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El precio del silencio ante una dictadura

Venezuela: Liberan a la doctora sentenciada a 30 años de prisión por criticar a Maduro en un audio de WhatsApp

Marggie Xiomara Orozco enfrentaba la pena máxima por grabar un mensaje de WhatsApp crítico con Maduro, en un país que recorta libertades y castiga la disidencia

Paul Monzón 29 Dic 2025 - 03:33 CET
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La historia de Marggie Xiomara Orozco Tapias, una médica de 65 años a quien la legislación venezolana reserva la pena más severa por delitos como homicidio, secuestro y violación, revela de manera brutal el mecanismo de represión que hoy gobierna Venezuela. Su supuesto “delito” no fue asesinar a nadie, no fue secuestrar, sino enviar un audio en un grupo vecinal llamando a votar en contra de Nicolás Maduro ya responsabilizarlo de la crisis que azota al país. Un acto que, en una democracia, sería apenas un ejercicio legítimo de libertad de expresión; en la Venezuela de Maduro, se convierte en un pretexto para castigar con la máxima pena.

Orozco fue detenida ocho días después de unas elecciones que, según el CNE, ganó Maduro, sin que la evidencia presentada hasta ahora impida sospechas de manipulación y sin que el régimen ofrezca pruebas contundentes. La narrativa oficial ha convertido una palabra grabada en un arma para justificar una sentencia ejemplar: traición a la patria, conspiración e incitación al odio. Pero estas categorías jurídicas, cuando se usan como muros de contención para silenciar a la ciudadanía, dejan de ser instrumentos de justicia para volverse blindaje de un poder que rehúye la responsabilidad y la rendición de cuentas.

Lo más revelador de este caso es lo que desnuda sobre la libertad de expresión. En Venezuela, expresar una opinión política en redes o en un audio puede ser interpretado como un atentado contra la paz nacional y la seguridad del Estado. Esa amplitud normativa, que la defensa de Orozco denuncia ante organismos regionales, no es sino un arma de doble filo: sirve para criminalizar la crítica y para sembrar miedo entre quienes intentan desobedecer o cuestionar al gobierno.

La jueza afirmó que tales llamados “ponen en riesgo la paz de Venezuela” y que, por ello, se justificaría una intervención de fuerzas extranjeras. Esta lógica no es más que una coartada para legitimar una represión que busca atar en corto a quienes se atreven a pensar distinto. El resultado es una sociedad donde la disidencia se percibe no como un componente saludable de la vida democrática, sino como un peligro que debe ser eliminado mediante sentencias severas.

Además, no podemos pasar por alto el contexto humano: un profesional de la salud que, con un historial de enfermedad cardíaca y años de servicio, ve su libertad devastada por un mensaje político. Si la justicia se ampara en la invocación de la “incitación al odio” para condenar a alguien que no ha cometido violencia física, entonces la ley deja de ser un escudo y se convierte en una herramienta de intimidación contra la ciudadanía, dispuesta a llamar voces críticas para evitar cualquier forma de confrontación con el poder.

La condena de Orozco se enmarca en una tendencia preocupante: la de criminalizar la expresión política y de criminalizar la crítica a Maduro a través de un andamiaje jurídico cuyos principios parecen haber sido diseñados para disuadir, más que para impartir justicia. Organismos internacionales han advertido sobre el efecto inhibidor de leyes como la “Ley contra el Odio” cuando se emplean para castigar la discrepancia política. Y es precisamente ese efecto inhibidor el que hoy empapa a Venezuela: una nación donde la libertad de expresión ya no es un derecho protegido, sino un acto de temeridad.

La respuesta adecuada ante estos abusos no es la autocolusión, sino la solidaridad con quienes son perseguidos por expresar su opinión. Si el régimen quiere demostrar que respeta algún mínimo de pluralismo, debe liberar a Orozco de inmediato, revisar las normas que permiten sentencias de esta magnitud por mensajes políticos y garantizar un proceso judicial verdaderamente independiente, al margen de presiones políticas y del miedo institucional.

El verdadero costo humano de la dictadura de Maduro no se mide solo en cifras de infracciones o en la crueldad de las condenas. Se mide en vidas truncadas, en familias deshilachadas y en una ciudadanía que aprende a vivir con la idea de que su voz puede convertirse en su sentencia de prisión. Mientras persistan estas prácticas, Venezuela no avanzará hacia una democracia real, sino hacia una prisión de silencio donde la disidencia no es más que una sombra que debe desaparecer.

¿Qué debe hacer la comunidad internacional ante esta deriva? Alzar la voz, vigilar de cerca las violaciones a la libertad de expresión y presionar para la liberación de presos políticos, pero trabajar también en un marco de transición que restablezca la independencia judicial, el estado de derecho y las libertades civiles esenciales. Cada caso como el de Orozco es una señal de alarma: cuando el Estado usa la ley para castigar la opinión, la democracia ya está en peligro.

No es un “delito” enviar un mensaje político, y menos aún cuando el mensaje denuncia la gestión de una crisis económica que sufren millones de venezolanos. La defensa de la libertad de expresión no es un lujo ideológico; es la única vía para reconstruir una Venezuela donde la justicia y la dignidad humana no sean mercancía de compra y venta al mejor postor político.

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