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De la admiración nace el pensamiento

Ángel Sáez García 18 Feb 2020 - 14:00 CET
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DE LA ADMIRACIÓN NACE EL PENSAMIENTO

Dilecta Pilar:

Acabo de bajar en un autobús urbano (había subido en otro) del Hospital “Reina Sofía”, de Tudela. Tenía la cita a las cinco de la tarde (pero he entrado unos minutos más tarde —estando sentado en el asiento que quedaba enfrente de la puerta de la consulta 29, he visto cómo dos operarios del servicio de mantenimiento del susodicho recinto hospitalario han quitado de donde estaba colocada en su interior y sacado al pasillo una estantería tan empolvada como el arpa mencionada en la rima VII de Gustavo Adolfo Bécquer, y un panel traslúcido—, por lo que acabo de contar). El amable anestesiólogo me ha aplicado (mira que soy exagerado, ¿eh?; la culpa la tiene el agua del Ebro, que, aunque no la bebo, entre otros menesteres, lava —con la ayuda de jabón y suavizante— mi ropa) un tercer grado médico y me ha dicho que el día de la intervención quirúrgica (suelen avisar mediante llamada telefónica con diez días de antelación) tengo que tomar (aunque debo acudir al hospital en ayunas) tres pastillas, tres, las de amlodipino, bisoprolol y omeprazol.

Cierto. Abundo contigo y agrego la estela, que deja en mi caso, el rastro, el resto. Los verdaderos o auténticos amigos pueden contarse con los dedos de una mano y, si eres exigente, te sobra algún dedo.

Celebro que te alegres de haberme sorprendido. Ya sabes qué decía Platón y heredó (de tanto escuchárselo decir a su maestro, seguramente) Aristóteles, que de la admiración brota, nace o surge un pensamiento o varios.

Si, como autora, mientras empuñas la péñola y escribes (quiero decir, mientras pulsas las teclas de tu ordenador), te dejas llevar, es que confías ciegamente, como Homero (en la suya), en tu musa. No me parece mal, porque (intuyo, sospecho o supongo que) luego lees lo escrito y te das cuenta de qué has trenzado, desechando lo acéfalo y ápodo (sin cabeza ni pies), esto es, lo inoportuno, según tu criterio. Es lo que suele hacer servidor, pero, como te consta, cada maestrillo, caprichosillo o no, tiene su librillo (que puede servir a otros o no).

Tras dar cuenta de la prótasis (el planteamiento) y la epítasis (el nudo), dejo para el final la catástrofe (el desenlace). Siento tener que darte esta mala nueva. Mi amigo Miguel Ángel, el dueño de la librería/papelería “El Cole”, “Fangio”, se jubila a partir del primer día del mes de marzo, y echa el cierre a su negocio (ya sabes de dónde procede dicha voz y su significado: nec otium, negotium, no ocio; ideal para llevarlo una familia), sin haber podido traspasarlo. Por lo visto, la gente no se ha quedado con lo principal, que funciona a las mil maravillas, sino con lo accesorio, que es muy esclavo. A partir de ahora, ya no podré leer tus columnas del viernes en el Heraldo donde acostumbraba a hacerlo. Tendré que esperarme hasta la tarde de dicho día, cuando la subas a tu bitácora, La lámpara encendida.

Otro (de tu amigo Otramotro).

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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