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En los últimos meses, el escenario en Texas ha sufrido un cambio drástico. Las imágenes de miles de migrantes cruzando el río Bravo, las interminables colas en los centros de detención y el colapso de los servicios locales han quedado atrás. La estrategia migratoria promovida por Donald Trump desde su regreso a la presidencia ha alterado la rutina diaria en las ciudades fronterizas y en todo el estado. Los relatos recogidos entre habitantes y autoridades locales coinciden en un punto: “el caos ha desaparecido”. Las patrullas fronterizas se han incrementado, las redadas son frecuentes y los controles están por todas partes.
El gobernador Greg Abbott ha intensificado aún más la vigilancia, siguiendo las directrices federales y utilizando recursos estatales para cerrar accesos y respaldar la deportación de migrantes indocumentados. Texas, que durante años vivió con una presión migratoria constante, ahora experimenta una especie de respiro. En algunas áreas, los cruces irregulares se han reducido hasta un 95%, mientras que el tránsito por rutas tradicionales, como la selva del Darién, ha caído en picado. Sin embargo, las empresas enfrentan el dilema de la falta de mano de obra, ya que dependen en gran medida de trabajadores migrantes que han dejado sus empleos o han sido deportados.
Expulsiones récord: cifras y destinos de los migrantes ilegales
La pregunta sobre cuántos migrantes ilegales ha expulsado Trump tiene respuesta en los datos oficiales y las declaraciones del Gobierno. En sus primeros cien días al mando, Donald Trump ha deportado a más de 142.000 personas. La mayoría ha sido devuelta a sus países de origen, aunque una parte considerable ha sido dirigida a destinos alternativos, como la base de Guantánamo en Cuba, donde han comenzado a llegar vuelos con migrantes considerados de bajo riesgo o con antecedentes penales. La meta declarada por su administración es alcanzar un millón de deportaciones para 2025, superando todos los registros anteriores.
El análisis sobre los expulsados revela una tendencia clara: además de mexicanos y centroamericanos, se ha incrementado la deportación de ciudadanos venezolanos, haitianos, nicaragüenses y cubanos, especialmente tras el fin de programas como “parole” y TPS. En marzo pasado, al menos 238 venezolanos fueron deportados a El Salvador acusados de pertenencia a bandas criminales; sin embargo, sus familiares rechazan estas acusaciones. El destino final de los deportados depende en gran medida de acuerdos bilaterales y la capacidad logística del ICE y del Departamento de Seguridad Nacional.
Las rutas para estas expulsiones incluyen:
- Retornos directos a países como México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Venezuela, Haití, Cuba y Nicaragua.
- Traslados a bases militares como Fort Bliss en Texas o Guantánamo en Cuba.
- Deportaciones hacia terceros países cuando los gobiernos respectivos no aceptan un retorno inmediato.
La utilización de bases militares como centros temporales para detener migrantes y convertir franjas fronterizas en zonas donde rigen delitos federales representa una política sin precedentes en la historia reciente estadounidense.
El impacto en Texas: economía, sociedad y derechos
La desaparición del caos migratorio ha traído consigo consecuencias directas sobre la vida cotidiana y la economía local. Según encuestas empresariales, al menos una de cada cuatro compañías texanas depende actualmente del trabajo migrante; este porcentaje ha aumentado respecto a años anteriores. La repentina escasez laboral ha provocado serios problemas para contratar y retener personal especialmente en sectores como manufactura, servicios y comercio minorista.
Los migrantes que aún residen en Texas viven bajo un clima de temor. La frecuencia con que se llevan a cabo redadas junto con un endurecimiento generalizado del control han llevado a muchos a dejar sus trabajos o evitar espacios públicos e incluso renunciar a oportunidades laborales. Las políticas actuales han restringido el acceso a programas que ofrecían refugio o protección temporal; esto deja a miles atrapados en situaciones legales y sociales muy vulnerables.
Además, la presión sobre las “ciudades santuario” se ha incrementado. El Gobierno federal ha dado luz verde para que ICE realice operaciones en ciudades como Houston y Dallas; lugares donde antes los migrantes contaban con acceso a servicios básicos y cierta protección legal. La discusión sobre el derecho a la ciudadanía por nacimiento junto con la eliminación de derechos constitucionales añade incertidumbre para muchas familias inmigrantes; esto afecta especialmente a los 4.4 millones de niños estadounidenses que tienen al menos un padre indocumentado.
Evolución y perspectivas: ¿qué sigue en la frontera?
La ofensiva migratoria liderada por Trump no parece dar tregua. Las órdenes ejecutivas continúan fluyendo mientras las cifras de deportaciones aumentan semana tras semana. La meta fijada para expulsar un millón de migrantes antes del 2025 implica una presión constante sobre sistemas judiciales, policiales y logísticos. Cambios legales como declarar emergencias nacionales o desplegar fuerzas militares permiten sortear obstáculos institucionales acelerando así las expulsiones.
Las reacciones internacionales varían notablemente. Países como México y El Salvador han recibido oleadas significativas de migrantes deportados; al mismo tiempo Cuba ha expresado su preocupación por el uso del centro penitenciario en Guantánamo para tal fin. Este endurecimiento hacia las políticas migratorias estadounidenses está generando un efecto dominó por toda América Latina; así los gobiernos buscan adaptarse a esta nueva realidad mientras intentan contener flujos migratorios.
En Texas conviven sensaciones encontradas: el orden traído por esta ofensiva es palpable pero también lo son la incertidumbre económica junto con tensiones sociales crecientes. Residentes, empresarios y migrantes se enfrentan a un panorama inédito marcado por una vigilancia extrema así como redefiniciones constantes sobre derechos y oportunidades. La inquietud sobre cuán sostenible es este modelo —y qué consecuencias tendrá a largo plazo— sigue flotando en el aire mientras la frontera sur estadounidense vuelve a convertirse en el epicentro del debate político y social del país.
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