NOS TOMAN POR IMBÉCILES

“Nuestra única esperanza” (y 3)

Luis XIII… y medio

“Nuestra única esperanza” (y 3)

Muchas son, y terribles, nuestras penas

país sin  Ley, inerte e invadido…

¿Cómo tantos se lo hemos permitido

al grito vil de “¡Vivan las cadenas!”?

Recapitulemos. La raíz de nuestros males no reside en que tengamos una Constitución que no se dota de un solo mecanismo eficaz para garantizar el estricto cumplimiento de todos y cada uno de sus Artículos. Lo que es mucho peor que no tener ninguna, pues lo que en realidad padecemos es carta blanca para el Poder político, que puede, impunemente, ignorar o interpretar a su gusto cada uno de esos Artículos.

Es imprescindible, pues, ir al origen del mal; tenemos que luchar por una Constitución de las que se cumplen.

El borrador que he propuesto consta de tres Artículos. No son precisos más. El primero de ellos enuncia unos Principios a los que debe someterse todo; éstos son: derechos y libertades, Imperio de la Ley e igualdad de todos ante ella. Con un imprescindible complemento: medidas eficaces para que esos principios, nos es sólo que se respeten en todo momento; han también de imponerse contra todo cuánto se les enfrente.

El artículo Segundo, dedicado al Poder Legislativo,  determina que los proyectos de Ley habrán de ser aceptados o rechazados, enmendados o aprobados por una terna formada por dos expertos en la materia de que se trate y un especialista en Derecho para que la Ley no salga defectuosa.

El tercero y último de sus Artículos, que define el Poder Ejecutivo, estará basado en dos principios: los políticos jamás podrán manejar ni dinero ni poder y los Partidos no recibirán jamás un solo céntimo de dinero público.

Hasta aquí el proyecto.

Vamos con la segunda parte: ¿cómo conseguimos que se apruebe? ¿cómo convencer a una mayoría suficiente de ciudadanos de que nos estamos jugando la Nación en el envite?

Para empezar, en ese empeño podremos vencer o, tal vez, salir derrotados. Pero lo que resulta más que evidente es que si no lo intentamos, en muy breve plazo, adiós a España.

Como de costumbre, antes de toda batalla, lo primero ha de ser valorar las fuerzas que nos opondrá el enemigo y, no menos importante, tener claro las que tenemos a nuestro favor.

Enfrente, básicamente, están la Unión Europea y una enorme mayoría de nuestra clase política, incluidos Fiscalía, algunos Tribunales y demasiados Medios de Comunicación, que, no lo olvidemos, en realidad, todos ellos son también clase política.

¿Con qué fuerzas contamos? Unos pocos y no demasiado potentes Medios de Comunicación y muy, muy escasos miembros de Partidos nominalmente decentes.

No olvidemos algo muy importante: que la razón está de nuestro lado. Y en todo combate intelectual, pues de eso se trata, de convencer a una mayoría sustancial de que es preciso que esto cambie a mejor, el poseer argumentos sólidos frente a los flojos camelos del adversario, es toda una ventaja. Si se sabe utilizarla, naturalmente.

En la actualidad, los Medios de Comunicación libres son poco efectivos, no siempre bien gestionados y faltos, en no pocos casos, de verdadero criterio profesional. Siento tener que decirlo, pero es lo que pienso y mal comienzo sería por mi parte el sobrevalorar nuestros efectivos.

Y, sin embargo, hay que contar con ellos, al menos como plataforma de salida.

Es preciso, imprescindible, un líder. Con dos o tres lugartenientes, tampoco muchos más.

Necesitamos un intelectual de talla que encabece la lucha.

La mayor dificultad va ser lograr que los Medios de Comunicación libres entiendan que, también a ellos, les va la existencia en el envite. Que, en consecuencia, han de ser el foco del que parta la maniobra. No olvidemos un sabio proverbio oriental: “hasta el camino más largo ha de comenzar con un breve paso”.

A ellos les corresponde dejar a un lado su legítimo afán de protagonismo y, al menos por esta vez, situarse decididamente al servicio de la causa. No al frente de la causa. Espero que alguno lo entienda.

Ellos son los que deben ponerse de inmediato a buscar a ese líder. Existe con toda seguridad. El hecho de que deba tratarse de un intelectual de enorme nivel, nos asegura que entenderá perfectamente el problema; otra cosa será que decida arriesgarse a encabezar la resistencia, pues no van a ser pocas las sucias maniobras que habrá de soportar.

Si se consigue, si logramos dar con ese líder, nuestra gran baza a partir de ese momento será el debate, la discusión. Cada vez que frente a cámaras y/o micrófonos se enfrenten argumentos, habremos dado un paso más hacia la victoria.

La gente, demasiada gente, está tan manipulada que sólo ve por los ojos del Poder. Eso es cierto, engañarnos ahí, no conduciría sino a más de un retroceso; pero no es menos evidente que las ventajas, también para ellos, serán tantas, que poco a poco, se irán convirtiendo a la causa.

Por último, que no menos importante, hay que arrastrar a los poquísimos políticos decentes que aún quedan. Debemos tener en cuenta que es difícil, muy difícil, ofrecer argumentos en contra de nuestra maniobra. A los remolones, que los habrá, hay que hacerles ver que deben elegir entre seguir siendo políticos de vía estrecha, o sea, vendidos, o políticos de verdad. Seguro que habrá más de uno que colaborará encantado.

Por último, creo que debo acabar aquí. Es mucho, muchísimo lo que me dejo en el tintero; pero si esta iniciativa no consigue el menor efecto, ¿de qué valdría seguir dejándome la garganta en el empeño?

Veremos qué sucede. Si es que sucede algo, que esa es otra.

Luis XIII… y medio

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