EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (V)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Como lo principal debe encabezar o ir delante, aquí obran, en el arranque de la presente misiva, las dobles parejas que el azar me ha deparado: ¡Olé!, ¡olé!, y ¡sombrerazo!, ¡sombrerazo!
Déjame decirte/urdirte que lo que has trenzado ha sido un relato corto o cuento hiperbreve precioso. Has hecho con el barro que te he suministrado, con los pocos datos que te he dado sobre mi padre y tu fondo intelectual, tu inteligencia emocional, un microrrelato que ya no escribiré, porque lo has urdido tú estupendamente. Y es que tengo la sensación refractaria de que no podría mejorarlo, pues lo has bordado. De veras. Me ha gustado mucho. Hazme o no me hagas caso, pero con él puedes hacer varias cosas, verbigracia, puedes probar su inconcusa excelencia en otros lugares, o sea, puedes presentarlo a varios concursos de cuentos hiperbreves y hacerte acreedor al máximo galardón en alguno de ellos. No eches mi recomendación en saco roto. Atrévete.
Estamos a jueves (cerciórate de que es así, de que ese es el día de la semana en el que nos encontramos hoy, jueves), durante toda la jornada.
Es una certeza clara y segura, incontrovertible. Abundo contigo en que el mayor regalo que nos puede deparar la vida es constatar, un día sí y otro también, que, a pesar de todos los abrojos habidos y/o todas las penalidades por haber, seguimos, no obstante los achaques, estando vivos.
Ciertamente, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche dijo y dejó escritas algunas verdades como puños (y hasta como seos, catedrales). A mí me gusta recordar, por ejemplo, la que sigue, que puede leerse en la introducción de su “Ecce Homo” (nada que ver con el mediático óleo que pintó Elías García Martínez sobre revoco o yeso en el Santuario de Misericordia, de Borja —Zaragoza— y que adquirió nombradía mundial cuando trascendió el estado fallido —en internet, humorísticamente, pasó a llamarse “Ecce Mono”— en el que lo había dejado la restauradora del mismo, Cecilia Giménez Zueco): “Recompensa mal a su maestro quien quiere seguir siendo siempre su discípulo”.
Quiero que quede claro que no te he llamado imbécil. Me lo hubiera llamado a mí mismo (y hubiera acompañado al sustantivo mentado el adjetivo apuntado, “perfecto”), en el supuesto de que no pensara lo que pienso al respecto y, grosso modo, ha quedado recogido en el parágrafo de marras. Por si te sirve, te diré que no estás solo en tu orgullo, en sentirte orgulloso del pueblo donde naciste. Hoy, en Diario de Navarra (concretamente, en la sección “La Ribera opina”), el periodista Pedro Blanco Ariza publica una columna con dicho título “ORGULLO”. Sostiene una opinión similar a la tuya. Que yo difiera del criterio que ambos mantenéis solo quiere decir eso, que discrepo, que disiento. Y doy mis razones. Punto. Ya sé que es una redundancia, porque lo había puesto.
Por cierto, en el periódico mencionado, Diario de Navarra, hay un zorro que no cesa, un humorista incesante, César Oroz, que da cuenta de su arte y astucia casi a diario en la contraportada del mismo.
Te saluda quien te aprecia y abraza (y hoy aprovecha la ocasión para elogiarte con razón, por el bello cuento hiperbreve que a propósito de su padre has trenzado)
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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