Más información
¡Que viene la ultraderecha!/¡Cómo los tiene engañados!/Sobre un polvorín, sentados/y está encendida la mecha.
Hay dictaduras y dictaduras. Si bien todas tienen en común el hecho de estar los Poderes del Estado al completo en unas pocas manos, casi siempre sólo en dos, son varios los factores que las diferencian entre sí; para entendernos, al menos las modernas, podrían ser divididas en dos grupos.
Vamos con el primero: examinemos las características comunes, que, por lo tanto, las distinguen claramente del resto.
Empecemos por la que tenemos más cerca: el franquismo. Su esencia consistió en que, dejando aparte métodos, más o menos respetables, trabajó siempre en pro de la ciudadanía. El Caudillo tomó una España destrozada tras la contienda civil, siguió una terrible posguerra, vino luego el aislamiento; hasta que, por fin, en 1953, se retiraron de la circulación las cartillas de racionamiento. Sólo veinte años después, España era la octava potencia industrial del mundo. Trajo la Seguridad Social, las pagas extraordinarias, las pensiones, las vacaciones pagadas, millones de viviendas a bajo precio y pagadas en cómodos plazos, las becas, una eficaz defensa de los trabajadores ante los empresarios…En consecuencia, su otra característica fue que la población, en una inmensa mayoría, estaba con él. Se pudo comprobar en 1966 con ocasión del referéndum para la Ley Orgánica. Como en todas partes, aquí casi nadie se tomó la molestia de leer la Ley en cuestión; el sentir general fue que la pregunta era Franco, sí o Franco, no.
El abrumador porcentaje de apoyos no dejó la menor duda al respecto.
Algo parecido sucedió con los regímenes de Hitler y Mussolini: ambos levantaron espectacularmente a sus naciones, consiguieron una mayoritaria adhesión de sus respectivas poblaciones… hasta que perdieron la cabeza metiéndolas en una horrible guerra de la que resultaba materialmente imposible que pudieran salir vencedoras. Por cierto, guerra en la que Franco, contra todo tipo de presiones, desde dentro y desde fuera, se negó en redondo a que entráramos en ella.
Vamos con el otro grupo: las dictaduras comunistas. Con los dos ejemplos más significativos, la URSS de Stalin y la China de Mao, será suficiente para entendernos.
Ambas se llenaban la boca ofreciendo un paraíso: se acabó la lucha de clases, a partir de hora ya no habrá ni opresores ni oprimidos… Para hacer siempre exactamente lo contrario.
Basado su dominio, en la miseria y el terror, no dejaron de matar, empobrecer y oprimir; en el caso de Stalin, en ocasiones llegando a asesinar masivamente ¡por hambre!
Como es natural, al contrario que las del grupo anterior, sus esclavos, que no ciudadanos, estaban hasta el gorro de aquellos dos perversos tiranos; uno de los grandes errores de Hitler, en su invasión de la Unión Soviética, consistió en no aprovechar el hecho de que cuando llegaban las tropas alemanas a cualquier población, sus habitantes los recibían como liberadores. Mejor les hubiera ido a los nazis de haber aprovechado lo suficiente esta feliz circunstancia.
Su arma más efectiva es siempre la mentira. ¡Aseguran ser de izquierda!
En el libro del Profesor Cereceda, “Lógica, ética y buenas costumbres”, ya citado en otra de mis columnas, mi docto amigo desmonta con precisión esta falacia.
“El comunismo, por definición, es una ideología claramente opuesta al capitalismo; pues bien, tanto en la URSS de Stalin, como en la China de Mao, únicamente había una Empresa: el Estado. Todos debían trabajar para ella; quisieran o no, porque negarse supondría morir de hambre. Sin el menor de los derechos y siempre bajo la amenaza de prisión, tortura o muerte. Lo que significa que todo régimen comunista no es más que ultracapitalismo, o sea, lisa y llanamente, ultraderecha de la peor especie”
No seré yo quien ose contradecir una sola palabra a mi ilustre amigo. Al que volveré, encantado, dentro de unas líneas.
Vamos ahora a la España actual, otra dictadura en las garras de Pedro Sánchez. ¿A cuál de los dos grupos pertenece?
