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Nicolás Maduro repite sin cesar desde su celda: «¡Yo soy el presidente!».
Así lo relatan los periodistas David Alandete y Javier Ansorena en un reciente reportaje publicado en ABC. En uno de los inviernos más severos de la costa este, su existencia se reduce a unos pocos metros.
Han pasado ya dos meses desde su captura. El 3 de enero, una flota militar de EE.UU. lo arrestó en Caracas, donde él celebraba el Año Nuevo despreocupado, creyendo que Washington no tomaría medidas. Subestimó la gravedad del caso de narcotráfico que le esperaba en Nueva York.
Ahora se enfrenta a más problemas. Abogados venezolanos exiliados han solicitado al Departamento de Justicia que lo investigue por tortura. Si logran probarlo, podría enfrentarse a cadena perpetua o incluso a la pena capital. Su caso actual es por narcotráfico, pero también se le suman acusaciones de corrupción y violaciones de derechos humanos.
Mientras tanto, el tirano vive en un espacio que tiene tres metros de largo y dos de ancho. Allí cuenta con una cama metálica y un pequeño ventanuco. Maduro sale tres veces a la semana a un diminuto patio. Por las noches, grita como si estuviera desesperado. Asegura que Estados Unidos lo ha «secuestrado». Así transcurren los días del exdictador venezolano.
Argentina ha solicitado su extradición por crímenes de lesa humanidad, exigiendo que rinda cuentas no solo por narcotráfico. Maduro ha liderado años de represión, y los presos políticos claman justicia.
Antecedentes de la captura
Maduro gobernó Venezuela durante 11 años, tiempo en el cual la economía colapsó, provocando una hiperinflación y un éxodo masivo. En 2020, EE.UU. lo señaló por narcotráfico relacionado con el Cartel de los Soles, estableciendo conexiones con Irán y Rusia.
La operación militar sorprendió a muchos: una flota en el Caribe realizó una detención rápida e inesperada. Él había grabado mensajes previos al Año Nuevo e incluso había realizado apariciones públicas. Pese a que ha trascendido que en octubre hubo contactos para su salida del poder, se negó a renunciar a su cargo.
La vida tras las rejas es dura para él; enfrenta temperaturas bajo cero en Nueva York y grita por las noches insistiendo en su título presidencial. Sin embargo, el poder ahora se mide en dimensiones: tres por dos.
Presión sobre la cúpula chavista
La caída de Maduro sigue haciendo temblar a sus aliados. Según informa Reuters, el Departamento de Justicia está preparando cargos contra Delcy Rodríguez, vinculándola con corrupción y lavado de dinero. La situación cuenta con el respaldo de Donald Trump, quien ve esto como una palanca para actuar en Venezuela.
Por su parte, Marco Rubio, secretario de Estado, está ejerciendo presión para que se elimine del juego político a Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López.
Los factores de poder en Caracas intentan reorganizarse para satisfacer las demandas de EE.UU., buscando mantener sus cuotas de poder mientras la presión judicial y las sanciones sobre otros chavistas aumentan.
Además, la sociedad civil está demandando la renuncia de Tarek William Saab, pidiendo también la liberación de los presos políticos que todavía siguen encerrados pese a la aprobación de una amnistía aprobada por el régimen que abarca desde 1999 hasta enero de este año, es decir, desde el inicio del chavismo. En este contexto, María Corina Machado lidera las encuestas con un amplio margen.
¿Cómo evoluciona?
La estrategia estadounidense está enfocada en lo judicial y económico, evitando acciones militares como las dirigidas hacia Irán. La presión sobre la cúpula chavista aumenta; tanto Cabello como Padrino López son objeto del escrutinio público. Si caen ellos, es probable que el chavismo se fracture aún más.
Los abogados están sumando nuevos cargos; si se comprueba la tortura podría enfrentarse incluso a la pena capital. Maduro, que mantuvo una actitud relajada antes de su captura; ahora, aislado entre cuatro paredes, grita sin ser escuchado.
Mientras tanto, Venezuela está experimentando una reorganización política: los opositores están ganando terreno rápidamente, con Machado anunciando su regreso. Mientras a Maduro, el frío invierno neoyorquino congela sus sueños de poder; parece que la celda está dictando el ritmo hacia su final.
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