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El hombre un animal es de costumbres

Ángel Sáez García 17 Jul 2024 - 14:00 CET
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EL HOMBRE UN ANIMAL ES DE COSTUMBRES

Y ESTA ES UNA VERDAD IRREFUTABLE

El escritor irlandés Oscar Wilde sentenció que “no existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo”. No me parece mala razón; pero yo tengo otra, que es consecuencia lógica y normal de mi propia experiencia: basta con estar atento a cuanto ocurre en tu entorno para hallar uno o más motivos y ponerte a trenzar sobre él o ellos.

Mis congéneres y yo somos personas. Si yo no lo fuera y no hubiera adquirido ciertas rutinas, tampoco hubiera descubierto o me hubiera percatado de que ellos también lo son y tienen las suyas.

A quien no me crea, le propongo que sea mi sombra durante una semana, que vaya un par de metros por detrás de mí, como si ejerciera de mi guardaespaldas, y esté atento a cuanto pasa a su alrededor, que, evidentemente, también será el mío. Se cerciorará de que cuanto queda escrito aquí, negro sobre blanco, no puede objetarse.

Mientras permanezco dentro de mi casa, ignoro qué hacen mis conciudadanos. Ahora bien, nada más poner servidor un pie en la calle, en la Avenida del Barrio, mis convecinos pueden observar mis evoluciones y este menda, en reciprocidad, si ellos circulan, asimismo, por las aceras de las calles anejas, como contrapartida, puede hacer lo propio con sus procederes.

Yo suelo desayunar en la cocina de mi piso y bajar a comprar el pan en la panadería de la esquina, antes de dirigirme a la biblioteca pública “Yanguas y Miranda”. Tú, atento y desocupado lector (ora seas o te sientas ella, él o no binario) de estos renglones torcidos, sé que te tomas un café expreso en la terraza de “El quinto pino” y que compras el pan en el “Horno viejo”.

Es evidente que mis hábitos, que no son prendas talares ni se parecen a las sotanas, son solidarios con los de mis congéneres. Si yo no tuviera los que tengo, tampoco podría saber que los de mis semejantes son los que son. Porque yo soy un animal de costumbres, sé que los demás también lo son, que cojean del mismo pie que yo.

Puede que me encuentre antes o después con quien trabaja en una tienda de muebles (desconozco cómo se llama, de veras; y él, seguramente, ignora cuál es mi gracia de pila), que abre él, pero, desde hace años, nos saludamos por ser, a esa hora de la mañana, las nueve menos cuarto, habituales en la tudelana calle Miguel Eza.

Puede que me dé de bruces y salude a Maribel y Vicente en la citada cuesta del extinto y tapiado cine “Regio”, antes o después de sobrepasar este menda la “Ortopedia Labena”, pero siempre nos damos los buenos días y les deseo que les aproveche el desayuno y ellos a mí que me vaya bien la tarea de pasar a ordenador las líneas que agavillé la víspera a bolígrafo en casa, por la tarde.

Puede que salude a Agustín, antes o después de que se haya despedido de su matutina pareja de amigos en la plaza de los Fueros, y él tome la dirección de la calle Gaztambide/Carrera.

Puede que me encuentre con mi amiga Lidia junto al quiosco de la plaza Nueva, o con mi prima María José, si me he retrasado por la razón que sea.

No me pasa inadvertida una pareja (matrimonio) original. Salen juntos de casa. Él la acompaña hasta la mitad aproximada del recorrido a su puesto de trabajo. Se despiden y dan un pico en los labios, y cada uno se dirige a su destino; él vuelve a desandar lo andado y ella llega pronto a su meta, que queda cerca de la mentada calle Eza, pero no diré dónde, por qué puerta entra.

Y eso es cuanto sucede y, su anagrama, me seduce, todas las mañanas del año. Bueno, todas no, el grueso de las tales, porque tanto ellos como yo somos animales de costumbres.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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