NOS TOMAN POR IMBÉCILES

“¿Ideología? ¡No, por favor!”

Luis XIII… y medio

“¿Ideología? ¡No, por favor!”

Nos quieren divididos y enfrentados;

                           más bulos y más fango cada día

                           y ese camelo que es la ideología.

                           ¿Hasta cuándo sumisos y humillados?

 

Durante cientos de miles de años, a ningún ser humano se le pasó por la cabeza que allí dentro pudiera haber algo parecido a una ideología. Los de abajo bastante tenían con intentar sobrevivir; no digamos, si eran esclavos. Que, en realidad, lo eran casi todos. Los de arriba, como siempre, estaban a lo suyo: acumular poder y riquezas a costa de lo que fuera. O sea,  a costa de los de siempre también.

Llegó un momento en el que aparecieron en escena las religiones. Ninguna de ellas tenía ideología propiamente dicha; sólo doctrina y, por lo general, afán de dominio y control. Los seguidores de cada una de ellas, más o menos fanatizados, estaban dispuestos, en muchos casos, a matar o morir, si era preciso, en defensa de su fe.

Hace algo más de doscientos años aparecieron en escena, más que ideologías, bandos en lucha. Hasta que, por fin, década más, década menos, a mediados del siglo XIX ya las teníamos aquí.

Al principio, y en muchos casos, además de roces y conflictos, no siempre pacíficos, lo cierto es que propiciaron no pocos avances sociales.

Hasta que, como no podía ser de otra manera, los más golfos del lugar vieron los cielos abiertos. Les resultó muy sencillo convertirse en líderes, cada uno de una corriente. Era preciso que fueran varios los grupos en lucha; había que fomentar la división y, el enfrentamiento. Necesitaban seguidores, cuántos más mejor.

Buenos imitadores de los líderes religiosos, en seguida comprendieron que debían conseguir feligreses cuánto más fanatizados mejor.

Eso de la ideología les traía al fresco. ¿Para qué? Cuánto menos razonase la gente, mucho mejor.

¿Qué buscaban? Pues lo de siempre: acumular Poder y riqueza. Y en eso están. Una vez más, a costa de los de siempre. Que antes, por lo menos, se enteraban de la situación. Lo tenían igual de cerca que los de ahora; pero aquéllos se daban cuenta y la gente de hoy, en muy escasa proporción. Claro que, hasta hace muy poco, el Poder no contaba con Medios de Comunicación. ¿Eso lo explica todo? Yo creo que sólo una parte.

¿De verdad alguien en su sano juicio puede creer que sujetos como Pedro Sánchez, Rodríguez Zapatero, Felipe González o  Alfonso Guerra, tengan algo parecido a  una ideología?

¡Claro que no! Dosis masivas de ambición, osadía, cara dura y falta de escrúpulos, hasta decir ¡basta! Que, hasta el momento, nadie se lo ha dicho.

Hora es de que les explique lo que entiendo por ideología: una posición absolutamente racional,  quiero decir, basada  en el mejor conocimiento de la situación política y, a partir de un concienzudo análisis de ella, valorar las diversas medidas que se juzguen más eficaces para que a la gente le vaya mejor; hasta decidirse, finalmente, por las que, en cada momento, parezca más conveniente. Ese “en cada momento” es fundamental. Las situaciones políticas y sociales no dejan de cambiar; pero “ellos” nos quieren bien quietecitos, no en la razón, sino en la sumisión.

Basta echar un vistazo a la Europa actual para lamentar que tanta gente sea incapaz todavía de ver que el Poder político está actualmente en manos de la golfería. Tras la Segunda Guerra Mundial, Gobiernos honrados y competentes consiguieron el milagro de levantar unas naciones en muchos casos destruidas o casi.

Es claro que en algún momento de las décadas transcurridas desde entonces, se ha producido el relevo. Todo el Continente está actualmente en manos de grupos corruptos, ambiciosos  y perversos.  Esa transición se ha producido de forma lenta y progresiva; pero implacable. Apoyados sobre todo en un control casi absoluto de los Medios de Comunicación más indecentes de la Historia, sumado al dominio de no pocos Jueces y tribunales, la situación actual parece no tener muchas probabilidades de mejorar. Más bien, lo contrario.

¿Y qué hace la gente?

Unos, y no pocos, son fieles seguidores de sus líderes. Tal vez, en nuestro caso, algunos se atrevan a asegurar que son comunistas, socialistas o algo así; pero, por lo general, no es cierto. La mayoría son, en realidad, forofos a tiempo completo de sus Jefes. Y dispuestos, no lo olvidemos, a matar por ellos si es preciso. Eso no es ideología; más bien, todo lo contrario.

Otros, resignados ante lo que no ven modo de cambiar, se engañan con el sueño infundado de que aparezca algún Partido que se oponga decididamente a la barbarie. ¡Algunos, hasta están convencidos de que existe ese Partido! Ya son ganas.

Por supuesto que queda gente con ideología; pero son pocos y no tienen Partidos que les representen; peor todavía: los golfos, actualmente en el Poder, han conseguido dividir a  la población en dos grupos excluyentes entre sí: ellos, los “progresistas”, nadie sabe lo que es eso, pero, desde luego, ninguna relación con ideología digna de tal nombre; el resto son “fachas”, lo que significa enemigos a batir. Piensen como piensen, eso da igual; hay que acabar con ellos como sea. Y en eso están.

La inmensa mayoría de la población mundial, continúa sin  tener ideología; exactamente lo mismo que viene sucediendo desde el principio de los tiempos.

La gente, lo que de verdad quiere, puede resumirse en muy pocas palabras: una Ley que defienda sus derechos y libertades, igual para todos para que impida abusos de los poderosos; una Policía profesional y competente que garantice, junto a Tribunales decentes, el cumplimiento de esa Ley.

Que las normas y Leyes de menor cuantía sean elaboradas por especialistas en la materia de que se trate, y, por último, que algo o alguien impida a la golfería hacerse con el Poder, mediante fórmulas y mecanismos que busquen, en la medida de lo posible, que las Naciones sean gobernadas por las personas más honradas y competentes.

En cierto modo, acabo de exponer algo muy parecido a una ideología. No lo es en sentido estricto, desde luego que no; pero sí tiene en común con aquélla el  ser una posición racional, basada en el conocimiento y análisis de la situación a partir de la cual se tiene muy claro lo que se desea para regular y garantizar la convivencia.

Exactamente lo que expuse en dos recientes columnas titulas “Nuestra única esperanza”. No tiene que ser tan difícil, cuando yo mismo he sido capaz de llegar a esa conclusión.

 

Luis XIII… y medio

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