El debate de las medias mentiras

Dicen que una media verdad es peor que una mentira. Los demagogos son los principales especialistas en esta arte de la ocultación. Pero la democracia, bendita sea a pesar de todo, y Dios nos salve de sus salvadores, es el reino de las medias verdades. Por eso, el estado de la Nación (y del Estado) no es el que dice Rajoy, ni el que dice Rubalcaba, sino lo que resulta de oírlos a los dos, de juntar sus medias verdades, sus mentiras por ocultación.

La democracia, obra cumbre de la civilización, es el civilizado uso de la mentira, la aceptación de un juego cuya regla esencial es el disimulo ante los engaños del otro. Luego hay grados, mentirosos integrales, no a medias, como Zapatero, que se presentan como palomas de la verdad revelada. Tartufos que dejan a sus naciones y a sus partidos deshechos, triturados, inútiles.

Rajoy dijo su media verdad: estamos mejor y parece que arrancamos. Pero de puritito quemados y esquilmados no conseguimos olvidar cómo vivíamos y cómo vivimos. Esa fue la media verdad de Rubalcaba: el sufrimiento, el hundimiento, la desesperanza. Pero lo que no dijo Rajoy es que ha sido incapaz de enderezar, de verdad, el gasto público, el déficit y el ruinoso Estado de las necioncitas (sic) que tan bien representa el Grupo Mixto, mi favorito, esa verdadera España profunda tan progremente reaccionaria cuyo sostenimiento está deslomando a impuestos a los pobres asalariados. Aunque a los necionalistas les duela menos.

Y lo que no dijo Rubalcaba es que el sufrimiento, la desesperanza, la vista gorda durante veintidós años de izquierda ante los que no pagan a Hacienda (los ricos), y algo peor, el estatut, el enfrentamiento, el odio y la discordia, lo trajeron él y los zapateritos que hoy le disputan el partido.

Lo que hacen los pueblos sabios es creerse las medias verdades y no olvidar nunca las medias mentiras. Las verdaderas.

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