En Occidente hemos llegado a una situación tal, que si prescindimos de signos externos tales como el lucir un crucifijo o asistir a misa los domingos, y nos centramos en observar a cualquier persona corriente en su actividad diaria, es prácticamente imposible saber si ésta es cristiana o atea.
Pero lo triste del caso es que tal confusión no viene producida porque los ateos se dediquen a cumplir con los mandatos evangélicos, que ni lo hacen ni tienen porqué, sino porque la mayoría de los que nos consideramos cristianos tampoco lo hacemos.
¿Tú los cumples? Yo no; y de verdad que lo siento:
«Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, ofrécele también la túnica. A todo el que te pida, da, y al que te quite lo tuyo, no se lo reclames.»
Palabras de Jesucristo recogidas en el Evangelio de Lucas, 6: 27-30.