Un grupo de amigos está caminando en la oscuridad de la noche, por una senda desconocida, cuando de repente se encuentran con un desnivel cuya altura queda oculta por las sombras.
Todos, menos uno, tienen miedo a seguir avanzando.
El ´valiente´ del grupo, burlándose de sus compañeros, da un salto en el vacío, cayendo de pie en una zanja de apenas metro y medio de profundidad.
A partir de ese momento, risas, bromas, y la euforia de aquel que ya se siente superior a los demás.
Todos elogian la valentía de aquel que saltó a ciegas, y que a partir de ese momento pasa a ser el líder del grupo. ¡Qué peligro!
Pero, ¿qué hubiese sucedido si en lugar de metro y medio, ´el valiente´ se hubiese encontrado con una caída libre, de ciento cincuenta metros?
Pues, amén que sus chillidos de terror se hubiesen oído a partir del primer segundo de caída sin tocar fondo, lo que hubiese pasado es que el tonto del culo, además de haber quedado como el coyote del correcaminos, habría pasado a la historia del bar de su barrio, no más, como aquel imbécil temerario, inconsciente hasta los tuétanos, cuyo nombre ya nadie recuerda.
A veces lo que se llama valentía, no es más que estupidez con suerte.
Para que exista valentía tiene que haber conocimiento del riesgo existente y temor a él, pero que la nobleza del fin perseguido haga que asumamos –consciente y responsablemente- ese peligro y sus consecuencias.
Es la diferencia que existe entre aquel que, por ganar una apuesta, se lanza en medio de un mar embravecido, y aquel otro que, consciente del riesgo, se lanza en ese mismo mar, para salvar la vida a una persona desconocida que se está ahogando.
Llamar valentía a lo que no es más que inconsciente irresponsabilidad, o simple ignorancia, es prostituir uno de los valores más nobles del ser humano, al elevar a la condición de ´valientes´ a toda una camada de imbéciles, borrachos, o drogados, que no solo se juegan sus vidas estúpidamente, sino que a veces también ponen en riesgo la de personas inocentes.
Cada vez que un gilipollas de estos es víctima de su propia irresponsabilidad, no me alegro, pero tampoco me pongo a llorar. Reconozco que me cuesta sentir compasión por ellos, lo cual no es óbice para que la sienta, y mucho, por sus familias.
La valentía sin honor, o nobleza de fines, no es más que bravuconería de salón.
En cuanto al valor, me quedo con el coraje de los pequeños gestos diarios que pacíficamente ayudan a construir, para todos, un mundo mejor y más humano.