“Spain is different” es el histórico eslogan que cambió para siempre la imagen de España de cara al extranjero. Posiblemente muchos ya no recuerdan que fue D. Manuel Fraga Iribarne quien, allá por los años sesenta, siendo ministro de Información y Turismo de la España franquista ideó una campaña en la que sacaba ventaja de la fama española de país aislado y de costumbres bárbaras y casi ancestrales. España no era ni peor ni mejor que el resto de los países europeos. Era sencilla y llanamente diferente, por eso, la mayoría de estos países la seguían considerando como un lugar remoto y aislado de sus vecinos y algunos –los más ofensivos—llegaron a decir que “África empezaba en los Pirineos”.
Si ha costado mucho tiempo y no menos esfuerzo en disuadir, a los habitantes de la Europa actual, que todos los españoles no bailan el bolero, la sardana, el chotis, la muñeira, las jotas y el resto de bailes tradicionales de sus respectivas comunidades autónomas que conforman la unidad patria, ha sido aún mucho más difícil tratar de convencerles que nuestras mujeres tampoco llevan una navaja –made in Albacete– en la liga (reminiscencia del tópico del periodo napoleónico), según relataba D. juan Valera, novelista y diplomático, en 1868, sobre la percepción que se tenía de España en el extranjero.
Aunque aquel famoso eslogan de propaganda turística –que se encontraba en cualquier aeropuerto, estación de trenes o en cada esquina de las múltiples costas españolas—llegó a convertir a España en una de las principales potencias turísticas del mundo, sin embargo, actualmente esta expresión sigue vigente para calificar y definir situaciones estrambóticas que solo tienen cabida dentro de los límites de nuestras fronteras y en ningún otro lugar del mundo.
Siempre se ha dicho y hemos oído decir –generación tras generación—que cuando en alguno de los países europeos se toma una importante y transcendental decisión –casi siempre y principalmente política– provocada por las actuaciones y actitudes de sus políticos y gobernantes de turno, si estas mismas se repitieran miméticamente en nuestra España, pero elevadas a la máxima potencia, diríamos –sin lugar a dudas, como una queja lastimera a modo de resignada resignación(valga el pleonasmo) y como excusa de mal pagador—que “España es diferente”. De este modo solemos tratar de exculpar la mala praxis y la corrupta e irresponsable actuación de nuestros actuales dirigentes políticos.
El “Spain is different” lo usamos aquí (como si fuera la cosa más natural del mundo) para restarle importancia a todos los desmanes, ineptitudes, aranas, felonías y cacicadas que –en nombre de un hipotético progreso, de una quimérica libertad y de una falaz democracia– Pedro Sánchez y sus comunistas “cuates” de Podemos nos vienen infringiendo desde que asaltaron la Moncloa a lomos de una aberrante e inmoral moción de censura con el apoyo de asesinos y separatistas. Aquel nefasto 1 de junio de 2018 fue el principio del fín de todo lo bueno que España había conseguido democráticamente. Todos sabemos y aceptamos que la legitimidad de las urnas es una cosa y la legitimidad de acción es otra y, a la vez, muy distinta.
A diferencia con nuestro país, en “La pérfida Albión” (expresión peyorativa usada para referirnos al Reino Unido en términos anglófobos u hostiles divulgados por Napoleón Bonaparte en las llamadas “guerras napoleónicas) la huida hacia delante de su primer ministro y líder del Partido Conservador, Boris Jonhson, no ha tardado mucho en producirse. Pese a que supo capear y superó, casi “cum laude”, la moción de censura –impulsada por los compañeros rebeldes de su propio partido y motivada por los escándalos del “Partygate” hace unas semanas—no ha podido con la oleada de dimisiones ministeriales en cascada dentro de su propio Gobierno.
Las frecuentes mentiras y los dilatados excesos de Boris incompatibles con el cargo que ocupa, ha bastado para verle decir adiós al número 10 de Downing Street acompañado de un claro mensaje en favor de la democracia británica: “Nadie es indispensable y mucho menos en política” (con mayúsculas). Con esta frase ha querido expresar de manera muy diplomática, aquello que la zorra de la legendaria fábula de Esopo dijo cuando, tras varios intentos no pudo alcanzar el espléndido racimo de uvas para saciar su hambre y exclamó: “¡No están maduras!”. Después de casi toda una vida de superar, con jactancias y encubrimientos un escándalo tras otro, merced a la fuerza de sus prodigiosas habilidades políticas –una potente y explosiva mezcla de encanto, astucia, crueldad, arrogancia y, sobretodo de una “labia,” tan avezada, que hasta el mismo Demóstenes envidiaría—a Boris Jonhson le ha llegado su particular “San Martín”, a diferencia de Pedro Sánchez, pese a poseer esas mismas habilidades y otras muchas más que, aquí en España, todos conocemos de sobra. Parece que, después de todo, las leyes de la gravedad también le han afectado y no ha podido salirse con la suya de cualquier escándalo con sus jactancias, payasadas y encubrimientos megalómanos a lo Donald Trump.
