La lotería o la utopía

He decidido aumentar considerablemente mi inversión semanal en Lotería. Y ahora, además, jugaré a todo, visitaré los casinos, apostaré por el triunfo liguero del Córdoba C.F., mi segundo equipo en Primera -después del viaje a las sombras de mi Betis-, a ver si me hago muy millonario y me escapo de aquí con mi familia en algún barco rumbo a Otranto, Londres o Manila. Si estuviera solo en el mundo, no me importaría quedarme. Al contrario, ya estaría en Podemos dispuesto a nacionalizar empresas, recortar sueldos, bajar los cachés de los cantantes (ahora que los de la zeja, siempre oliendo a caliente, se han pasado ya a Podemos), subir los impuestos, declarar la sardana baile nacional y proclamar la República Confederal del Galeuska y los Esclavos Monolingües.

Arrasar con todo es siempre la ilusión oculta de un niño, hacer el cafre con tu pandilla sin limitación, sin otra autoridad frente a ti que el ansia de experimentar cómo las cosas desaparecen. Cuando iba al laboratorio de Química, me entretenía echando ácido sulfúrico sobre la bata sin que nadie me viera: me fascinaba que la materia desapareciera bajo el efecto disolvente del ácido. La nada es el gran misterio. No es que esté proponiendo que le echemos ácido sulfúrico a España ni que Podemos sea como el ácido sulfúrico. Estos bolcheviques de falsete no buscan acabar con las castas, sólo desplazarlas. Las castas son como la energía, que nunca se destruye, sólo se transforma.

Lo que nos atrae siempre es la experimentación, esa juerga delante del abismo: dejar de pagar la deuda y entrar en ruina feliz, suspender el pago de pensiones (que no habrá de dónde) y declararlo expropiado todo, empezando por las televisiones de Lara y Berlusconi, y siguiendo por las editoriales, las tierras, los bancos, los pisos, todos los pisos del Guayomin, además de, por supuesto, a Cospedal y todos los productos de Jabugo y los langostinos del Mar Menor.

Lo único que sospecho que no podría ver realizado es lo que constituye mi mayor deseo expropiatorio: que se expropien las autonomías. Ese sueño no lo veré o bien se limitarán a expropiar las de los pobres, nunca las de los aristócratas del hecho diferencial. ¡Ah, los sueños, las utopías! Esta semana voy a hacer una múltiple, no vaya a ser que la utopía se cumpla y me pille dentro. Esa es la verdadera tragicomedia española: que la última esperanza es siempre la lotería.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído