¡Con que gente habrá crecido, vivido y pecado esta chusma!
Ignoro la diferencia entre las tesis que predican histéricas las feministas de Podemos y las que propugnan las del PSOE.
Lo que tengo claro es que ya son 730 los abusadores que se han beneficiado de la reducción de penas y 80 los violadores que han salido a la calle, por culpa de su Ley del Sí es Sí.
Y entiendo las prisas de Sánchez por reformar el bodrio, que aprobó entusiasmado hace unos meses, porque el cabreo ciudadano va en aumento y con el enfado, la sangría de votos.
Lo que no entiendo es lo de Pam Rodríguez, número 2 de Irene Montero en el Ministerio de Igualdad y musa de esta manada.
Acaba de soltar que es un “escándalo” que el 75 por ciento de las mujeres en España prefieran la penetración a la autoestimulación.
Lo escandaloso, cretina, es que una secretaria de Estado se ocupe de esas chorradas y cobre por ello un sueldo de 120.000 euros.
Coincidirán conmigo en que es de psiquiatra la obsesión con el sexo que tiene la cuadrilla de Podemos y particularmente enfermiza, su fijación con los niños, el cambio de género y las pajas.
Una explicación es el negocio, porque a la mínima y con cargo al presupuesto del ayuntamiento o la comunidad de turno montan cursos de masturbación, de gestión del coito o de tríos y ahí colocan de enseñantes bien pagados a sus parientes y camaradas.
Todos ajenos al axioma de que la clave es tener salud, porque las ganas llegan solas y que en eso de pelársela, el 99% de la Humanidad es autodidacta.
Escuchando las memeces que sueltan, la bilis que destilan y las majaderías que inventan sólo se me ocurre que estás tipas y tipos han tenido muy mala vida.
Y ahí englobo todo, desde sus familias a sus parejas, pasando por escuelas y colegas.
Es inevitable concluir que se han criado en entornos infernales, con padres que apalizaban a sus esposas, madres sumisas y analfabetas, hermanos abusones, tíos que metían mano a las sobrinas y novios pegones y tiránicos.
Sobre su paso por el colegio no quiero ni especular, porque debió ser una cámara de torturas, marcada por la sodomía forzada, las sevicias y la humillación permanente.
Soy de una generación feliz, destetada bajo la tesis de que ‘salva mas vidas una hostia a tiempo que la penicilina’, pero ya se que ese tipo de lemas están en desuso, así que no voy a revelar como arreglaba yo tanta gilipollez.
Podría concluir conciliador, poniendo ojos de besugo y musitando que me dan mucha pena, pero mentiría porque la realidad es que son, además de desgraciados, infelices, amargados, sectarios, retorcidos y tarados, una caterva de hijos, hijas e hijes de puta.
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