La primera vez que leí el comentario que no tardaré en reproducir, me llegó atribuido a Don Jacinto Benavente; desde luego, cuadra perfectamente con lo mucho y bueno que soltó por esa boquita… y por aquella pluma.
Casi con toda seguridad, es suya; aunque, en los tiempos que corren, no me extrañaría lo más mínimo verla adjudicada a algún prohombre de los que hoy nos pastorean; acostumbrados a apoderarse de todo, ¿por qué una simple frase va a ser menos que todo un Tribunal Constitucional? ¿O una Fiscalía General, una Presidencia de las Cortes, unas Cadenas de televisión, un Tribunal de Cuentas y así sucesivamente…? Muy sucesivamente, porque esta gente no para.
En fin, amigos, si les dicen cualquier día de estos que la pronunció…¡exacto! El mismo en el que ustedes y yo estamos pensando, cuenten con la seguridad de que habrá un montón de gente que le felicite por lo bien que ha sabido apropiarse de lo ajeno. Y es que el buen ejemplo se agradece siempre. No faltarán imitadores, por supuesto que no. Cuenten con ello.
¡Iba a ser él menos que su señora! ¡No debe quedar la menor duda sobre quién lleva los pantalones en casa!
Vamos con la frase en cuestión, que ya les estoy viendo impacientarse: “Al principio, el cine fue mudo; no tardaron en hacerle hablar; más tarde llegó el color y ya empiezan a estrenarse películas en relieve… Como sigan así, van a terminar inventando el teatro”
No sólo estamos ante una muestra más del ingenio y feliz ironía de entre las muchas que nos dejó en sus obras el ilustre comediógrafo.
No nos quedemos aquí, en la mera superficie, porque la frase tiene mucha miga; pero que mucha.
Apunta claramente a que toda manifestación del ingenio humano, sea la que sea, si no busca la verdad, ni es ingenio ni es nada. Y, para nuestro Premio Nobel, sin la menor duda, no había más verdad que el teatro.
Hay otra forma más sutil de interpretarla: lo más importante es que no te pillen el truco. ¡Ahí le ha dado!
En efecto, durante los primeros tiempos del cine, saltaba a la vista que todo aquello era mentira; los actores movían los labios y, de pronto, desaparecían de la pantalla sustituidos por un cartel que traducía el diálogo; el color lo hizo mucho más creíble; no digamos el relieve, hasta, finalmente, llegar al teatro en el que todo es verdad; ahí no hay trampa ni cartón: el público puede ver a los actores a pocos metros de distancia; no cabe ya el menor truco.
Es cierto que el cine fue avanzando en calidad hasta llegar a una cumbre, a la que, muy probablemente, jamás volverá a acercarse. Entre otras razones, porque no se lo van a permitir.
Tras dos décadas y pico realmente sublimes, los cuarenta, los cincuenta y parte de los sesenta del pasado siglo, fue decayendo y decayendo.
Todavía hoy, muy de cuando en cuando, aparece alguna película estimable; pero la regla general es deprimente.
Baste un dato: nuestro cine actual, el español, recauda en taquilla mucho menos de lo que se lleva en subvenciones. Por algo será.
¿De verdad puede creerse alguien que el Sistema pretende estimular la creación, invertir en la busca de nuevos valores?
¿O, más bien todo lo contrario?
La frase en cuestión tiene también su moraleja; la veremos con claridad sin más que trasponer lo dicho por Don Jacinto a los tiempos que padecemos.
Como era de esperar, ahora va todo va revés; el teatro que nos ofrecen los de siempre, al contrario que el admirado por Benavente, es todo truco: Y nada más que truco. Encima, se les nota a la legua. Ya, ni siquiera se molestan un poco en tratar de disimularlo.
Podemos ver a los actores, a pocos metros también, claramente retratados por las cámaras; eso el lo único cierto, porque el resto, repito, es todo truco.
Enfrente estamos nosotros. Metidos de hoz y coz en la película que nos cuelan a diario. Hoy somos personajes, muy a nuestro pesar, de un film del que otros han escrito el guión. Y están dirigiendo, claro.
Esa película recorre exactamente el camino contrario al del cine. Fue casi real allá por los primeros años del postfranquismo; tenía ya mucho truco encima; aunque se le notaba menos.
Degenerando, degenerado, y más degenerando todavía, hoy sólo somos personajes prácticamente mudos de la película en que nos han metido. Ya podemos gritar cuánto queramos. Como ese cine no permite sonido alguno, ni siquiera nosotros mismos podemos escucharnos.
Eso sí, de vez en cuando nos plantan delante de las narices algún cartel en el que pretenden explicarnos lo que nos pasa.
¡Y demasiada gente, todavía, se lo cree!
Seguramente son más felices que nosotros, los que nos enteramos perfectamente de la perversidad de su teatro.
Pues bien, a pesar de lo mal que lo pasamos los que les descubrimos el truco, yo no me cambiaría por ellos.