Al igual que Sánchez, no es que alguna vez haya mentido y engañado a alguien sobre quién era en realidad. Ha mentido y engañado a muchos muchas veces., pero como dijo Abraham Lincoln: (…) “No se puede engañar a todos todo el tiempo”. A lo largo de estos años ha sido descrito, una y otra vez como mentiroso compulsivo, irresponsable, temerario, prepotente y falto de cualquier filosofía coherente que no fueras adquirir y aferrarse al poder por el poder. En todas estas artes, de la “res pública”, nuestro presidente Sánchez no se porqueda muy atrás que digamos, ya que, incluso, supera con creces a su homónimo inglés en todos esos honrosos atributos, menos en lo de despedirse de la Moncloa, de sus múltiples viajes “falconianos”, de sus fastuosos veraneos “del ala” en idílicos encuadres y en afirmar, que en España nadie es indispensable en política, excepto él. Tanto Boris como Sánchez son el fiel reflejo del “Síndrome de Hubris” caracterizado, entre otros muchos síntomas, por un ego desmedido, un exagerado enfoque personal de la realidad, aparición de excentricidades y un manifiesto y notorio desprecio hacia los demás y a sus opiniones.
España sigue siendo “diferente”, si la comparamos también con Alemania y con otros países europeos coherentes con el famoso aforismo romano en franca referencia a Pompeya, la mujer de Julio César, y que Plutarco nos legó diciendo: “La mujer de César debe estar por encima de toda sospecha y, por tanto no solo debe aparentar ser honesta, sino serlo”. Visto lo visto, los escándalos por la afluencia de “tesis doctorales” de dudosa autoría y sospechosas de plagio se ha convertido en algo habitual en casi todos los gobiernos de Occidente. La gran diferencia, con la “España diferente”, estriba en las consecuencias penitenciales para sus falsos autores: en Alemania, por ejemplo, ha conllevado inexorablemente las dimisiones políticas del ministro de Defensa, Karl Theodor zu Guttenberg (2011),de Annette Schavan, ministra de Familia (2013) y Francisca Griffey, también ministra de Familia (2021) e incluso, a la retirada del título de “doctor” por los errores y omisiones hallados en la atribución de las fuentes originales; la misma suerte corrió el presidente de Hungría, Pál Schmitt en 2012.
Otras veces las dimisiones fueron motivadas, no ya por el plagio de tesis doctorales, sino por aceptar viajes y vacaciones pagadas, llevarse a su pareja a viajes oficiales de trabajo, olvidarse documentos oficiales de la OTAN en casa de su novia, evitar la retirada de puntos del carnet de conducir por exceso de velocidad, aceptar créditos privados en condiciones muy ventajosas, por divociarse e incluso por llegar tarde al Parlamento. La lista y los motivos para dimitir serían interminables, ya que en esta materia “Europe is very different”.
Si por unas tesis de nada plagiadas tres ministros alemanes y varios cargos políticos han tenido que dimitir de sus cargos por vergüenza, honradez y dignidad, y si los “Tories” del Partido Conservador han obligado a su líder y primer ministro Boris a dimitir, por haber mentido en sede parlamentaria y por alguna que otra “granujada política” durante el confinamiento pandémico… ¿Qué tendría que pasar con Sánchez y su distópico consejo de ministros? ¿Dimitir en pleno o tal vez obligarles a dimitir por aquello de que “Spain is different”? Si estos mismos parámetros operasen en nuestro país –como unívoca y universal vara de medir– la mayoría de los ministros comunistas del Gobierno de Sánchez y algunos más de la camada socialista, con el propio presidente a la cabeza, estas Navidades no se comían ninguno el turrón sentado en la poltrona de sus despachos.
Pero claro, en estas cuestiones y en otras muchas más importantes y transcendentes para el buen gobierno, en la España de “charanga y pandereta” –“que es muy, muy diferente” en todo y para todo y, mucho más tratándose de altos cargos políticos dotados de altísimas cotas de poder y abultadísimos salarios– aquí no dimite nadie, ni por esto ni por casi nada, porque lo consideran “peccata minuta” y nuestros honrados gobernantes siguen a rajatabla el maquiavélico consejo del autor de “El Príncipe”, en el que nos dice que : ”El fin justifica los medios”.
