En la España actual, en esta república de los tontos, coronada por un rey monigote, no hay tonto sin un móvil de última generación, muchas veces comprado a crédito…
Es fácil localizarlos, pues apelando a su inmensa sabiduría, o más bien estulticia, van siempre con el apartado en la mano, o colgado del cuello, pues sin su móvil, no son nada.
En realidad, tampoco lo eran antes, pero el móvil les permite sentirse importantes, poder recibir y enviar mensajes, hacer llamadas absurdas, ridículas e innecesarias, estilo “ya estoy llegando”, desnudar su intimidad en los medios de transporte públicos y, en definitiva, creerse importantes.
Pero, por suerte, lo que la natura no da, no lo facilita el móvil…
Estoy francamente cansado de tener que convivir con personas maleducadas, con la que es imposible mantener una conversación mínimamente civilizada, pues están más pendientes de ese trasto que de su interlocutor.
¡Y que se pavonean cuando les llega un mensaje, una foto, unos aplausos o figuritas de esas que utilizan para darle una mayor intensidad a lo que dicen o reciben!
Recuerdo hace un tiempo una conversación con una familiar, de treinta y tantos años, con una carrera universitaria, a la que tuve que decirle que cuando quisiera prestarme atención, seguiríamos hablando, y si no, no iba a malgastar mi tiempo en mantener un diálogo de sordos, en ese trio que formábamos ella, su móvil y yo…
Obviamente, debió de pensar que yo era una persona desaprensiva y con mala uva, pero creo que hice lo correcto.
O el amigo con el que quedas para tomar un café y ponerte al día, dedicándole un determinado tiempo, en una charla que es imposible celebrar, pues está todo el rato colgando del teléfono, sin duda convencido de que como es “tan importante”, no para de recibir llamadas.
Yo, previamente, y por simples razones de educación, he parado mi trasto, o lo he dejado sin voz, para que no nos moleste.
Y la señora a la que le facilito la dirección de un benemérito sacerdote, ya mayor, en un pueblo perdido de León, pero me dice que no puede contactar con él, ¡porque no tiene correo electrónico, ni wassap! (Esta señora, por lo visto, todavía no se había enterado de que hay un documento que se llama carta, y que se envía por Correos, desde tiempos de los romanos, o incluso antes).
Mi esposa se empeñó en instalarme el wassap, porque sin él no somos nadie, según ella, pero a la semana le dije que lo quitara, porque si no iba a tirar el móvil por la ventana.
Recibí cientos de chorradas, gilipolleces, imbecilidades varias, tanto de amigos, conocidos, desconocidos, empresas de telefonía, de seguros, bancos, en fin, la Biblia en verso.
Todo lo cual me impedía concentrarme en lo que estaba realizando, ante la preocupación de pensar que igual era algo importante, que me obligaba a desconectar de lo que estaba haciendo, para ver la chorrada de turno.
En definitiva, y como verán, no soy muy simpatizante de los móviles.
Ahora bien, si reconozco su utilidad, pero solo como un instrumento auxiliar, nada más.