Sigue claramente el ultraderechista modelo de Stalin o Mao. Al igual que esos dos repugnantes dictadores, Sánchez asegura ser “progresista”, aunque, hasta donde tengo noticia, jamás se ha molestado en explicarnos qué pueda ser eso.
Por supuesto, como dictador que es, se ha hecho con todos, ¡con todos sin dejarse uno! los Poderes del Estado, que está utilizando descaradamente a su servicio. Sí, a su servicio personal; su Partido el llamado PSOE le importa un pimiento. Al igual que España, en vista de los hechos.
Descubiertos los muchos e indecentes chanchullos en los que ha hecho participar (y engordar) tanto a su familia más próxima como a colaboradores de todo tipo, en su cinismo sin límites les está obligando a aparecer ante todas las cámaras que controla-y son muchas-para asegurar seriamente que “no hay caso; todo es bulo, fango, una maniobra de la ultraderecha”; por más que a cada día que pasa, el caso que según sus esbirros no existe, no pare de engordar con nuevos y cada vez más contundentes descubrimientos.
Fiel imitador de sus admirados modelos, Stalin y Mao, aspira a hacerse con todo, absolutamente con todo, hasta convertir también a España en una gigantesca Empresa para la que, obligatoriamente, debamos trabajar… o sufrir las consecuencias.
Por supuesto, al igual que sus adorados maestros, está consiguiendo nuestra ruina, a la vez que no deja de imponer entre nosotros el terror más opresivo que quepa en inhumana cabeza.
La mayor tasa de paro de Europa, y no digamos la juvenil, impuestos cada vez más empobrecedores, una asfixiante inflación que no para, un quince por ciento de españoles por debajo del umbral de la pobreza extrema, miles y miles de familias que no consiguen llegar a fin de mes, una deuda que nos está llevando al abismo…
Y, como no podía ser menos, el terror; estimulando la delincuencia propia y, como no le parece suficientemente destructiva, importándola masivamente del exterior.
En fin, que Sánchez es un ultraderechista las veinticuatro horas del día… y porque la Tierra no tarda más en dar una vuelta al Sol.
Pues bien, ha hecho bandera, eficaz bandera, de la amenaza “¡Que viene la ultraderecha!” Como si, gracias a él, no la tuviéramos encina sólidamente instalada.
Vuelvo a ceder la palabra a mi ilustre amigo, el Profesor Cereceda, y su admirable obra antes citada:
“Para los totalitarios de ultraderecha, comunistas y entusiastas imitadores como Pedro Sánchez, la verdad no es sino el mensaje destinado en cada momento a manipular convenientemente a sus seguidores.
Mentirá y mentirá sin cesar. Los suyos, tan cortos de mente como de espíritu y, por lo tanto, desconfiados siempre, como todos los débiles en lo intelectual y cultural, tenderán a poner en cuestión siempre la verdad, mientras, por el contrario, se tragarán sin la menor crítica todas las mentiras que su líder tenga a bien inyectarles.
Sirva como ejemplo ese su continuo apelar a la amenaza ultraderechista; verán fascistas por todas partes… salvo en el Partido que tienen más cerca, el único que, de verdad, les está oprimiendo y aterrorizando”
Dejo a los psiquiatras el buscar una explicación para tan ilógico comportamiento. Seguro que también habrá alguna para lo que sigue.
Los españoles con Franco, alemanes bajo Hitler e italianos en el caso de Mussolini sabían perfectamente cómo les iban las cosas; y, a tenor de cada caso particular, estaban más o menos a favor de sus mandamases.
Por el contrario, bajo el dominio de Stalin y Mao, la gente sabía perfectamente cómo malvivían y, en consecuencia, estaba hasta las mismísimas de sus amos.
En el caso de Sánchez, por extraño que parezca, millones de españoles saben perfectamente que están en el paro, en la ruina, en el hambre o casi…
Y sin embargo, muchos de ellos, llegado el momento, ¡seguirán votándole!
Es para no creérselo: cerca de siete millones de españoles apoyan a la ultraderecha más opresora que conocieron nuestros siglos… ¡Precisamente para evitar la llegada al Poder de una ultraderecha que no aparece por ninguna parte, salvo en el Partido de sus amores!
Como reza un popular dicho mejicano: “¡Átame esa mosca por el rabo!”