos, la igualación en toda España entre el español, la lengua común, les guste o no, y el resto de lenguas de España, que lo son, pero cuyos ámbitos y difusión están limitados y son minoritarios –salvo el gallego- incluso allí donde pretenden imponerlas de modo excluyente. O sea, imponernos el catalán, el vascuence y el gallego en toda España (toda la vida oficial y pública española pasaría a ser en las cuatro lenguas) y garantizarse con ello su acceso –como bilingües que son, aún, al menos, y las clases altas lo seguirán siendo como desde hace seiscientos años- a todos los puestos oficiales del Estado, mientras a los monolingües hispanohablantes les quedarían las administraciones autonómicas ‘castellanas’.

La administración general pasaría, así, a estar en manos casi exclusivas de hablantes de gallego, vasco y catalán, se multiplicarían los gastos y los puestos de traductores oficiales y, por supuesto, todas las empresas privadas tendrían también que contratar a hablantes de estas lenguas para satisfacer a un mercado regulado por ellos. Si alguien saldría aún peor parado de lo que ya lo está, serían los vascos, gallegos y catalanes de lengua materna española (la mayoría en Cataluña y Vasconia, pero también muchos en Galicia), a los que ya no les quedaría ni la opción de acceder a puestos del Estado: el Estado también estaría en manos de los que los han condenado a una ciudadanía de segunda en sus propias regiones.

Y es que los nacionalistas nunca quisieron, en el fondo, separarse. ¿Alguien duda de que de haber sido en verdad un movimiento aplastantemente mayoritario no lo habrían conseguido? Lo que quieren es todos los privilegios, mercados cautivos, halagos diferenciales. Y una revancha en bandeja de plata que compense a los nacionalistas de lo que sólo ellos han convertido en inanidad histórica, en complejos frente a una Castilla –de la que nunca entendieron que también era suya- que construyó una civilización universal mientras ellos hacían boinas y calcetines. Y que me perdonen todos los buenos vascos y catalanes que nunca participaron de este rencor, que sólo han sufrido el hecho de que sus paisanos hayan terminado por convertir al País Vasco y a Cataluña en alacenas del resentimiento. El igualitarismo, hijo de la envidia, este descabellado intento por rehacer la Historia y presentarse como naciones en pie de igualdad con la España que son, lo que único que esconde es mentiras, injusticia y aplastamiento de la libertad como único modo de imponer esas mentiras. Las lenguas son igualmente dignas todas, pero no son iguales.

Esta es, en fin, la España ‘plural’ de Zapatero y sus camadas pardas. Una España feudal de pequeñas dictaduras lingüísticas sostenidas y alentadas por el PSOE. Un lastre más, y no el menor, para una nación arruinada en manos de un gobierno que sólo se dedica a cambiar carteles.

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