EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CLXVI)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Haces bien en formular tus refutaciones. Ahora bien, yo me refería a una competición en la que (se sobrentendía) los arqueros (ellas y ellos) gozaran de similares condiciones en lo tocante al arco y las flechas (como ocurre en el lanzamiento de peso o de martillo, donde hay varios donde elegir).
Ciertamente, en las contrarrelojes, verbigracia, el factor ambiental puede ser determinante. Que llueva o haga viento (a favor o en contra) al principio de la prueba, en medio de la misma, o al final influye. Además de una serie de circunstancias que contribuyen (suman o restan): paz, salud, ánimos,…
Como, entre hoy y mañana, se celebra un campeonato en Tudela (no he asistido a ninguna prueba) me dio por urdir la décima hodierna, que comentas y objetas.
Empero, al final de la competición (el factor suerte no es desdeñable), supongo, solo se contabiliza la puntería (los puntos obtenidos), el resto de los factores que aduces (influirán, sin duda, en el proceso, pero) no se computan o no son computables, me temo.
Prefiero ser breve (no volveré a recordarte lo que no has olvidado de quien conoces, Baltasar Gracián) a gárrulo. Entre la prodigalidad y la avaricia Aristóteles colocaba la generosidad. Entre un poema de cien versos y el mutismo voluntario me quedo con mi proverbial y habitual décima (o) espinela.
Puedes estar seguro de que solo los lectores avezados (ellas y ellos), acostumbrados a consultar el DRAE, sabrán lo que tú sabes, que la misma voz con tilde significa una cosa (o varias) y sin acento ortográfico otra. El menda hace años reparó en el hecho. En un relato corto que tituló “Cotilleando sobre cierto cotillón privado” dejó una muestra evidente de lo urdido.
Espero y deseo que en la ciudad a la que aludes, sin mentar, donde cabe contemplar en el paseo del Mercadal un busto del soldado Bebricio, que llevó su lealtad hasta las últimas consecuencias, pues se suicidó tras conocer que había sido asesinado en Huesca su jefe, Sertorio, os lo hayáis pasado estupendamente. A propósito de la decisión tomada por Bebricio, suelo recordar una tesis que leí en “El guardián entre el centeno”, donde su autor, Jerome David Salinger, rememora una idea del psicólogo Wilhelm Stekel: “Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo desea vivir humildemente por ella”.
Te saluda, aprecia, agradece y abraza
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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