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Este hecho marca un antes y un después en la escalada de tensión entre Estados Unidos y Venezuela. Resulta inevitable la comparación con la invasión de Panamá en 1989, donde la supremacía militar norteamericana impuso su voluntad en cuestión de días. Hoy, la pregunta que llena titulares y agita el discurso oficialista en Caracas es tan brutal como directa: ¿tiene Venezuela armas suficientes para defenderse de una intervención militar estadounidense?
Ejercicios, retórica… y realidades
Los anuncios de “despliegue masivo” de fuerzas armadas y milicias por parte de Nicolás Maduro, con cifras que rozan lo propagandístico —casi 200.000 soldados movilizados según el propio gobierno— buscan enviar un mensaje de resistencia, pero confrontan una dura realidad: la capacidad real de combate de las fuerzas bolivarianas es limitada frente a la maquinaria belica estadounidense. Analistas coinciden en que el despliegue venezolano responde a una lógica de guerra asimétrica, más destinada a retrasar la ofensiva y aumentar el costo político de una intervención que a repelerla exitosamente.
Armas, obsolescencia y propaganda
En la vitrina militar venezolana destacan aviones rusos Sukhoi y sistemas de misiles antiaéreos Igla-S y Buk, además de algunos drones armados y lanchas rápidas de origen iraní. Sin embargo, según los expertos, existe una brecha importante entre el inventario teórico y la operatividad real de estos sistemas. Problemas de mantenimiento, obsolescencia y falta de repuestos reducen la reducción de la efectividad de la defensa aérea venezolana; buena parte de la red puede ser neutralizada con relativa facilidad gracias a la superioridad tecnológica de Washington. Incluso los temidos Igla-S, unos 5.000 en los arsenales, cuentan con apenas unos 700 lanzadores funcionales. Las viejas unidades de F-16 compradas a EE.UU., por ejemplo, languidecen: solo una o dos estarían operativas para un eventual combate.
¿Guerrilla o resistencia social?
El verdadero temor de Washington podría ser el escenario de una guerra de baja intensidad o prolongada, donde armas se dispersan entre milicianos y grupos armados desemboquen en un conflicto irregular, antes que en un enfrentamiento frontal de ejércitos. Y aunque Maduro exhibe la supuesta adhesión de millones de venezolanos prestos a empuñar las armas, los problemas de legitimidad y cohesión social hacen poco probable una resistencia popular masiva. Ni siquiera las cifras de voluntarios coinciden con los datos oficiales de votos o apoyo popular.
El poder simbólico de un portaaviones
La presencia del USS Gerald R. Ford cerca de Venezuela no solo representa una abrumadora ventaja en aeronaves, misiles y potencial nuclear: funciona también como símbolo de la distancia sideral entre dos realidades militares opuestas. A pesar de su desafío retórico, el gobierno de Caracas sabe que no tiene cómo igualar el poder material de Estados Unidos. Es por eso que apuesta por la propaganda, la movilización social y el costo reputacional internacional de cualquier intervención, más que por la victoria en el campo de batalla.
En conclusión, Venezuela no está en condiciones reales de repeler una ofensiva estadounidense, más allá de intentar prolongar el conflicto y aumentar el desgaste político del agresor. Pero en el tablero militar, la balanza está, por ahora, totalmente inclinada.
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