Lo ha dicho muy claro esta mañana en un encuentro ante los medios: “Me han enseñado a convertir la tristeza en arte”. Habrá quien no lo entienda o vea en esto puro exhibicionismo, pero Estrella Morente, quiera o no, ya reflejó como nadie hasta qué punto el sufrimiento más desgarrador (el sentido ante la muerte del amado), en el corazón de los verdaderos artistas, no puede sino acabar derramándose en un homenaje puro hacia el ser querido y en un regalo para el conjunto de las personas que valoramos la belleza en sus más altas cotas. No hace ni un mes, ante el féretro de su padre, el genio Enrique Morente, la cantante granadina plasmó la gran obra de arte de su vida haciendo brotar de su garganta rota los versos hondos de Carlos Cano y Federico García Lorca. Nunca, jamás, podrá hacer algo igual.

Aunque es su deber –su doloroso deber– intentar rozar esa brutal belleza en cada concierto, en cada disco. Y así lo hace. Acabo de ver en la última edición del telediario de TVE las primeras imágenes de su concierto de hoy en Londres, en lo que suponía la vuelta a los escenarios. En un momento de su vida en el que define ésta como “rota” por la pérdida del ser amado, según he visto brevemente en el reportaje televisivo, ha dado un paso valiente: vestida de luto, se ha desangrado con la misma canción de luto con la que semanas atrás entrara en la senda de Miguel Hernández y su elegía a Ramón Sijé. De ahora en adelante, la ruptura del silencio asfixiante con un “Granada, no tengas pena…”, ha de ser el sello que marque el recuerdo de su arte como máximo cenit.
Seguramente, a ella le duela el alma cada vez que interprete estos versos. Pero estoy seguro de que lo hará muchas más veces en el futuro. Es difícil, pero sólo está al alcance los artistas de verdad. Es el homenaje más bello –por ser el más sentido, profundo y auténtico– que ha recibido Enrique Morente. Y con él, si cabe, contribuye a hacer más grande la leyenda de su padre. Si hoy Ignacio Sánchez Mejías es conocido como torero, aparte de que lo fue y tronante (junto a muchas otras cosas), se debe en parte al intimísimo canto con el que le lloró Lorca. Pues qué no hará la ofrenda eterna de una estrella reluciente a quien fue de por sí fue gigante y mito del flamenco.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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