¿Qué tendríamos que hacer con un presidente al que la historia lo juzgará con solo dos palabras: traidor e incompetente? ¿Debería dimitir un personaje de esta calaña que engañó a sus propios camaradas del PSOE, ocultó sus oscuros y escasos resultados electorales, utilizó a un juez amigo y se alió con los que el mismo definió como los enemigos de España con los que nunca gobernaría? ¿Puede seguir gobernando España quien la he llevado a la peor situación económica de Europa, con el mayor retraso en la recuperación, la peor tasa de paro y la mayor destrucción del PIB?
¿Debemos consentir que rija nuestro futuro alguien que ha vendido la libertad, la justicia, la credibilidad, la libertad y la democracia de España a un partido de la extrema izquierda comunista, encabezado por terroristas, golpistas y chavistas? ¿Cómo permitimos que un presidente que se autodefine así mismo como “demócrata” y “progresista” haya indultado a los responsables de sedición e intento de golpe de Estado y esté minando desde sus cimientos la Transición, la Monarquía Parlamentaria y la Constitución del 78, para resucitar con las Leyes de la Memoria Histórica y Democrática, la ya enterrada y olvidada España guerracivilista?¿Hasta cuándo vamos a seguir comulgando con las ruedas de molino de este presidente felón y megalómano que durante la pandemia por Covid-19 ha provocado, con su negligente actuación, el mayor número de muertos de la UE por su empecinamiento en celebrar el 8-M con una temeridad suicida que posteriormente fue disimulada con un arresto y secuestro domiciliario al que calificó de confinamiento sanitario institucional?
¿Cuándo vamos a desterrar para siempre del Gobierno de España y de toda actividad política pública a quien –en plena resección sociolaboral y económica—no tuvo el mínimo reparo en enchufar a dedo a su mujer, a su hermano y a sus amigos en puestos, no solo muy relevantes sino “sonrojantes”, dotados de sabrosos y pingües salarios y, además no se le cayó la cara de vergüenza ni dimitió – a semejanza de sus homónimos alemanes y británicos—por haber plagiado su tesis doctoral y recibido el reproche, sin precedentes, desde todas las instituciones académicas y formaciones políticas, mientras impartía, como si tal cosa, lecciones magistrales de honestidad, integridad y ejemplaridad a todos los españoles?
¿Vamos a seguir apoyando a quien está fomentando y aceptando todas las leyes que pretenden transformar la mismísima naturaleza del ser humano anteponiendo el convencional derecho a morir de las personas mayores o a matar a los “nascituros” por encima del inalienable derecho a la vida? ¿No debería haber dimitido ya un presidente que está asfixiando a impuestos a una sociedad empobrecida y que ya se la conoce como “la de las interminables colas del hambre”, mientras eleva cada día –más y más- los impuestos y permite impúdicamente que el precio de los alimentos básicos, de los combustibles y de la electricidad esté alcanzando las cotas astronómicas más altas de nuestra historia?
¿Hasta cuándo vamos a permitir que este presidente –prisionero de sus socios de Gobierno—siga dilapidando los millones de euros a raudales en las “monteriles políticas de transgéneros”, en pintar y remodelar las sedes sindicalistas de UGT y COCO y mantener subvencionados a los más de 350.000 delegados sindicales y, en especial al famoso secretario general de la UGT, el asturiano Pepe Álvarez, conocido por solo haber trabajado 3 años en sus 66 años de vida y por lucir, en cualquier estación del año, un vaporoso y sedoso foulard morado, como un guiño inequívoco al feminismo y a la socialdemocracia?
¿Podemos aceptar a un presidente que haciendo dejadez de sus funciones cree dotaciones presupuestarias millonarias para gastárselas en crear un régimen clientelar cicatero y sin futuro, e incluso, prefiera tratar y “entenderse” con tipejos de la calaña de Otegui, Aragonés o Iglesias para cerrar pactos a favor de terroristas, sediciosos o comunistas antes que con Feijoo, Abascal, Casado o Ribera para sellar pactos de Estado que le permitan aprobar los Presupuestos y , así, seguir siendo el principal inquilino monclovita?
¿Verdad que después de todo esto el famoso eslogan turístico de Fraga ya no es el mismo y no solo ha cambiado de significado sino también de cualidad? Aunque lo vengo repitiendo en casi todos mis artículos, por repetirlo una vez más no creo se me tilde de pesado…Ya lo saben, Sánchez es un gran hincha de la frase atribuida a Groucho Marx y que él repetía hasta la saciedad: “Estos son mis principios, y si no nos gustan, tengo otros”. Nunca la olviden, pues es la máxima que resume la forma de gobernar del líder y fundador del “sanchismo”, nuestro elato y presuntuoso presidente Pedro Sánchez I “el Magnífico”.
Pedro Manuel Hernández López, médico jubilado, periodista y ex senador por Murcia.