A VECES, NO SABEMOS QUE SABEMOS
A VECES, NUESTRA INOPIA NOS ABRUMA
Hace cinco o seis años, tras aceptar la invitación hecha previamente por mis primos Pili y Nicolás, mientras disfrutaba en su casa de unos días de merecido asueto en la villa de Cornago, La Rioja, donde nació mi piadoso progenitor, Eusebio, me di cuenta de que, hallándome allí, tiraba de mí, con inusitado vigor, un espacio tranquilo, el paseo de “Los Arbolitos”, donde se podía leer y escribir sin sentir la enojosa incomodidad que acarrean, indefectiblemente, los estorbos más molestos; y allí volvía a subir una tarde, tras otra, tras otra, para deambular entre las copas de sus árboles o sentarme en uno de los diversos bancos diseminados a lo largo de dicho recorrido. Este sosegado lugar cornagués me atraía como si se tratara de un pibón o, en su defecto, de un potente imán. Allí me inspiraba, leía, tomaba notas, esbozaba relatos y poemas que, al revisarlos después, al cabo de los días, en Tudela, apenas corregía, dándolos por buenos, por publicables.
Este mediodía me hago cruces, pues no encuentro un motivo racional, concreto, por el que esta noche he soñado, entre otras historias fantásticas, de pura ciencia ficción, que me hallaba solo, paseando por “Los Arbolitos”, alrededor del imponente castillo de los Luna, acaecimiento al que atribuyo más partes de galardón o premio que de castigo (y es que no conviene olvidar lo que considero cabal, fetén, y adujo, en el prólogo que colocó a su “Música para camaleones”, Truman Capote, que “cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”). Cada uno de esos árboles ha fungido (no fingido) de decente docente, de maestro, porque me ha enseñado algo nuevo que desconocía, y me he visto aleccionado por ellos (y, por ende, me siento agradecido y estoy en deuda con los tales). Hacían conmigo lo contrario u opuesto a lo que en el Liceo coronaba Aristóteles con sus alumnos, a quienes les impartía las enseñanzas que fueran, mientras recorrían su peristilo, o sea, el patio interior cubierto de columnas, que lo rodeaba.
Puede que el quid, porqué o razón del ensueño esté, estribe o radique en lo que acabo de leer en el párrafo más interesante del correo que me ha enviado hace cinco minutos mi amigo del alma y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, donde me narra que el domingo pasado estuvo en la patria chica de mi padre e hizo lo que en otra ocasión este menda le recomendó encarecidamente que culminara sin falta, pasear por “Los Arbolitos”. El único inconveniente que le veo al caso no es menor. Me refiero, claro está, por supuesto, al absurdo que acarrea, ya que, en este punto, nos hallamos en el mundo al revés, pues aquí la causa es el efecto y el efecto la causa, porque el sueño ha sido previo a la lectura del correo de Metomentodo, aunque lo que cuenta el mentado en el susodicho ocurriera antes en el tiempo.
A pesar de que la experiencia parezca lo que es, sin duda, un disparate, ilógica, releamos lo que cuenta Metomentodo en su correo para ver si sacamos algo en claro:
“(…) El domingo pasado, paseando ¿a solas?, como me aconsejaste otrora hacer, por “Los Arbolitos”, tuve una sensación extraña, como de llevar a cabo, a la par, un doble conocimiento, interior y exterior. El estrés que arrastraba, desde ni se sabe cuántos meses, allí se difuminó, evaporó o sublimó, desapareció. Así que aún tengo la impresión refractaria en mi epidermis de que el entorno, los árboles, me lo chuparon o succionaron, me lo extrajeron o robaron y, de esa guisa, me pude librar de él. Hubo una especie de interacción entre la naturaleza circundante y mi alma, como si hubieran vuelto a hablarse, después de llevar varios lustros enemistadas. Sé que fue una experiencia más emotiva que racional, benéfica, purificadora, pero, lo reconozco sin ambages, me molesta sobremanera carecer de las herramientas que tú, seguramente, tienes para poder explicarla, porque para mí la tal es inefable, y, así, poder dar cuenta de cuanto sentí”.
A veces, no sabemos que sabemos; y, a veces, nuestra inopia (poquedad de conocimientos científicos para explicar ciertos sucesos) nos abruma.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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