Más información
Lo que mal empieza, mal acaba. Así de claro, de rotundo, lo expresa nuestro bien surtido refranero.
Llevan mintiéndonos tantos años que se han convertido en expertos en propagar falsedades. Me asalta una duda: ¿quién es más culpable, el que engaña o el que se deja engañar? Porque ese reírse de nosotros día y noche, no les serviría de nada, si no fuera por la cantidad de ingenuos que, de tanto escuchar sus mentiras, han terminado por creérselas.
Todo empezó en la llamada Transición. La cosa ha ido degenerando desde entonces hasta llegar a la confusión actual, en la que la clase política, casi al completo, se mueve como pez en el agua. El mismo agua, por cierto, en el que cada día nos vamos ahogando un poco más.
No hace muchas columnas afirmé, apoyado en argumentos de peso, que España no tiene Constitución.
A partir de ese engaño, como en cascada, en racimo, las mentiras se van enlazando unas con otras hasta formar la cadena al cuello que actualmente nos está ahogando.
El simple enunciado de las más notables-y perversas-pone realmente los pelos de punta. Más todavía, si tenemos en cuenta que casi nadie ha reparado en ellas.
Ahí va la parte más deprimente de la lista: no tenemos Diputados, ni Elecciones, ni democracia, ni Estado de Derecho, ni Partidos Políticos, ni Planes de Educación dignos de ese nombre, ni (salvo excepciones) Medios de Comunicación, cada vez nos va quedando menos Poder Judicial… y, si me apuran, hasta me atrevería a afirmar que, en buena proporción, también carecemos de ciudadanos.
Aterrador, ¿verdad?
Pues todavía lo es más si tenemos en cuenta que no se atisba el menor asomo de reacción. ¿Cómo esperarla si casi nadie se está enterando del timo?
Iré sometiendo a la consideración de mis lectores los diversos argumentos que apoyan estas denuncias.
Empecemos por el Parlamento; sólo los significados de la palabra ya nos hacen temer lo peor.
En esa Institución, tanto se debería “parlar”, como “parlamentar”.
Pues bien, en España, ni una cosa, ni otra.
Hace unos meses, Núñez Feijóo, como candidato a ser investido Presidente por el Congreso, subió a la tribuna de oradores muchas veces; pues bien, daba igual lo que desde allí dijera: estuviera sublime, convincente, o todo lo contrario, sus palabras carecían de valor, puesto que el resultado estaba decidido de antemano; y, lo que es peor, acordado fuera del propio Parlamento.
Ya me contarán: lo que allí se habla no sirve para nada y, por si fuera poco, todo se pacta fuera del Congreso.
¿A qué “parlar” y “parlamentar” se referirá esta gente? Yo nos los veo por ninguna parte. ¿Y ustedes?
Hace meses, en una tertulia televisada, una señora, tras auto-proclamarse “analista política” soltó esta perla: “Los Diputados, como representantes que son todos de la soberanía nacional…”
La acompañaban en la mesa cuatro o cinco personas: ni una sola de ellas se llevó las manos a la cabeza ante tamaña barbaridad.
¿A quién representan, realmente, los Diputados? Sin la menor de las dudas, a quienes les ha puesto allí: sus respectivos Jefes de filas. Y sólo ante ellos responden. Ante nadie más.
En puridad, podemos afirmar que, en el Congreso, Feijóo cuenta con tantos representantes, Sánchez con cuántos, Abascal con los que consiguió…
Valga un ejemplo: El actual Presidente del Gobierno ha logrado colocar (nunca mejor dicho) a ciento veinte peones en la Cámara Baja.
Pues bien, todos, absolutamente todos, afirmaron rotundamente que jamás votarían una Ley de amnistía puesto que sería anticonstitucional. Sólo días después, Sánchez les dio la correspondiente orden y los ciento veinte, ¡los ciento veinte, oh milagro! votaron en masa a favor de lo que sabían muy bien que se cargaba, lisa y llanamente, el Estado de Derecho… si es que, para los tiempos que corren, quedara algo de él.
¿De verdad esos sujetos nos representan? Desde luego, a mí, no.
Da igual, ellos están a lo que están; y, cada día, más.
¡Sin olvidar a tantos que se han negado a prometer o jurar la Constitución, como exige la Ley para todo elegido en las urnas que quiera ostentar la plena condición de Diputado!
Esos enemigos de la Constitución, de España por lo tanto, se burlan de la norma, y encima haciendo alarde de ello, con fórmulas claramente ofensivas, tanto a la Ley vigente como al sentido común.
En toda tierra de garbanzos, jurar o prometer es una cosa y reírse de nosotros con ostentación, otra muy diferente.
Lo diga quien lo diga. ¡Por ti va, “Tribunal Constitucional”!
¿Tribunal, dije? ¿Constitucional?
¡Es que no les pillamos en una sola verdad! Ni cuando están distraídos.
Continuará.